sábado, 6 de enero de 2018

Un regalo muy especial





En la calidez del hogar, pequeñas llamaradas ardían tímidamente en la chimenea. Sobre ella, guirnaldas elegantes combinaban colores con adornos variopintos. En uno de ellos, adivinó Brian, se reflejaban algunos de los mágicos colores que tanto le hipnotizaban. Así era, año tras año, la magia de la navidad parecía próxima a ese niño de apenas siete inviernos si éste se encontraba frente a Ramitas.
Era el nombre que había escogido en su momento para el gran árbol de navidad que sus padres preparaban para esas fechas. A esa hora de la madrugada, encontrándose en plena noche de Reyes Magos, podía parecer una temeridad permanecer despierto. Sin embargo, Brian, que padecía de problemas con el sueño, en esa velada un nerviosismo irrefrenable se apoderaba de él.
De modo que hizo lo de siempre. Plantarse frente a Ramitas para perderse en la colorida oleada de luces que desprendía. Sus preferidas eran las que se atenuaban muy lentamente, para luego ir adquiriendo fuerza poco a poco.
El crepitar del fuego, junto con la activación de ese modo en las luces de navidad, causó que Brian bostezara y, poco a poco, comenzase a dar cabezadas tal como estaba, sentado sobre sus talones.
Entonces el ruido de algo metálico lo sobresaltó, aunque no tanto como la voz que escuchó a continuación.
– ¿Te gusta tu regalo? – Era una voz grave con toque quebrado, afónico. No sin dificultades Brian giró su rostro, lo justo para atisbar por el rabillo del ojo una figura enfundada en una túnica, con una gran corona en la cabeza. No parecía negro de piel, y su rey era Baltasar…
– No, no te gires, pequeño, ¡O el regalo se esfumará! – Brian obedeció, mirando frente a él en busca de ese misterioso regalo. La voz prosiguió, ahora entre risas. – No lo encontrarás esta noche, pequeño. El regalo está en este momento, que habrás de albergar en lo más hondo de tu ser hasta que llegue el día de abrirlo.
Mientras el niño reflexionaba, volvieron a escucharse sonidos metálicos, justo cuando Brian se descubrió bostezando y parpadeando como si se hubiese quedado dormido. Frente a él, las luces, ahora como más histéricas, en el modo que menos le gustaba. Tras él, nada, ni nadie, como sonidos tan solo los del fuego y el de su entrecortada respiración.
Muchos años, media vida después, Brian miraba al horizonte a través de diferentes oleadas. No de luces, sino en esta ocasión fruto del resultado del oleaje invernal que aterrizaba, con agresividad en esa jornada, en el pueblo costero donde se encontraba.
No sabía bien porqué, pero esa misma mañana, junto al despertar madrugador, había llegado a su recuerdo la conversación con el Rey Mago de su infancia. Nunca más supo de él, hasta el punto de que tanto enterró el suceso en su interior, que prácticamente había quedado en el olvido hasta ese momento. Una noche de Reyes Magos que pasar sin atisbo ya de la ilusión de décadas pasadas.
Sin embargo, recordando, cayó en la cuenta de que, si el regalo estaba contenido en aquel momento, bien podía referirse a algo que llevaba mucho buscando.
Su vida había estado marcada por graves picos en un estado de ánimo enfermizo. De hecho, mientras las nubes conquistaban los cielos en una amenazadora invitación a refugiarse, el oleaje se tornaba más y más caótico, ganando en agresividad.
En un vano intento por lanzar una sonrisa vacía, pensó que un cuadro de la estampa que estaba presenciando bien podría representar lo que sus emociones solían dibujar.
Entrecerrando los ojos, Brian apuró su pitillo y a zancadas resueltas y espaciadas, tomó rumbo a su casa.
Ya acomodado en ella, el joven de apenas treinta años colocó una manta sobre él, justo después de encender un pequeño árbol de navidad.
Cuando llegó el momento, las lucecitas empezaron a menguar y acrecentar intensidad muy gradualmente, desbloqueando a Brian su propio pasado, su misma niñez, cuando se encontró tras unos instantes ensimismado con el momento que estaba viviendo.
Un escalofrío recorrió de repente su espalda.
Recordó aquella voz, pero pudo ir un poco más allá.
Regresó al rabillo de su ojo, que pudo ver algo más que una túnica y una corona. Ahí había un rostro… Un rostro más que pálido, blanco. Y había rojo, había un riego de... Un fuerte golpe seco en la planta de abajo lo sacó del instante de temor para introducirle directamente en otro terrorífico. Vino seguido de un ruido metálico.
Al mirar el reloj de cuco de la pared, comprobó que era ya de madrugada… Y que la afonía en la gravedad de aquella voz era mucho más terrible de lo que recordaba.
– ¿Has descubierto ya que contenía tu regalo? – Brian rondaba la treintena. De modo que se armó de valor para dirigirse a quienquiera que fuese quien estaba hablándole desde el piso inferior.
– Mi regalo… Es la estabilidad. Debo trabajar duro para… – La carcajada que resonó como si lo envolviese por completo le heló la sangre. Más aún porque parecía desdoblarse, como si algo tan femenino como decrépito acompañase al supuesto Rey.
– Primero Brian, el envoltorio… A ver si te gusta. Es tamaño persona, aunque quizá la postura no te lo recuerde… – En ese momento un cosquilleo recorrió el cuerpo entero del joven, que escuchó como pasos rapidísimos recorrían la escalera que daba acceso a su planta. Al mismo tiempo, una voz chillona gritaba algo incomprensible. Inmovilizado por el terror, Brian dejó ir un grito ahogado cuando lo que quedaba de una mujer ascendió gateando boca arriba y dando vueltas por el piso en el que se encontraba.
Tan pronto como Brian se bloqueó por completo, temblando visiblemente, la mujer desapareció a través de una ventana.
– ¿No te ha gustado el envoltorio? Ahora es cuando hay que abrir el regalo, jovencito. – La voz, cada vez más rota, se fue escuchando más y más nítida a medida que, a pasos lentos, el Rey de su infancia subía también por las escaleras.
Momentos después a Brian le caían lagrimones por las mejillas.
Mientras, la voz del Rey, maquillado como un payaso con intenciones oscuras, repetía una y otra vez: “Te has olvidado de Ramitas”. Emitiendo un sonido de negación con la boca, intercalaba la tranquilidad de su tono. Por un lado, con silbidos que pretendiendo ser tranquilizadores no hacían más que acelerar los latidos de Brian. Por el otro, atando con mimo las luces de Ramitas al cuello del joven.
Con náuseas por la cercanía del fétido aliento del Rey, al cual poco maquillaje le habría bastado para su cometido dados sus psicóticos ojos hundidos y sus dientes quebrados y podridos, la voz le habló por última vez.
Mientras las cuerdas de las luces se apretaban con fuerza descomunal a su cuello, éstas se iluminaron gradualmente. El eco de lo que el Rey le había regalado resonaba en los recovecos de su subconsciente, en el que se hundía irremisiblemente.
Dormir bien… En el sueño eterno.
Las luces comenzaron a apagarse, mientras Brian exhalaba lo que quedaba de su aliento. Todo, en verdad, se oscurecía. Hacía mucho frío cuando cerró los ojos y se dejó caer.



FIN




lunes, 26 de junio de 2017

El juicio del Monstruo (Parte II)





Un Monstruo y una princesa se miraban cara a cara.
Ella, tumbada en una hamaca.
Él, lanzando al aire espesas nubes de humo tratando de calmar su tensión. Porque no quería matar, ni herir, ni amenazar nunca más a esa bellísima persona que tanto le había dado.
Sin embargo, el camino había encontrado caprichoso ese punto de no retorno. Ese punto que requería de un sacrificio.

Cuando un petardo en esa noche de verbena explosionaba tan cerca que el corazón de ambos latía con fuerza, siendo sucedido por una cadena de fuegos artificiales que se extendía por toda la línea visible de costa, el Monstruo podía sentir esa magia que tan bien sabía extinguir. Lo había hecho cientos de veces, haciendo no añicos sino polvo el corazón de su amada.
Un polvo al que ella, haciendo referencia al paso del tiempo, daba escasas pero tangibles opciones de regenerarse en algo parecido a lo que una vez brilló con ilusión.

El Monstruo y Stela se miraban cara a cara.
Él tendría una última oportunidad… Si desaparecía para siempre.


– ¡Dígame que relación le une a ese Monstruo! – El cubo de agua helada sacó del estupor a Víctor, que perplejo sintió la punzante arremetida de los cubitos afilados contra su rostro ensangrentado y empapado.
Mientras le golpeaban el costado a patada limpia, tan solo pudo balbucear algunas palabras tratando de evocar los conceptos que, caóticos, recorrían su mente.
– ¡Stela! ¡San Juan! ¡¡¡Oportunidad!!!
La pausa apenas le sirvió para tomar aire en una sonora bocanada resentida en el corazón de sus costillas.
El jefe de la guardia, al menos ante quienes todos parecían responder, se curvó sobre la mesa para apagar su puro en el dorso de la mano zurda del interrogado. Al parecer, era su manera de invitarle a prestar suma atención, pues agarró su rostro con la mano que le quedaba y escupió sus últimas palabras.
– ¿Cree que no se dónde más le aterra acabar? ¿Cree que no puedo hacerle desaparecer para siempre en un psiquiátrico?
Víctor escupía saliva del dolor que le provocaba el agarre al que estaba siendo sometido junto con la gran quemadura que su mano ya lucía.

Finalmente un gran empujón le catapultó junto a su silla al suelo.
– ¡Quitadlo de mi vista!
Mientras era arrastrado por los oscuros pasillos, se preguntó cuándo acabaría aquello, pues prefería la muerte a esa temible amenaza que le había sido lanzada.


Nostalgia y melancolía.
Eso era lo que le acechaba siempre que estaba en su celda preso de sus pensamientos.
Se preguntaba de dónde debía nacer la fuerza incansable del Monstruo, que en un constante ir y venir siempre lograba mandar al traste con todo aquello que los que le juraron algún tipo de lealtad construyesen.
Incluido él mismo.

– ¿Qué te ocurre? – De repente, esa voz tan familiar, como atrapada en algún rincón de los siempre esquivos sueños. No obstante, no eran esquivos para Víctor. Nunca lo habían sido.
Alzó su vista amoratada y cansada para contemplar a Vanny, solo que ésta era una versión en miniatura que parecía flotar en el aire.
Las palabras no tardaron en salir.
– Tú… Ardiste… – Ella revoloteó en su aletear hasta posarse cerca de su nariz, de modo que Víctor pudiese verla lo más de cerca posible.
– Era solo una pesadilla… – Respondió, con esa voz de tono agudo que tan familiar resultaba al hombre que, por algún motivo, estaba resuelto a proteger al ser que iba a protagonizar un juicio muy esperado.
Una lágrima se deslizó lentamente por el rostro aún ensangrentado, aterrizando en una hinchada mejilla amoratada desde que la guardia había pasado de las palabras a los puñetazos.
Víctor cerró los ojos y balbuceó.
– Él quería hacértelo de verdad… Él quería… – Guardó silencio, súbitamente aliviado y atisbando desde la negrura de sus ojos cerrados con fuerza como una especie de brillo recorría su rostro.
Un susurro acompañaba el movimiento de esa extraña luz.
– Víctor, lo haces estupendamente, abre los ojos.

Cuando lo hizo, palpó su cuerpo hasta comprobar que las magulladuras habían desaparecido, y que la puerta de su celda estaba abierta, donde un paso más allá el brillo de esa hada en la que Vanny se había convertido para ir a buscarle le estaba esperando, invitándole a salir.


No les costó llegar al exterior. Al parecer la prisión subterránea era mucho más simple de lo que se antojaba en la mente de Víctor.
El sol castigaba con fuerza unas calles desiertas de lo que parecía un poblado abandonado, de no ser por el alboroto que no muy a lo lejos se escuchaba.
Vanny se había posado sobre el hombro del joven, de nuevo asumiendo su rol de observadora analítica tal y como él recordaba.
De pronto no solo escucharon, sino que sintieron, el demencial y aterrador rugido.
Provenía del mismo lugar de donde se escuchaba el alboroto, ahora ya distinguible como un gentío, una masa de gente agitada.

Al llegar a los alrededores de lo que resultó ser una plaza, Víctor se secó el sudor de la frente fruto del sofocante calor.
Dos cosas les dejaron boquiabiertos, una a Vanny y otra a él.
A Vanny la paralizó la sorpresiva llegada de un hombre uniformado y armado que lanzó al cielo el grito de Tylerskar cuando vio a su amigo.
A Víctor, la visión del Monstruo rugiendo al cielo diurno y despejado atado a lo alto de un mástil lo petrificó por completo.



Continuará...

domingo, 25 de junio de 2017

El juicio del Monstruo (Parte I)





– ¿Qué cree que fue lo que motivó a que las cadenas finalmente retuviesen al Monstruo?

Titubeante, algo confuso pero firme en su voz, el individuo al que lanzaban las primeras preguntas respondió.


– C… Creo que el factor desequilibrante fue de nuevo el amor que sentía por Stela.

Un chasquido precedió a la gestación de una pequeña gran llamarada que emergía de un mechero con generosa carga de gasolina. Su reflejo hizo brillar la mirada del interrogado, que aún confuso, quedó por un momento hipnotizado por la belleza de las promesas que el Monstruo, hacía ya tanto tiempo, se hizo a sí mismo y a los suyos.
Por un momento tuvo la sensación de que esa llamarada invocaba otra que crecía en su interior. Solo que no la sentía con una ira descontrolada como su maltrecho comp… No, no podía declarar algo así. Aunque fuese un secreto a voces, la estrecha relación que mantenía con el ser que iban a juzgar en pocas jornadas no era algo que estuviese dispuesto a asumir ante su interrogador.

– ¿Esa es la respuesta que quiere dar? Ante el tribunal, el amor carece de peso específico, joven. – El veterano que fumaba su gran puro, hastiado de ver como el hombre que tenía frente a sí parecía perderse en su mundo, golpeó con fiereza la mesa de madera de roble. – ¡Responda, por el amor de Dios!


Horas más tarde el joven yacía en su celda, presintiendo la agonía que, una vez más, el Monstruo iba a sentir sin el fuego de su alcohol.
Desconocía la hora que era, y el oscuro túnel en el que estaba contenido el esqueleto de la prisión le auguraba un buen número de horas que se le antojaban largas y tediosas.
Total, para un un nuevo interrogatorio esperándole.
Iba a tratarse sin duda de un proceso muy largo.

Por algún motivo le relacionaban directamente con el Monstruo.
Alejado de Stela que labraba su futuro con el sudor de su frente, decidió perderse en el flujo de sus pensamientos.
Imaginó una a una todas las calas del cabo que había sido su casa.
Y en algún punto, perdido entre un relajante oleaje, una voz sedante y calmada hizo que el cansancio le venciese y el sueño se lo llevase lejos de allí.

– Qué calma… Parece el paraíso, ¿No crees?
La visión de sus pies, descalzos sobre unas chanclas playeras, hizo que pestañease sin saber muy bien dónde se encontraba.
Alzó la vista a un horizonte que, rápidamente, le reveló un mar al que había contemplado en muchas ocasiones.
– Esto ya lo he vivido… ¿Quién eres? – El hombre tenía miedo de la fragilidad de los acontecimientos en esos instantes oníricos donde un súbito despertar puede arrebatártelo todo.
– ¿No me recuerdas? Soy yo…
Giró su vista cuidadosamente para descubrir un cabello oscuro que cubría parcialmente un rostro algo pecoso que miraba con resolución al frente. De repente giró a su vez su rostro hacía él, de manera que unos oscuros ojos con grandes dosis de hogar le invitaron a reaccionar.
– Vanny…
La chica sonrió ampliamente.
– ¡Eso es, Víctor! – Su nombre. Su propio nombre le resultaba extraño a sus oídos. Como si algún tipo de desdoblamiento se hubiese producido en su interior no hacía mucho. – ¿Dónde estás? – Vanny no le tocaba, manteniendo una distancia prudencial que no se correspondía con el amable afecto que se respiraba entre ambos.
– No lo se, creo que me he metido en un lío.

Frente a ellos, una sombra apareció de la nada en un ocaso que no supo muy bien cuando cayó.
Una pequeña gran llamarada brillaba en lo que se intuía la mano de un figura semejante físicamente a Víctor.
– ¿Chicos, qué os parece si hacemos una hoguera? Se que a ti te gusta el fuego, Víctor.
– Víctor, ¿Quién es él? – Preguntó Vanny.
Pero Víctor temblaba estremecido.
– Vete de aquí… – Miró a Vanny con la mirada descancajada. – ¡Corre!
Cuando ésta se levantó para obedecer, la sombra lanzó lo que resultó ser un mechero hasta que éste golpeó la espalda de la chica, estallando y haciéndola arder entre gritos.
Cuando Víctor se levantó e intentó acudir a su posición, la sombra lo asió inmovilizándolo.
Pudo ver las fauces.
Pudo decir su nombre.
Antes de despertar cuando los guardias golpearon los barrotes lanzando al suelo un plato de asquerosa comida.

domingo, 9 de abril de 2017

Ausencia




Solo.
Se sentía solo frente a las inclemencias de una vida truncada, hecha pedazos no hacía mucho.
Por eso escribía.
La máquina de escribir esgrimía los únicos sonidos agresivos de un entorno con paz en demasía.

Leonard era un joven al que la enfermedad mental había hecho una visita de esas que ya nunca se van.
Ahora vivía en una casa cerca de la playa, inspirándose y torturándose a partes iguales.
Escribía minuciosamente lo que debía ser una carta…


Me mantengo aquí con la pesadumbre de mis sombras,
que el anochecer del día hace caer sobre mí,

Mi anhelo es no evadirlas sino confrontarlas,

una noche más
a tu lado.



Disparo a ciegas contra un dolor etéreo,

y abro los ojos en la negrura de lo que en sueños vi,

No queda más alternativa que resistir hasta alcanzar
una noche más
          a tu lado.


Leonard descartaba furiosamente que esas fuesen sus palabras.
Quería plasmar esa lágrima vagabunda de las madrugadas, captar el sonido del lamento ahogado que se escucha en la noche, perfilar la decadencia de ver la pasar tu energía como una estrella fugaz que ya jamás regresará igual.

Llevaba unos días sin ver a su amada.
¿Qué había de especial en aquellos encuentros que hacían de Leonard un tipo tan desgraciado en su ausencia?
La respuesta era que tanto Leonard como su amada solo podían verse una vez al año.


Erguido atisbo en el horizonte mentiras y falsedades,
pues ninguna de ellas promete ni habla de ti,
Esperaré a que el sol caiga haciendo llegar el crepúsculo 
de una noche más
marcada por tu ausencia.


Esa única noche al año Leonard compartía besos e historias con ella, mientras llenándose y saciándose el uno del otro trataban de dar con la llave para huir juntos del psiquiátrico donde él había sido declarado crónico.

Solo una visita al año por parte de su pareja.
Solo una máquina de escribir en un espacio comunitario a horas reducidas.


El recuerdo de tu presencia chispea en mi cansada mirada,
palabras tatuadas en papel de basura,
que nunca llegará a tus oídos ni susurrarán tus labios.
Solo el recuerdo del teclear ahogándose en otra noche
marcada por tu ausencia.



jueves, 23 de marzo de 2017

El cabo solitario





Ascendía la cuesta mientras encendía un pitillo.
El humo se esparció a su alrededor tras la primera calada.
A pasos ralentizados el joven emprendía la marcha a su casa.

Era una noche en la cual el invierno llamaba a las puertas de su final. El hombre se llamaba Jamie, y tras su media melena castaña se le adivinaba una mirada enturbiada por el alcohol.
Como cada día, Jamie había pasado la tarde bebiendo.
Ahora tras un breve tambaleo la compostura le reforzaba nuevamente, junto con la ilusión por ver a su gata… Tras ese paseo.
La ruta era serpenteante en cuanto a ascensos y descensos, y ciertas curvas le otorgaban un aire caótico para un caminante inquieto.

Todo lo que Jamie atesoraba como valioso en compañía tenía un precio en soledad.
Y en ese regreso conmemorativo a tantos y tantos momentos la pena era máxima.
De modo que el joven, cabizbajo y taciturno, caminó y caminó surcando la noche, en busca de su casa.

De pronto a lo lejos, en la soledad de aquel cabo, pareció distinguir una figura.
Unos pasos más revelaron la silueta lejana de una mujer, para finalmente ir dibujando a una esbelta joven semidesnuda, tapada con unos harapos azules y de piel enfermizamente blanquecina.

Jamie no osó mirar más en plena bajada de la carretera, girando la pronunciada curva. Pasó junto a la figura, sin mediar mirada ni palabra.

Al día siguiente, cuando la particular jornada en el bar concluyó, Jamie había olvidado lo ocurrido la noche anterior.
Sin embargo, cuando puso el primer pie en el asfalto de salida del local, un escalofrío recorrió su cuerpo al invadir su mente las imágenes de lo que ocurrió en la curva del cabo.

Mientras serpenteaba junto a la senda hacia su casa, un gato se puso a caminar junto a él.
Eran abundantes las colonias en ese lugar, y lo cierto es que Jamie agradeció ese buen detalle que el destino tenía guardado.
Pero no sabía lo que esa noche hostil de viento desapacible le iba a reservar.
De nuevo, unos metros más adelante, la figura estiraba esta vez su brazo derecho hacia la posición de Jamie, que detuvo su paso congelado, no sabía bien si bien por el miedo bien por la curiosidad.
En cualquier caso, se precipitó de bruces al perder las fuerzas cuando, simultáneamente, cayó en la cuenta de que el gatito recién nacido que ella sostenía tenía una pata roída, el pelo arrancado a mechones y el rostro mutilado, y que el rostro de la mujer, en lugar de ojos y boca, poseía agujeros profundos y negros como la noche en la que se encontraban.

Jamie rodó varios metros atrás por la bajada.
Entró rápidamente en casa y abrazó a su gata.

Horas más tarde dormía profundamente.
Su gata se había posado entre sus brazos y su pecho.
No obstante, un olor le despertó. En la oscuridad de la habitación, al acariciar a su gata no fue el cambio de tamaño lo primero que notó. Fueron los mechones arrancados, el putrefacto olor de infecciones sin nombre.
Abrió los ojos de par en par al comprender súbitamente lo que ocurría.
Mientras ella le abrazaba por detrás, un ahogado gemido de Jamie sonó en la casa del cabo.
Un cabo silencioso.

Un cabo con mujeres en las curvas.



sábado, 25 de febrero de 2017

La aparición de Rebeldía: Parte VIII (El adiós del pasado)



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Sintió como el calor se colaba en su cuerpo por vez primera desde que apareció en ese lugar.
Abrió los ojos y lo vio todo difuminado, pues el mareo aún persistía.
Cuando trató de regresar mentalmente a los acontecimientos de la plaza, Conciencia se lo impidió.
Estaba quemando todos los documentos en la chimenea de su despacho, que encendida con una considerable llamarada, confundía a Tylerskar animándole a ponerse en pie, pese a que su cuerpo no respondía como debiera.
– Esto valdrá para que hagamos el viaje. – La voz grave y distante de su compañero sirvió de preámbulo para que extrañas imágenes primaverales fuesen aterrizando, una tras otra, en el interior de su cabeza.

Primero un paseo, una avenida, en la cual altos árboles frondosos resguardaban el lento avance de la alta sombra encapuchada que era Conciencia y el propio Tylerskar, quien dirigía miradas furtivas al primero, sin entender muy bien el propósito de todo aquello.
Más tarde el ir y venir de los ciudadanos, el ordenado y tranquilo tráfico de los coches, y la temperatura cálida en la que se entrometía suave una brisa agradable y tranquilizante, hicieron que se removiese un poco, hasta el punto de percatarse de que aún seguía en la litera del despacho de Conciencia.

<< No te queda demasiado tiempo aquí. >>
La voz provenía de fuera y dentro de su cabeza.
En lo que parecía ser una alucinación, Conciencia hablaba a su lado dirigiendo el paso en lo que se asemejaba a un lugar de ensueño.
En el poblado maldito donde no había cabida más que para los designios de un monstruo al mando de la dirección de los acontecimientos, la voz de Conciencia era apenas un susurro en su pensamiento.
<< Déjate llevar… >>
Con la vista perdida en los documentos que ardían a montones en la hoguera, fue haciéndose más palpable la realidad que se estaba construyendo paralelamente.

Súbitamente, Tylerskar reconoció un lugar.
Se trataba de la plaza de la taberna de Sueños Rotos, solo que estaba dispuesta de un modo muy diferente, y pertenecía a su vez a una época al parecer muy lejana.
En uno de los extremos de la plaza, la alta y oscura figura de Conciencia y un firme Tylerskar observaban la ajetreada vida de transeúntes y trabajadores.
En el centro de la plaza, al parecer, se estaban montando los prolegómenos a una festividad.
Entre varias manos subieron al poste, ese poste donde Rebeldía se encaramó para llamar la atención del poblado maldito, una pancarta donde al poco tiempo Tylerskar pudo leer las palabras “Nuestros Sueños”.
Un gritó proveniente de la taberna hizo que desviase su mirada.
Entrecerró incrédulo los ojos al ver la figura de Experiencia, ataviado con un delantal blanco sobre sus característicos ropajes irlandeses, animando a completar el trabajo a aquellas personas que montaban todo el escenario.

Un chaval se paseaba, en un su mundo, por el lugar.
Tylerskar se fijó en que, pese a ello, nadie le ignoraba.
La empatía, la misteriosa conexión que sintió, le obligó a preguntar.
– ¿Quién ese ese chico? – Conciencia no se movió ni un ápice. Pero tampoco demoró en responder.
– Niño es otro fundador. Nuestros Sueños no iba dirigido a gobernar ni a gestionar, pero despertó gran ilusión en todos aquellos que fueron contagiados de su energía.
Las preguntas de Tylerskar acerca de su propia identidad comenzaron a amontonarse en su cabeza. Aquello le hacía sentir repulsión.
– ¿Y de qué soy el fundador yo? ¿De Sueños Rotos?
– Sueños Rotos fue la inevitable consecuencia a una tragedia que cogió a todos desprevenidos. Tú trataste de hacer de Nuestros Sueños algo tangible, algo más real que la esencia de todo este poblado.
Tylerskar quedó mirando como entre las masas Esperanza caminaba con la compra bajo el brazo y una Ilusión con zapatos nuevos y vestido azul turquesa jugueteaba con ese Niño en un tablero pintado a tiza en el suelo. Como Resolución bromeaba con Experiencia asistiendo al montaje de la fiesta e incluso Rectitud se mostraba animado en su puesto de vigilante del local.
En aquellos tiempos, en aquél lugar, no había ni rastro del Monstruo.

Conciencia acabó con aquel bienestar.
<< El papel se acaba. >>

Lentamente abrió los ojos para ver como la hoguera se estaba consumiendo.

Hacía frío de nuevo.
Sintió nieve pisoteada bajo sus pies, de nuevo en la imparable marcha en la que había estado sumido durante toda esa jornada.
<< No olvides este lugar, ahora sabes cómo llegar. >>
Cuando quiso abrir los ojos, se encontró mirando al soldado que le acompañó al gélido poblado no hacía mucho.
Ahora también le escoltaba, pero en dirección contraria.
Un depósito en el costado de su pantalón militar dejaba ver la culata de su arma.
Tylerskar no temía por su vida.
Pero la cabeza le ardía en busca de respuestas, y el recuerdo de la aparición de Rebeldía, en esa misma avenida helada, con sus cascos y su tabaco de mascar, su chulesca actitud irreverente ante Sueños Rotos y su cabello en llamas, chocaba frontalmente con la imagen de su rostro golpeado y torturado, y finalmente destrozado, por los diferentes escalones del Partido.

Un Partido en cuyo Alto Mando alguien invencible campaba a sus anchas.
Un Partido establecido en un poblado cuya calidez se había extinguido.
Un Partido que le trataba de fundador y de amigo.
Era como la canción de Ilusión.

Sueños Rotos, Sueños Rotos, Sueños Rotos.



--- FIN ---


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Parte VII   |   Parte VIII

viernes, 24 de febrero de 2017

La aparición de Rebeldía: Parte VII (Un charco en la plaza)



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– Podéis pasar la noche aquí… – Cuando Esperanza hubo acabado su acto en la caravana, se reunió con ellos abrazando afectuosamente a Rebeldía y haciendo una seña con la cabeza a Tylerskar, acompañada de una negación.
Se sentaron a unos pocos metros de donde se había reunido la docena de personas que en ningún momento habían dejado de increpar a Esperanza. Ésta ocupó un improvisado banco montado con un par de viejas ruedas y movió con un palo una hoguera hecha en un bidón de tamaño mediano.
Rebeldía se sentó a su lado y le tendió la mano.

En ningún momento hicieron referencia a las heridas ni cicatrices que lucían sus rostros, hasta que Tylerskar cayó en la cuenta de lo habitual que ese hecho tenía que ser.
– Ya me he cansado de esta historia. – Rebeldía se puso en pie y sacudió su melena moviendo su rostro a izquierda y derecha tomando aire. – Es hora de darle la lección.
Esperanza echó sus manos a su boca y emitió un lastimoso gemido mientras llevaba su mano derecha al cuerpo de la joven, que se alejaba.
Tylerskar quedó por un segundo mirando cómo comenzaba un sollozo que si bien nació tímido y cansado, pronto fue ganando en agonía y desesperación.



Fue tras ella.

Rebeldía aceleró el paso hasta recorrer diversas avenidas sin volver la vista atrás.
Su paso decidido dejaba tras ella a Tylerskar, que pisoteaba torpe los dos palmos de nieve permanentes y resbalaba en los tramos helados.
Sentía la urgencia de detenerla, de hablar con ella. Pero ya se había hecho a la idea del modo en que funcionaban las cosas en aquel lugar. Él estaba allí para observar.
<< Quizá para descubrir >>.

Llegaron a la plazoleta de la taberna.
Había varias docenas de personas, entre civiles y oficiales, ocupando la calle.
Rebeldía se encaramó al monumento central y alzó su mano izquierda al cielo.
El rumor de las conversaciones fue deteniéndose, al tiempo que la gente se agolpaba en los extremos de la plaza para observar como la silueta de la joven mantenía su pose asegurándose de centrar todas las miradas.
– ¡Miraos, observaros a vosotros mismos! – Rebeldía comenzó a descender para situarse en el mismo centro de la plaza, con ambos brazos apoyados en su cintura. – ¡Los mismos que un día jurasteis darlo todo por una vida mejor! 

Tylerskar no podía dejar de mirarla. El colorido que emanaban tanto su vestimenta como su pelo como su mismísima aura era algo que no podía pertenecer a aquel lugar.

– Abrazados a Idealismo, ese joven anclado en unas rocas que hace tanto dejasteis atrás… ¡Dirigidos por la Sombra! ¡Que aparezca!
El poblado consistía, a su modo de ver, en una extensión de una oscura etapa de su propia vida. Una etapa tan gris, desolada y solitaria que se estremecía mientras, a voz en grito, Rebeldía seguía provocando a la multitud.
– No aparece porque disfruta esperando el momento en el que os venza la moral… En el que nada tenga sentido…
Rebeldía siguió pronunciando meticulosamente las palabras de su cuidado discurso, dirigiendo constantes miradas a un Tylerskar tan concentrado en el significado de éstas, que solo pudo abrir la boca y quedarse petrificado cuando el rostro de Rebeldía voló en pedazos.
Ni siquiera fue consciente del sonoro disparo que silenció por completo la plaza y sacó a la clientela de la taberna.

Palmadas. Enérgicos aplausos acompañados de una risa más que conocida.
– ¡Viejo amigo! – Las palabras del Monstruo gozaban de toda la vitalidad posible. Debió haber caído en la cuenta de que un lugar como ese poblado solo podía estar regido por alguien como él.
El cuerpo de Rebeldía aún sacudía sus miembros sobre un charco de sangre cuando Tylerskar se giró ante la parte más destructiva de sí mismo.
Ahí estaba, con sus fauces fantasmagóricas, su mirada inquisidora que parecía atravesarlo todo, ataviado con un estrecho uniforme negro sobre el cual una gabardina puesta modo de capa le confería todo el aspecto de Alto Mando del Partido.
Soltó una corta carcajada.

Las personas que ocupaban la distancia entre el Monstruo y Tylerskar se apartaron, mientras una fina lluvia comenzó a caer derritiendo las capas de nieve que se amontonaban en la plaza, humedeciendo la ceniza esparcida por el pavimento y ampliando el rojo charco sobre el que reposaba el cuerpo de Rebeldía.
En la mano derecha del Monstruo, una pistola aún humeaba por el disparador.
– ¿El fundador quiere revisar su obra?
Tylerskar comprendió porqué nadie hacía nada.
El Monstruo armado y como Alto Mando del Partido Sueños Rotos era demasiado.
Demasiada locura.
Una locura nacida de la desesperación de tiempos pasados, que decidió enmascararse con el horrible rostro de la autohumillación para herirse primero y luego herir, para torturarse primero y luego amargar.
Demasiado poder.
Un poder con el cual hacer de Sueños Rotos el partido de la alcoholemia y la autodestrucción, de la amargura y ausencia de luz.

Tylerskar oteó a su alrededor, aturdido por un momento.
Vio como Resolución y Experiencia tenían la vista puesta en él. Adivinó a Rectitud frente a uno de los coches oficiales que había tras el Monstruo.
Sintió la presencia de una alta figura a sus espaldas.
Mientras Conciencia abrazaba sus hombros alejándolo del lugar, un último vistazo al cadáver de la joven Rebeldía se mezcló en su mente con las figuras insultadas y maltratadas de Esperanza e Ilusión.
Antes de que pudiese dar un solo paso, se desmayó.


Continuará...

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La aparición de Rebeldía: Parte VI (Sucia Ilusión)



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Rectitud cerró con un fuerte golpe las puertas principales del castillo.
Sin preguntarle nada en concreto, inició una marcha que Tylerskar, de nuevo abatido por cuanto el lugar emanaba, siguió sin más objetivo que el de encontrar a Rebeldía.
La zona por la que vagaban parecía más desolada de lo habitual. Coches aparcados sobre otros, como amontonados, en lo que parecía ser un vertedero, parecían anunciar el mal olor, más bien la nauseabunda peste, que iba a asaltarles en breve.
– Sé bien a quién quieres ver. No anda lejos. – Esas fueron las únicas y últimas palabras de Rectitud, que dio media vuelta y desapareció entre el cúmulo de automóviles abandonados.

Tylerskar miró al cielo y exhaló gran parte del aire de sus pulmones, quedando tras ello cabizbajo y pisoteando la nieve mezclada con barro de aquella zona.
¿Qué habría sido de Rebeldía?

¿Cuándo y de qué había sido él fundador?

Una cantinela llegó a sus oídos, a no demasiados metros de él. Era una voz dulce y joven, de niña, que además le resultaba del todo familiar.

Al preguntar por quién andaba ahí la canción se detuvo, y unos pasos cortos y acelerados le indicaron que, fuese quien fuese, estaba o bien en guardia o directamente asustada, pues se alejaron de su posición velozmente.

Tylerskar pasó un rato peinando la zona, y solo en fugaces instantes pareció atisbar un ajado vestido de color naranja gastado, tan sucio como el lugar en sí.
De pronto fue consciente de que le estaba guiando.
Se estaba adentrando, a juzgar por el caos, la basura y el hedor, en el núcleo de ese estercolero urbano.
Sus ojos se abrieron súbitamente de par en par.
La niña no era otra que Ilusión, que sucia y escuálida cantaba al oído del cuerpo tendido de Rebeldía.
Rápidamente se acercó para, horrorizado, descubrir al girar el cuerpo de su compañera un rostro golpeado y lleno de cicatrices.
No supo como reaccionar.
Se puso en pie, y dio pequeños pasos hacia atrás viendo en perspectiva como Ilusión, también en un estado lamentable y de cuclillas, mecía el cabello naranja y amarillo de Rebeldía, que mezclado con la sangre y el barro le daba una tonalidad parecida al vestido de la niña.


Quebrado el llanto,
Lejano el despertar,
El cuerpo duele y más lo hace el alma
Sueños Rotos gobierna este lugar

Despejado el camino a la nada
Recurrente y sucio malestar
Solo quedan recuerdos hirientes
Sueños Rotos, Sueños Rotos, Sueños Rotos…


La canción, cantada con dulzura por una rota voz de Ilusión, penetró en Tylerskar haciéndole reaccionar. Cayó de bruces, y con la vista clavada en una nieve que le quemaba al ser cogida a puñados, lanzó una pregunta al aire. – ¿Quién te enseñó esta canción?

Conocía perfectamente la respuesta. Tanto como que si Esperanza anduviese cerca bajo ningún concepto permitiría que Ilusión existiese en esas condiciones.


Un gemido quejumbroso salió de Rebeldía.
Luego uno mucho más sonoro.
Tylerskar corrió a su posición para a ayudar a enderezarla, pero solo consiguió llevarse algunos manotazos mientras trataba de comprobar que la chica no tuviese ningún hueso fracturado.
Rebeldía escupió sangre al suelo e inspiró de modo visiblemente doloroso por la nariz.
– ¡¿Qué ha pasado Rebeldía?! – La chica inspiraba y expiraba ruidosamente, arqueando los hombros con la vista clavada al frente, la mirada llena de odio.
– Si creen que me van a silenciar, lo llevan claro. – Pareció recuperar la compostura por momentos. – Acompáñame. Esto no ha terminado. – Tyleskar dio unos primeros pasos al lado de la chica, mientras a sus espaldas, una canción seguía sonando.


Recurrente y sucio malestar,
Sueños Rotos, Sueños Rotos, Sueños Rotos…


La aflicción hizo presa de él.
Ver a la pequeña Ilusión sola en esas condiciones era algo para lo que difícilmente nunca iba a estar preparado.
Mientras caminaban lejos del mal olor, la contaminación y los despojos, Tylerskar dedicó un último vistazo a la niña que daba saltitos entre coches, famélica y esquelética, con un vestido veraniego hecho trizas como prenda para un lugar gélido como era aquel maldito poblado… Del cual Conciencia le erigía fundador.

Rebeldía no parecía la misma.
Lejos de poner en tela de juicio la actitud que la había llevado a ser golpeada hasta deformar su rostro, su mirada denotaba firmeza y convicciones.
– Vamos a ver a una buena amiga. – Las palabras de la joven llegaron justo cuando Tylerskar ya iba a lanzarse a un reguero de preguntas que esa frase interrumpió.
En ese lugar, al parecer, nadie se comportaba del modo que solían comportarse. Todos estaban como… Poseídos. Nunca había conocido a Rebeldía y no podía opinar sobre la rudeza de su actitud, pero sí podía afirmar que tanto Resolución como Experiencia en sus roles dentro del Partido resultaban de lo más desubicados. Rectitud era quizá una versión más fidedigna de sí mismo, pero también se le hacía extraño verle volcado en la defensa de algo como Sueños Rotos.
En cuanto a Conciencia… Estar tan cerca de esa sombra no auguraba nada bueno para él ni para nadie.
¿Quién controlaba Sueños Rotos?
¿Qué era todo aquello antes de caer en esa cascada de desgracia?

– ¡Lejos de la taberna encontrarán también no solo consuelo! – Tylerskar salió de sus reflexiones al escuchar la lejana voz de una mujer. – ¡Sino valor! ¡Y lucha!
Encaramada encima de una tarima en una vieja caravana, Esperanza, cubierta con harapos que no le arrebataban sin embargo su antiguo porte y estilo, gritaba a una pequeña masa de gente.
Tras ella un buen número de bebidas se exponían a los posibles compradores.
– ¿Conoces a Esperanza? – Al preguntar eso a Rebeldía, la chica por fin sonrió desde que la conoció.
– Juntas hemos vivido ya mucho. – Su semblante se ensombreció. – Cada vez tiene menos sentido.



Durante los siguientes minutos Tylerskar comprobó como Esperanza se dedicaba a vender bebidas sin alcohol ante el abucheo de unas gentes entre las cuales, por descontado, no había oficial alguno del Partido.

La propia cara de Esperanza estaba también marcada por los golpes y las cicatrices.
No se extrañó de que los destinos de ella y la pequeña Ilusión hubiesen acabado por quebrar su unión en ese maldito lugar.


Continuará...



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