viernes, 31 de julio de 2015

El coleccionista de sueños: La paz interior



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Saludos cordiales,

Como Experiencia, Resolución, Rectitud, Sinceridad, Esperanza, Ilusión, Amor y Sombra nos dirigimos a la parte consciente del sujeto que ha recurrido a todos nosotros con el objetivo de comprender qué le ocurre.
Somos pedazos de él, pequeñas partes a las que podrían sumarse muchas más. Vivimos en el interior de todas las personas, y constantemente se recurre a nosotros para hallar guía en tiempos o situaciones difíciles.

El sujeto nació, es cierto, con problemas mentales.
Pero nada de eso tuvo que ver con la primera aparición de Sombra, que se alimentó de la temprana muerte de su abuela para hacerse fuerte.
Ese mismo hueco, ese vacío, debía llenarse con Amor, pero la naturaleza libre de ésta no concordaba con la posesiva seguridad de un individuo cuyo miedo a la oscuridad era más bien temor a lo desconocido.
Sufriendo las pesadillas que constantemente reflejaban sus miedos, corrió hacia delante en su pubertad a una velocidad excesiva, tropezando siempre con las mismas piedras de la urgencia y la necesidad.
Tal era su ambición de conquista, que no reparaba en las numerosas ocasiones en las que se quedaba sin nada.
Eso hacía más grande su vacío interior, que a modo de trauma de niñez, crecía y crecía refrescando en su mente cada vez que conciliaba el último sueño una personificación de Amor, una muestra de lo mucho que ansiaba y pocas veces conseguía.

La presencia de objetos muy bien recordados como tocadiscos en casas semi amuebladas indica la poca necesidad de lo material por parte del sujeto, que ansía por encima de todas las cosas dar con una especie de paz interior que combine aspectos tan simples como una música relajante y una persona a quien amar.
La bebida ocupa ahora ese lugar, y a la montaña que debe escalar para dejarlo se suman otras que han crecido con el paso de los años y la acumulación de pesadillas.
Se ha acostumbrado a que dormir signifique ingerir insectos, tragar vómitos, besar dientes podridos, y un sinfín de terrores que lo mantienen en un sueño superficial que apenas dura minutos.
Así hasta llegar a los últimos sueños, donde la persona elegida le rescata de esa amarga sensación para engatusarlo hasta hacerle creer que lo que vive es real.

Una vez abre los ojos, apenas tiene energía para vivir la realidad.
Una realidad que cada vez lo aplasta con mayor facilidad, y que a partir de su degeneración como persona permite a más y más personas ampararse en que la enfermedad mental lo ha destruido, y por lo tanto tirársele al cuello como buena parte de la sociedad hace al oler sangre.

No obstante Esperanza apunta que el individuo no le ha perdido el rastro, mientras Ilusión habla acerca de un proyecto que habrá de darle otra oportunidad tras toda una vida peleando contra Sombra noche a noche.
Ignoramos si se tratará de la esperada paz interior que tan urgentemente necesita él, pero desde luego en nuestro frío análisis de los últimos años de su vida no hemos encontrado en él rastro alguno de mal, sino un deseo perenne de dirigirlo todo a buen puerto.

Sombra, observada desde nuestra posición, así como las distintas versiones de Amor, no deberían suponer más gotas para un caótico mar propenso a tempestades, sino únicamente los trozos con quizá más poder en la balanza del territorio emocional del individuo.
Le hacemos llegar esta carta a él y a su entorno, para que cualquier aportación a “El coleccionista de sueños” sea más que bien recibida dada la naturaleza del problema.
Mal conducido, acabará por hundir donde ya no se le pueda ayudar al individuo, y es más que probable que Sombra y Amor combatan una vez más hasta destrozar su mente por completo.

Nos despedimos con el susurro de lo que acaba de pronunciar el sujeto tras acabar de teclear.
“No tengo más planes que el de poner junto a Stela mi primer ladrillo en esta vida, para así poder obtener la paz interior necesaria para afrontar las noches sin Sombra, y los años con Amor.”


FIN

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El coleccionista de sueños: La constante



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El joven caminaba por la base del territorio montañoso, donde un pueblo en apariencia abandonado le presentaba una serie de entramado conformado por estrechas calles donde la brisa del anochecer sumada al intenso frío le hacían desear algo de cobijo.
A la luz de la luna las cumbres de las montañas parecían erguirse de modo inalcanzable. Apenas tenía energías para seguir caminando como lo estaba haciendo, a la deriva y sin esperanza.
Fue entonces cuando atisbo lo que parecía el débil halo de una luz en la entrada de una de las calles venideras, un poco más arriba de la avenida con la que había dado.
Al torcer a la derecha comprobó como la luz provenía de un antiguo farolillo enganchado al costado derecho de la calle en la que ya se introducía.
Se quedó quieto, mirando la estampa, cuando de pronto alguien le empujó.
Era una mujer de delgada silueta, que caminaba a paso veloz en dirección al lugar iluminado.
No parecía necesitar chaqueta, consistiendo su indumentaria en una fina camiseta de tirantes y unos pantalones ceñidos que aterrizaban en un cómodo calzado azul oscuro.
Un sinfín de tatuajes recorrían sus brazos, y el individuo pareció ver que parte de su cara, el lado izquierdo, tenía cicatrices por quemadura.
Ambos exhalaban nubes de vapor al respirar, él mucho más considerables, por lo que siguió con paso firme a la mujer hasta aquel lugar donde el farolillo no hacía más que dar una calurosa bienvenida teniendo en cuenta la fría noche en la que se encontraban.

Al joven le sonaba mucho aquel lugar, al que se le antojaba un regreso constante tras períodos donde descansar de la escalada era siempre un hecho.
Venía de una larga aventura en la que había simpatizado con una agradable mujer que le había robado el corazón.
No sabía cómo, pero tras muchas experiencias en variopintos lugares, tanto de día como de noche, la mujer y él habían acabado juntos, fusionándose en un sinfín de besos que habían encendido el interior del individuo hasta que... Había aparecido en esas tierras, lejos una vez más de cuanto amaba.
Al abrir la puerta su mirada se perdió entre la docena de mesas y sillas vacías que ocupaban buena parte del local.
Hecho de cálida madera, siguió recorriendo con su vista la estancia hasta fijarse en que la mujer con la que se había topado en la calle conversaba agradablemente con el barman. Tímidamente, se acercó y tomó asiento en uno de los taburetes de asiento cuero oscuro.
Mientras se fijaba en la amplia variedad de bebidas que ostentaba el propietario, recordó que por algún motivo no podía tomar nada que pudiese dejarle ebrio, viniéndole a la mente la visión de una de las montañas más altas que aguardaba en el exterior el amanecer de un nuevo día.
Cuando el barman le sonrió de modo pícaro, él tuvo la sensación de que ya le conocía.
– Bienvenido, ¿Qué te trae por aquí? – Tenía la voz rota pero profunda. El joven desvió su mirada para observar de reojo como con sutil elegancia la mujer daba un trago a la copa que tenía frente a sí. El barman prosiguió. – Me llamo Experiencia, y esta mujer a la que pareces no parar de mirar se llama Amor.
El muchacho maldijo para sus adentros, muerto de vergüenza.
Sin hacer demasiado caso de la prohibición de no quedar ebrio, un rato después se encontraba más que animado, dialogando con Amor en una de las mesas desocupadas. Se encontraba más que bien, encendido en su interior por un calor que hacía mucho tiempo no aparecía.
Súbitamente, la mujer se levantó y, sonriéndole, abandonó la taberna.
No mucho antes le había confesado su naturaleza hermafrodita, y su permanente necesidad de sentirse libre en cualquier lugar donde estuviese.

Quedó absorto, mirando a la mesa cabizbajo, víctima del bajón de lo que había bebido.
Tan ensimismado estaba en su pensar que no escuchó la puerta abrirse ni las voces conversar.
– ¿Dices que le pasa a menudo? – Resolución daba la mano a Experiencia mientras lanzaba su pregunta.
– Así es, el chico se planta aquí con ella prácticamente a diario sin recordar la frecuencia con la que acude a este lugar. – Experiencia bebió un poco de la cerveza de barril que tan perjudicado había dejado al visitante y prosiguió. – Siempre me cuenta bellas historias de amor con terrible final. Debe de ser jodido conseguir parte de la paz interior que toda persona necesita para comprobar en pocos instantes su evaporación al despertar de lo que únicamente se trataba de un sueño.
– Y cuando no, las horribles pesadillas, ¿Cierto? – Tanto Resolución como Experiencia, que había asentido por toda respuesta, quedaron pensativos dejando de nuevo la taberna en silencio.
Una tercera voz se unió a la conversación.
Era Rectitud, que lanzaba dardos a la diana, obteniendo grandes puntuaciones a cada tentativa.
– Me parece que ya podemos sacar ciertas conclusiones. La forma en que siente el terror, los objetos de deseo y sus aplicaciones, y por supuesto la constante que siempre aparece, esa mujer llamada Amor.
Todos guardaron críptico silencio cuando el joven se levantó de su asiento y salió por la puerta sin ver ni escuchar a nadie.
Vacío y triste, se dio cuenta de que cuando no era el terror, la tortura venía de la sensación de abandono.
Miró al pico de la montaña que más había tenido en mente últimamente, y suspirando exhaló una pequeña nube de humo mientras subía las solapas de su chaqueta.
Estaba a punto de despertar.
Una vez más, sin nada que llevarse de su mundo onírico.


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El Nexo: Capítulo 4


jueves, 30 de julio de 2015

El Nexo: Capítulo 3.13


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3.13

Qartan caminaba sudando a mares en dirección al sureño poblado de pescadores Aykam.
La mayoría de los viajeros acudían allí para probar sus deliciosos platos basados en su pesca, pero Qartan, un joven de mediana edad, rubio de mejillas chupadas y pómulos marcados, buscaba algo realmente diferente.
Ya eran numerosas sus visitas a Aykam desde que abrió esa pequeña tienda en una estrecha calle. “Sanación natural” rezaba su cartel cuando Qartan le echó un vistazo al tenerlo en su ángulo de visión. Se secó el sudor y entró.
Cientos de pequeños botes se amontonaban en las estanterías etiquetadas. La familia era una maníaca en cuanto al orden.
Estaba oscuro, y al cliente siempre le embargaba en primera instancia un refinado olor a incienso que hacía las veces de dar la bienvenida al lugar.
Lo que sorprendió a Qartan sobremanera fue que ni la pequeña Miku estaba jugando en la tienda, ni su madre se encontraba tras el mostrador de madera.
En su lugar, el padre le saludó inclinando la cabeza de un modo casi imperceptible.

– ¿Ocurre algo? – Se interesó Qartan de buenas a primeras. Su intuición rara vez le fallaba y por ello sabía que algo grave debía de estar ocurriendo.
El padre agachó la cabeza y suspiró lentamente antes de responder.
– Se trata de Miku... Ha caído muy enferma y su madre no encuentra momento para el descanso desde que todo empezó.
– ¿Dónde se encuentran? – Qartan dejó ver uno de sus colmillos al sonreír amablemente al extraño dependiente.
– En casa. Miku reposa en cama mientras ella está en el piso inferior experimentando con todo tipo de pociones.
Qartan se hizo con lo que había ido a buscar. No tenía confianza plena con aquella familia, pues tan cordial había sido meramente su relación con ellos. De modo que partió, echando la vista atrás al salir del poblado con rostro compungido.

A medio camino dirección norte Qartan cruzaba un pequeño bosque.
– Ella tiene un regalo para ti. – La voz provenía del mismo viento que se había levantado furioso y que apenas permitía a Qartan caminar dado que le venía totalmente en contra.
– Ve por ella, ¡Necesita tu ayuda! – Qartan de repente pensó en la familia de la tienda y supuso lo peor.
Al llegar a Aykam la pequeña Miku se encontraba jugando fuera de su casa, y fue a abrazarle con fuerza dado que siempre había profesado cariño por él. Qartan sonrió a su madre mientras acariciaba el verde pelo de la pequeña. La mujer lo había conseguido, había obrado el milagro.
Pero Miku no tuvo regalo alguno para Qartan.
Él pensó que debió confundirse víctima del cansancio en aquel bosque, y partió de nuevo hacia el noroeste de Nueva Pax para vender la mercancía que se había agenciado en aquella mágica tienda.

Una noche despertó sudoroso y gritando.
Todo el cuerpo le temblaba.
Y a su mente no dejaban de llegar imágenes veloces del fuego quemando carne humana.
Trató de meditar sin más éxito que reconocer que cuando su intuición aparecía, por único remedio quedaba hacerle caso.
Viajó esa misma noche durante varias jornadas hacia Aykam, consciente de que estaba pasando, esta vez sí, lo que había intuido cuando en el bosque aquella voz le habló.
Y cuando llegó se encontró con el reciente olor a quemado, con toda la población enferma en sus casas, moribunda más bien.
Por el poblado, esa oscura noche, solo quedaba el bailoteo de Miku, que pese al largo tiempo que había transcurrido, seguía igual de aspecto, como si el crecimiento se hubiese detenido.
Al plantarse a su lado, Qartan vio horrorizado como Miku tenía toda la barbilla y cuello manchados de una espesa capa de sangre, y supo desde entonces qué hacer.

Decidió viajar con Miku, a la que ya nada le quedaba tras el asesinato de sus padres en un lugar donde los habitantes habían muerto por algún tipo de epidemia que parecía tener mucho que ver con la pequeña, hacia el pequeño bosque donde la voz había aparecido por primera vez.
Mientras lo hacían, Qartan se percataba de las rarezas de Miku, que lo abrazaba fuerte para dormir todas las noches, gimiendo algo así como palabras como bruja, que sin duda habían sido escupidas contra su madre desde que ésta había logrado curar a su hija.
Ya la amaba profundamente cuando por fin llegaron al bosque.
Y la voz no fue necesaria para que Miku hiciese un gesto indicando a Qartan que se quedase quieto, que ella pronto volvería.
Lo hizo bastante tiempo después, con algo que arrastraba por el suelo.
Era un bastón, un precioso bastón que Miku había tallado para él.
Al cogerlo y mirar con ojos húmedos a la pequeña, la voz volvió a sonar, fuerte y clara esta vez, sin viento que la acompañase, para informar a Qartan de cual debía ser su cometido, a parte por supuesto de cuidar de lo que por el momento era una joven bruja con más poder del que se podía intuir.


Continuará...

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miércoles, 29 de julio de 2015

El Nexo: Capítulo 3.12



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3.12

Arza era un hombre de poblada barba negra y pelo repeinado hacia atrás, siempre con el añadido de varios aceites que le daban un aspecto de decidido emprendedor.
Los negocios se le daban realmente bien, y se defendía de un modo excelente como mujeriego que era.
Su capacidad de decisión ante los variopintos problemas que le lanzaba la vida era prácticamente instantánea y muchas veces acertada.
Vagaba por una serie de poblados ubicados al oeste de Nueva Pax, que aunque sabedoras del gran daño que había causado a sus tierras la caída de la ciudad de Verdis, trataban de subsistir con los escasos medios disponibles.
Arza parecía aprovecharse de ello para saltar de éxito en éxito.

Sin embargo no era un hombre superficial como podría parecer.
La falta de un objetivo mayor para una vida que llegaba a considerar aburrida lo tenía hastiado y permanentemente molesto, aunque su cuidado vestuario y elegante porte no lo denotasen.
Nunca pensó en enfrentarse a ningún condenado, consciente de que en tales casos la huida era el único método de salvación.
Hasta que un día, mientras se desplazaba por el interior de un pequeño bosque que unía dos pequeñas localidades, una voz causó que detuviese su firme paso.
– Arza, ¿Qué esperas de esta vida? – Su pulso se aceleró notablemente dado que la voz no provenía de los alrededores a ras del suelo, sino de todas partes, incluso de las copas de los árboles más altos. Lejos de asustarse, contestó airosamente.
– Poder ser de utilidad en algo que merezca realmente la pena.
Se hizo el silencio en el bosque. Un silencio sepulcral que a Arza se le antojó una eternidad. Temía en ese instante que la voz hubiese sido una alucinación cuando de nuevo volvió a hablar, resonando con más claridad por todo el lugar.

Un tiempo más tarde, Arza meditaba profundamente acerca de lo que había escuchado. De la propuesta que se le había hecho.
Si bien los poderes que se le ofrecían no tenían parangón, su uso a favor del bien del bosque le limitaban sobremanera.
También estaba lo del mago desconocido con el que tendría que reunirse en un lejano futuro, cuando las hordas de lo Oscuro hubiesen acabado con prácticamente todo rastro de civilización al oeste de Nueva Pax, zona de la que Arza nunca había salido.
El mago al que prácticamente tendría que servir, poniendo a su disposición todas las habilidades que fuese reuniendo en ese tiempo.
Si bien era cierto que no le entusiasmaba la idea de la sumisión, también lo era que tenía enfrente lo que toda su vida había realmente estado buscando.
La forma del bastón al que el bosque le había conducido le recordaba sobradamente a su personalidad.
No podía ser una casualidad, realmente había estado siendo pacientemente observado durante toda su vida, hasta llegar a este decisivo punto.
A una larga soledad se le sumaba una larga vida, mucho más longeva de lo normal, que algún día deberían terminar al recibir Arza las instrucciones para partir a los bosques del norte, donde se produciría el anunciado encuentro con el mago elegido para librarlos a todos del cada vez más aplastante dominio de lo que crecía y crecía en la otrora bienaventurada ciudad de Verdis.

El bosque le habló largo tiempo de su pasado, de lo impresionante del bosque de Grynn, donde durante tantas eras se hizo sabio y antiguo, para ahora quedar reducido prácticamente a una ínfima parte en los escasos bosques que quedaban sanos en el norte.
Arza practicaba más y más hechizos, hasta que un día se vio con la oportunidad que tanto había esperado.
Una horda de condenados estaba cercando su posición.
La reacción del anterior Arza, aquel hombre de cuarenta años que resolvía casi impulsivamente los problemas, hubiese sido sin duda arremeter en una gran batalla contra los condenados hasta no dejar rastro de ellos.
Sin embargo, apoyado en su bastón y acariciándose el mentón, Arza el mago supuso que las largas charlas que había mantenido con el bosque habían apuntado siempre en la dirección de amainar su carácter y su deseo de acciones resolutivas.
Ahora su misión era otra.
De modo que Arza se escabulló de aquella escena y lo siguió haciendo durante largo tiempo, tanto que incluso la voz del bosque se apagó y requirió de su más amplia dote de paciencia para poder soportarlo.
Finalmente la voz volvió a hablarle... Para darle la señal.
Cambiado y en permanente estado de concentración, Arza partió hacia los bosques del norte.


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martes, 28 de julio de 2015

No me sueltes



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Se encontraba lejos de la cima que una vez conquistó. Muy lejos.
Había caído paulatinamente a lo largo de la escarpada ladera, frenando el ritmo como buenamente pudo, hasta sentir como su Dios se transformaba en cuanto todos decían.
La majadería de un loco que nunca obtuvo triunfo, ni mérito, ni verdad.
Distantes y perdidos en un horizonte ya invisible quedaban los recuerdos donde él bebía de la energía para transformarla en acciones que despertaban sonrisas por doquier.
Tan distantes eran, que ni en su círculo más allegado encontraba consuelo. Tan solo recibía piedras.
Como un mesías nacido a destiempo, recibía los golpes de la injusticia y la falta de memoria, convertidas para la ocasión en necias frases disparadas sin piedad alguna a aquel que un día logró volar y logró discernir los errores de un mundo destino a la inanición de emociones, particularmente de amor.

Y así fue cayendo y cayendo, sin recordar qué era lo que aguardaba en la base de ese territorio montañoso.
Unas cuevas oscuras que te hacían esclavo nada más pisar su superficie.
Cuando se hubo percatado de cual iba a ser su destino, sólo entonces pidió ayuda.
Pero las piedras que recibió le hicieron odiar a cuantos le rodeaban, inyectando su mirada de una descontrolada ira que ansiaba por encima de todas las cosas arrastrar a todo ser viviente junto a él.
Sin embargo lo volvió a intentar.
Suplicó y se arrastró, lo suficiente como para escuchar el lejano eco de la voz de aquellos que tenían en su mano la llave para librarlo de su sufrimiento.
No había ni rastro del glorioso pasado que una vez lo condujo a la existencia de un modo nunca previsto por unas personas de humilde origen.
En su lugar, se le dieron consejos para seguir arrastrándose por el lamentable camino lleno de penurias que ellos sufrían, sin percatarse de la inercia que inexorablemente arrastraba a esa persona a su temible destino.

Fue entonces cuando el individuo sintió su cuerpo flotar.
Estaba cayendo por el conducto que conducía al entramado de cuevas.
Con todas sus fuerzas se cogió del borde, con una sola mano, soportando todo el peso de su cuerpo.
Una mano agarró su brazo.
– ¡No me sueltes! – Dijo sumido en desesperación.
Era Stela, su pareja, que con ojos cansados y expresión vacía contemplaba la escena desde la superficie.
Ella no acarició su mano, en lugar de eso la colocó en la áspera roca que pisaba y le invitó a salir por su propio pie.
El individuo maldijo para sus adentros.
No encontraba sentido alguno a que la espeluznante ventolera que lo empujaba hacia abajo con máxima potencia no estuviese afectando a su compañera.
Trató de explicarse. Lo hizo con todos los medios posibles.
Pero lo único que obtuvo a cambio fueron más pedradas, más disparos, mientras ya entre lágrimas se preguntaba una y otra vez dónde debía encontrarse su Dios, aquel que nunca lo dejó solo.
Lo iba a necesitar ahí abajo.

Al soltar su mano víctima del huracán, que sólo a él parecía afectar, se preguntó a qué mundo debían pertenecer el resto de seres humanos.
Soñó con lo sencillo que debía resultar avanzar en él, tan sujeto como estaba al cáliz de lo superficial, al mérito de la repetitiva constancia, al defenderse uno mismo de lo desconocido simplemente con un cerrar de ojos.
Y odió, sintió como algo monstruoso despertaba de nuevo en su interior sediento de sangre.
La única que le daría sería la suya propia.
Si es que algún día lograba salir de las cuevas donde tanto tiempo pasó en su pasado, y de las que tanto vano esfuerzo empleó para salir.

– Vivimos en un mundo cruel. Eso lo dicen todos. Unos pocos conocen la realidad. Y, en algunos terribles casos, están solos enfrentándose a la oscuridad que genera la carencia de un Dios que todos, sin excepción, se empeñaron en destruir porqué lo bonito e invisible no tienen cabida en en un lugar donde priman la falsedad y el egoísmo. – Pronunció esas palabras cabizbajo, consciente de la oscuridad que le rodeaba.
– ¿Por qué dices eso? Tú la quieres. Los quieres a todos.
¿Quién era él? ¿O ella? ¿De dónde provenía esa voz?
Cuando la desesperación roza lo insufrible, pueden ocurrir milagros, chispazos, que nos hacen avanzar incluso por los lugares donde nadie que solo es capaz de ver la luz se atrevería a entrar.
Miró arriba, a la entrada de la cueva por la que había caído.
Y resultó que Stela y los demás no le ayudaron a salir, sino que bajaron con él una vez más.

Ciego en la oscuridad de la caverna, se le había escapado el detalle de que siempre arrastró consigo mismo a todos los demás, y si él no encontraba la salida, nadie lo podría lograr.

lunes, 27 de julio de 2015

La melodía del País de Nunca Jamás



La melodía del País de Nunca Jamás:

Esta lista de reproducción contiene los temas no cantados de la sección "Sugerencias Musicales".
Espero que os sea de utilidad si le dais a reproducir.

El coleccionista de sueños: La segunda noche



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Era una noche tranquila para la mayoría de habitantes del pueblo.
Sin embargo para el joven el atardecer era indicativo de que poco tiempo restaba para que llegasen esas horas de la jornada en las que la tortura podía tener inesperado comienzo.
De modo que cuando despertó en el sofá no pensó y sin dilación emprendió el camino a su cámara de tortura particular, la cama donde el sufrimiento en ciertas noches no parecía conocer límites.
Cerró los ojos y se durmió, esta vez sin sufrimiento previo, sin señal de alerta alguna que le preparase para lo que tenía por delante.

Se encontraba escuchando la música de su ordenador encendido aunque sin ser consciente de que ese era su verdadero origen.
Caminaba por el centro de su pueblo dirigiéndose a lo que quedaba de un antiguo pequeño teatro, ahora reformado en su sueño.
Al entrar un recuerdo le asaltaba una y otra vez.
Un precioso tocadiscos decoraba su pequeño hogar sin apenas amueblar. Pero no tenía nada para hacer sonar en él.
Pese a no disponer de demasiado dinero crecía su corazonada de que en ese lugar podía encontrar a buen precio la banda sonora de su película preferida.

Ensimismado en ello, recorrió diferentes estancias del pequeño lugar, de bajo techo y cargado ambiente.
Finalmente encontró en un pequeño rincón lo que andaba buscando, en una vieja estantería de madera un montón de vinilos se amontonaban unos con otros y sin dilación el muchacho comenzó a buscar entre ellos.
Una, dos y tres veces tuvo éxito, tenía en sus manos a buen precio la banda sonora de una trilogía que en su mente prometía grandes tardes de inspirada relajación en su sencillo domicilio.
No obstante, al echar un último vistazo a lo que tenía en las manos, algo terrible ocurrió.
Eran revistas con discos de apoyo acerca del cómo se hicieron las películas.
En ese instante el joven que se sacudía en las sábanas estuvo a punto de despertar.
Sin embargo se resistió.
En lugar de dejarse llevar por esa pista de que todo era en verdad onírico, preguntó a una mujer responsable del lugar dónde podría encontrar más vinilos cerca de allí.

Y dieron un paseo, un largo paseo por lugares donde en lugar de inhóspito abandono había inmensas escaleras mecánicas. Se vio a si mismo desde fuera, junto a la misteriosa mujer que al parecer se creía alcaldesa de la ciudad, dando saltos por diferentes plataformas, en un vagar que se antojó longevo como mínimo de varias horas.
Aconteció que regresaron al viejo teatro sin resultado alguno.
Muchas parejas cenaban tranquilamente cuando el joven se percató de que estaba parcialmente desnudo.
Mientras se vestía la supuesta alcaldesa cambió de carácter, mostrándose cada vez más desequilibrada y hostil.
Él tuvo en ese momento la imperiosa necesidad de despertar.
Pero mientras dejaba su calzado atrás consciente de que nada de aquello era real, supo al mismo tiempo que no podría escapar de aquel lugar sin el permiso de la mujer.
Una mujer que con el paso de veloces segundos perdía porte y elegancia, ganando peso y encorvando su postura, hasta el punto en el que mirarla comenzaba a producir un intenso terror.

– Se le está yendo de las manos. – Dijo Resolución desde ningún lugar en particular. – Sombra, acaba con esto de una vez. – Todos sabían en su fuero interno que aquello no iba a acabar bien, pero no podían tolerar toda una noche en esas circunstancias. Sombra se había vuelto a exceder y en la oscuridad de la noche volvía a crecer más y más.
Experiencia emergió entonces haciéndose corpórea en el piso donde el tocadiscos aguardaba a poder sonar con una compra que en verdad nunca tuvo oportunidad de hacerse realidad.
Este es el objeto de deseo, la necesidad imperiosa, de esta nueva noche. – Dijo dando golpecitos a un aparato ya rodeado de Resolución, Rectitud y el propio Experiencia. – Si queremos acotar a Sombra, tenemos que comenzar a prestar atención a las migas que sigue el joven hasta acabar en el lío que se encuentra ahora.
¿Quién es esa mujer? – Preguntó una pequeña niña llamada Ilusión a su acompañante, una esbelta mujer de elegantes ropajes llamada Esperanza. Sin embargo no obtuvo respuesta, tan solo la triste y alicaída mirada de una Esperanza que acarició su rubio pelo sin poder taparle los ojos, algo que ninguno de los que se encontraban en esa habitación nunca podían hacer.

Todos lo vieron.
Preso del pánico, el joven seguía dando zancadas hacia pisos inferiores a una mujer que ya no era una mujer sino algo extraño, temible y pavoroso, que bajaba emitiendo extraños sonidos agudos hacia una oscuridad que poco a poco fue tragando al muchacho.
Hasta que la alcanzó y la abrazó, momento en el cual abrió los ojos sintiendo en su habitación un súbito e intenso escalofrío.
Solo había pasado en realidad media hora desde que cayó dormido.


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Una macabra imitación


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Dicen que los bebés imitan lo que ven.

El pequeño querubín se agitaba siempre divertido a las silenciosas cuatro de la madrugada, cuando sus padres dormían profundamente.
Lo hacía porqué tras unos minutos apoyado en el cabezal de cristal oscuro de su cuna, veía siempre reflejado lo que acontecía en la puerta abierta de su habitación.
Siempre solía ser igual, una peste nauseabunda daba paso a la primera mano de aquello que entraba gateando en su habitación.

Su madre siempre se preguntaba cual sería el motivo por el que su hijo se llenaba la cara de heces cada noche.
Esa madrugada, sin embargo, el bebé pintó de heces y sangre propia el oscuro cristal, donde la horrible cara de la criatura visitante se materializó dejando al pequeño jugar con ella.

Cuando lo atrapó y en un fugaz abrazo lo adentró en el oscuro lugar del cabezal de la cama, el bebé se puso a llorar desesperadamente.
Una mujer, de un precioso rostro y silueta, lo miraba desde la habitación sonriente, antes de irse cerrando la puerta.


Quedó solo, llorándole a un vacío en el que nada quedaba ya por imitar, por sentir ni experimentar.

domingo, 26 de julio de 2015

El Nexo: Capítulo 3.11


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3.11

El hombre, que rondaba los cincuenta años de edad, golpeaba con fuerza el hacha contra la base del árbol.
Ríos de sudor bañaban su frente y pecho mientras su jornada laboral seguía su curso, ya con el mediodía pasado y él pensando en qué podría hacer de cenar junto a sus hijos Bald y Zeder para ellos y la pequeña Laila.
Siempre solía ser igual.
Sobre esa hora su pensamiento se dirigía primero a esa cuestión, para luego verse asaltado por la larga melena morena de Lyan, su fallecida mujer.
El dolor y las lágrimas habían remitido. De hecho, nunca acontecieron.
Cuando el fornido Hêrzel asistió sollozando a las últimas exhalaciones de Lyan, en su lecho de muerte, de pronto fue consciente de la gran responsabilidad que le caía encima al quedarse solo son sus hijos, que pronto alcanzarían la quincena, y Laila, una preciosa niña de dos años clavada a su madre.
Pareció, en el último segundo de vida de su mujer, que con una mirada se lo decían todo.
Hêrzel debería trabajar muy duro por el futuro de su hija y sus hijos.

El chasquido del hacha golpeando fuerte el árbol a medio talar lo sacó de su estupor.
Si bien sus pensamientos parecían detener el tiempo, el constante y duro ritmo que imprimía a su labor nunca se veía interrumpida.
Salvo cuando escuchó un terrible gemido de dolor en una de las arremetidas que le mantenían firme de nuevo a pesar de sus tristes recuerdos.
Dejó su hacha en el suelo y miró alrededor. Nada parecía habitar el espacio que le rodeaba.
Sin embargo más gemidos, éstos más tímidos, llenaban el aire.
Hêrzel no daba crédito a la única posibilidad que se le antojaba, provenían del árbol.
– Siento lo que va a pasar, aún tenía que pasar tiempo para que te hablase, pero mucho me temo que la vida que conoces va a interrumpirse abruptamente. – La voz, poderosa y profunda, le llegaba débil a la zona de árboles talados, pero allí donde la espesura del bosque crecía, se adivinaba extremadamente nítida.
– ¿De qué me hablas? – Hêrzel asía con fuerza el hacha, temiendo que algún desequilibrado surgiese de los alrededores en cualquier momento.
Pero era consciente de que posiblemente los gemidos del árbol y esa voz tuviesen algún tipo de conexión.
Escuchó pronto el sonido de ramas y vegetación moverse, algo ensordecedor para alguien sumido en un estado de máxima concentración, que indicaba que más de una docena de individuos avanzaban en algún punto del bosque en dirección a...
Corrió con todas sus fuerzas. Como nunca pensó que podría correr.
Pero cuando aún le quedaban varios minutos para alcanzar su hogar, se dio cuenta de que su carrera solo había servido para permitirle oír los gritos de la rápida batalla entre sus hijos y la horda de condenados.
El olor a quemado comenzó a inundar el olfato de un exhausto Hêrzel, a quien de modo fantasmagórico llegaba el llanto de su hija, desesperado y notorio en un principio, pero que ya se desvanecía como si sus últimos compases los hubiese llenado la mente del torturado hombre.

Las lágrimas bañaban su sudado rostro cuando dejó caer su arma al suelo hincando las rodillas y tapándose la cara.
Entre sus dedos podía ver un gran fuego en el que los cuerpos de Bald y Zeder acababan de arder, chamuscados y ennegrecidos ya por todas partes.
Cuando logró acercarse un poco más, sollozando y con el paso tambaleante, vio que entre ellos se encontraba el cuerpo de Laila.
Pasaron jornadas y Hêrzel no salió en ningún momento de lo que quedaba de su hogar.
No tenía hambre, ni sueño, ni su mente estaba preparada para nada racional.
Solo movía su cuerpo adelante y hacia atrás, sollozando en ocasiones, gimiendo en otras.
Hasta que recordó la voz que ese fatídico día se dirigió a él.
Un nauseabundo olor bañaba el exterior de su casa cuando se dirigió a lo que quedaba del bosque más cercano.
Quiso alzar la voz, quiso arremeter contra aquello que se había atrevido a advertirle de lo que iba a pasar, pero lo único que lograba era creer más y más que la locura se había apoderado de él.
En cambio algo detuvo su paso.
Había ido sin pretenderlo al lugar donde reposaba Lyan.
Sobre su tumba un fino y elegante bastón parecía decorar el lugar.

Fue a cogerlo, y al fino tacto de la madera le sucedió de nuevo la voz de aquel día, explicando a Hêrzel, que boquiabierto prestaba suma atención, a dónde debía ir y a quiénes debía apoyar si quería realmente acabar con la oscura época que ya se había llevado todo cuanto él, en su vida anterior, había amado.


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El Nexo: Capítulo 3


sábado, 25 de julio de 2015

Un paseo por Relatos de Hada


Para visitar Relatos de Hada sigue el siguiente enlace


Un paseo por Relatos de Hada:

Hada Rac Mar imprime en su blog la magia que rodea al mundo que habita en los bosques y en el interior de algunas personas.
Con pensamientos poéticos, relatos varios tanto acerca de, por ejemplo, el umbral de la muerte, y otros más realistas pero siempre salpicados por su componente mágico, lo enlaza todo con secciones donde desarrolla su propia novela o su propio deshielo personal.
En Diario de un Hada se personifica como tal para conducirnos por un sinfín de aventuras que poco a poco nos acercarán más y más a su mundo.

Espero que os guste.

viernes, 24 de julio de 2015

Un paseo por Mamá escritora



Para visitar Mamá escritora sigue el siguiente enlace


Un paseo por Mamá escritora:

Un blog realmente completo y muy agradable al nuevo visitante obra de su administradora María Campra Peláez.
Sus escritos, oscilando entre un amplio abanico de temas, destilan sinceridad y buen hacer.
También podemos encontrar gran cantidad de música y videos para poder estar sumidos bajo su manto durante horas... Cada día.

Espero que os guste.


Para leer la reacción de María al paseo clicka aquí

Un paseo por Libros de ensueño


Clicka aquí para acceder a Libros de ensueño

Un paseo por Libros de ensueño:

Se trata de un blog donde priman las reseñas literarias de diferentes géneros.
Su administradora, Silvia Gual, permanece siempre motivada por diferentes retos y completa su blog con entretenidas opciones como un tema musical cada jueves o una sección de carátulas que la tienen cautivada, entre otras muchas cosas.

Espero que os guste.



Para leer la reacción de Silvia al paseo clicka aquí

El coleccionista de sueños: La primera noche


Imagen alojada en 
http://esperanzaparaelalma.blogspot.com.es/2010/07/la-noche-ha-caido.html



– ¿Cómo le ha ido? – La voz resonó en el silencio de la nada como un tambor en un templo budista, alterando la profunda meditación en la que todos estaban sumidos.
– Le está yendo, más bien, Experiencia. – Resolución miraba con postura erguida la escena, haciendo ver que sujetaba su mentón con la mano derecha.
Ambos se encontraban en el ático de un edificio cuya terraza hacía un tiempo había estado ocupada ocasionalmente por la misma esencia del joven del que hablaban.
Tiempo había pasado desde que se vieron por última vez, y eso representaba siempre un incierto punto que en ocasiones apuntaba a lo mejor y otras, en cambio, a lo opuesto.

La noche se mostraba cerrada sin luna y sin estrellas en aquel encuentro, aunque la falta de visibilidad no ocultaba la nítida gran negra sombra que, a sus espaldas, les observaba impávida sin moverse ápice alguno.
– Mírala, apenas cabe en el interior de esa habitación.
– Es muy grande ya, hay que estar alerta, se trata claramente de un punto de inflexión en la vida del chico. – Apuntó Experiencia.
– ¿Alguien sabe si ha tomado bien la medicación? – La voz de Resolución denotaba prisa militar.
En ese momento el sonido del encenderse de una cerilla precedió a un murmullo de asentimiento femenino. Al girarse, Experiencia y Resolución vieron a una mujer con vestido largo negro y un sombrero con velo, que había apartado para fumarse su cigarrillo, dirigirse a ellos alzando su brazo con un elegante movimiento.

Era la primera vez que veían a Sinceridad, que se mostró en su presentación con una seguridad en sí misma que impresionó incluso a Resolución.
– No hay duda, el chico la ha tomado. – Experiencia se adelantó en ese instante a Sinceridad, que corroboró sus palabras asintiendo con la cabeza.
– ¿Entonces por qué no puede dormir? – Los tres quedaron quietos en sus respectivas posiciones, muy atentos a cada movimiento, a cada muestra de terror de una persona que se agitaba entre momentáneas cabezadas de pocos minutos, amparada bajo la presencia de algo oscuro muy parecido a lo que Experiencia, Resolución y Sinceridad tenían detrás con enfermizo tamaño.

Cuando el muchacho quedó dormido y comenzó a tratar de exclamar sin más resultado que dar una clara demostración de su desesperación y sufrimiento, en el ático algo ocurrió. Algo sin precedentes. Resolución se dio la vuelta y a grandes zancadas se plantó frente a una sombra que parecía agitarse como tratando de engullirlo a él y a sus acompañantes.
– ¿Qué está ocurriendo ahí? – La voz de Resolución no tembló.
Una voz grave, casi de ultratumba y sobrenatural, pronunció unas palabras dando a entender que estaba protegiendo al joven de algo mucho peor.
Resolución no paró ahí, pero cuando quiso hablar, la mano de Experiencia en su hombro le interrumpió.
– No siempre el sufrimiento sin medida bloquea a los terrores más profundos. Él ya ha pasado por ambos, y sabemos que puede emerger de ellos sin protección alguna.
De la sombra, cuyo tamaño desde que se habían plantado frente a ella había disminuido, bailoteó fantasmagóricamente al tiempo que lejos de ahí, en una solitaria habitación, el sonido ya audible de un grito callado con tintes de gemido se hizo escuchar.
– ¿Hay algo de sobrenatural en todo esto, Sinceridad? – Resolución se mostraba nervioso por vez primera.
– No puedo discernirlo, pero se que esta sombra miente acerca de su identidad. Sabe que no es quien custodia el campo onírico de esa persona.
En ese momento ocurrió lo inusual.
Sombra, por vez primera tuvo nombre.
– Sombra, tú provocas esos sueños, ¿No es cierto? – Mientras Rectitud bajaba de uno de los elevados bordes que limitaban la terraza con la larga caída a la calle dirigiéndose con la mirada fija y media sonrisa en boca hacia una sombra que cada vez tomaba más forma corpórea, Rectitud dejó en el aire su pregunta.

Tras rodearla entre todos, Sombra confesó lo que el chico estaba viendo en sueños.
Se trataba de la habitación de casa de sus padres fusionada con la habitación en la que se encontraba.
El muchacho sabía, era consciente, de esa imposibilidad y quería escapar del sueño forzándose a despertar con gritos desesperados, pero lo único que conseguía era viajar entre espacios diferentes conectados a la perfección, en una trampa que le mantenía sin respuesta alguna en su cuerpo a los movimientos que ordenaba, ni tampoco a los intentos de hacer sonar su voz.
En su habitación encontraba la tortura terrorífica a la que había sido sometido antes de caer dormido, y en la otra sabía que solo había más y más sueños, más y más desesperación.
No obstante lograba moverse un poco en la zona onírica, de modo que siguió a su pareja hacia una terraza interior donde, tras discutir y bromear sabiendo que aquello no estaba ocurriendo, ella lo arrastró hacia una caída mortal.
Cuando miró al suelo, en el ático Sombra estaba acorralada.

– ¡Haz que se despierte ya!
Resolución zarandeaba lo poco que quedaba de la sombra que habían intuido Experiencia y él justo cuando la conversación tenía comienzo.
Pero el chico volvía a estar, por enésima vez, observando las dos habitaciones a las que parecía superponerse una tercera.
– Sombra nunca cede... – Experiencia mostraba los labios apretados denotando su cabreo.
Rectitud levantó sus dedos en ese momento.
Todos le miraron.
Perdió su mirada en la negra Sombra y chasqueó una vez.
Una habitación desapareció.
Chasqueó de nuevo.

El chico, de un bote que lo mandó al comedor a toda prisa, despertó.
Eran casi las cuatro de la madrugada y la tortura había durado unas tres horas.
Recordó como una parte de él había logrado aterrizar en su sueño, y quedó sentado, sumamente concentrado, aguardando el amanecer.
En el ático Sombra había desaparecido al tiempo que el sol comenzaba a asomar fundiendo en furiosos anaranjados las nubes que decoraban los cielos aquí y allá.
– ¿Cómo sabes que está en el buen camino? No es nuestra primera batalla en este campo. – Preguntó Resolución.
– Monstruo ha desaparecido de golpe. Y él ha logrado despertar asumiendo aquello que será su talismán de ahora en adelante.
Experiencia miró a resolución, mientras una niña y una elegante mujer de repente aparecieron dando un paseo por la solitaria calle. Sonreía mientras proseguía..
– Cuando nadie puede ayudar, es cuando más ayuda necesita él. Sin embargo, esta vez, ha mirado a Sombra a los ojos. Solo, sin nadie a su lado.
Rectitud asintió exhausto mientras los tres contemplaron como el sol bañaba las inexistentes calles de un pasado que simbolizaba el punto de encuentro ideal para dialogar con calma todos y cada uno de los días.
Pero, sobretodo, todas y cada una de las noches.


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viernes, 17 de julio de 2015

Descarga de relatos para varios e-reader

Bienvenidos a la sección de descarga de relatos del País de Nunca Jamás.

Básicamente se trata de rellenar el siguiente formulario y en poco tiempo me pondré en contacto con quien esté interesado enviándole el archivo deseado.



¡Un saludo!