lunes, 20 de abril de 2015

Completa tu muñeca IV: Fantasma



Cinco años habían pasado de la llamada tormenta del siglo.
Tom cargaba con su mochila en dirección a su nueva universidad, después de todos esos años atrapado en un orfanato tras perder su padre, primero el trabajo, luego la custodia.
El joven recordaba que las últimas noches Matthew incluso llegaba a estrellar de modo muy agresivo su copa hacia algo que solo él podía ver.
Consumido por la ira, Tom no quiso desde que pisó su nuevo hogar tener contacto alguno con el borracho de su padre, y así fue hasta que una familia se fijó en él y lo adoptó hacía apenas un año.
Los estudios le iban bien, y eso fue un factor determinante que le hacía destacar sobre el resto de sus compañeros.
Los Caine, una anciana pareja con mucho dinero pero claramente vacíos por dentro tras la muerte de su único hijo en un accidente de coche, iban a ser su nueva familia de ahora en adelante.
Caminando hacia las puertas de la universidad, Tom analizaba al resto de estudiantes con ojo clínico.
Muchas risas en lo que iba a ser el primer día de la carrera de criminología, un contraste que Tom encontraba algo estúpido y de mal gusto.
Se informó de dónde se encontraba el aula a la que tenía que acudir para su primera clase en una aventura que habría de llevarle, algún día, a convertirse en inspector de policía. De homicidios, en particular.
El incendio de la tienda de muñecas, con el paso de los años, se antojó para Tom un acto de suma irresponsabilidad e igual estupidez, puesto que aquel escenario bien podría haber sido sujeto de análisis y estudio en un futuro en el que todo rastro de Penny se perdió.
No había día, no había noche, en las que Tom no sintiese la punzante sensación de que su amiga de infancia estaba a su cargo ese tormentoso día.
Eso había motivado en gran medida sus pasos hasta conducirle hasta ese día en que habría de caminar firme hasta su incorporación en el cuerpo de policía encargado de los homicidios.
Para no permitir que Greenroys volviese a pasar por algo así, concretamente. 
Ocuparía la responsabilidad que debió ser de su padre antes de que éste cayese en el alcohol.
Regresaría formado ya como adulto a su pueblo natal, y callaría las bocas de todos aquellos que pensasen que algo de su padre podría anidar en él.
En clase Tom escogió un sitio en las primeras filas, sentándose al final del todo. 
No estaba allí para hacer amigos.
No obstante, una chica de pelo rubio se le acercó para hablarle.
— ¿Puedo sentarme a tu lado? — Le dijo.
La mirada que Tom le devolvió para que la chica buscase otra pareja de baile.
El recuerdo de los días en los que Penny le invitaba silenciosamente a sentarse a su lado golpeaba como un martillo su cabeza, confundiéndole y sacando lo peor de él cada vez que la silueta de ese dependiente lleno de cicatrices por quemaduras aparecía en su recuerdo.

El que un día fue inspector, un Matthew McConelly ahora desfigurado y encorvado por una larga temporada bebiendo en demasía, presentó una vez más su lamentable aspecto, sin duchar ni afeitar y con unas ojeras enfermizas, a su querida Carol Swanton.
En el psiquiátrico de la ciudad, dos enfermeras cruzaron una puerta agarrando con sus brazos los de Carol, que apenas movía las piernas para caminar.
De su boca caía un riego de saliva casi constante fruto, le contaban, de la fuerte medicación que recibía. Y es que sin ella Carol parecía enloquecer más si cabía en su habitación, gritando mientras se autolesionaba cada noche que había pasado sin estar sumamente sedada.
Pasó un buen rato desde que la sentaron frente a Matthew en la parte exterior de la sala de visitas y la mirada de Carol pasó de estar perdida a fijarse vagamente en la de Matthew.
— Ma… Thw… — Más saliva que lentamente la otrora atractiva mujer se secó con la manga de su manchado albornoz mientras sonreía emitiendo un sonido al que Matthew nunca llegaba a acostumbrarse.
Se encendió un cigarrillo mientras palmeaba la mano de Carol, y el tiempo transcurrió mientras trataba de decir algo que no la alterase demasiado. Ese era el consejo médico.
Exhalando una nube de humo le preguntó:
— ¿Cómo se encuentra hoy, Carol?
La mujer no respondió. Debía probar con otra cosa. La cabeza y el cuerpo comenzaban a acusar la falta de alcohol. No podría permanecer allí por mucho tiempo.
— ¿Ha pasado buena noche? — Carol tuvo que repetir palabra por palabra, lenta y pausadamente, la pregunta para entenderla.
Repitió la palabra final, varias veces.
— Noche… — Los ojos parecieron enfocar mejor el suelo donde posaban su mirada. — Noche… — Ahora se fijaron de repente en Matthew, muy abiertos. — ¡Penny! — Súbitamente Carol se echó las manos a la cabeza y comenzó a chillar mientras sacudía su cuerpo atrás y adelante.
Matthew no lograba comprender que le ocurría.
Rápidamente unos celadores salieron junto a una enfermera que le inyectó algo para que Carol regresase al mismo estado con el que había salido de los pasillos internos del psiquiátrico.
Los celadores se disculparon ante Matthew, para a continuación invitarle a irse mientras se llevaban a Carol de nuevo hacia dentro.
Matthew apuró su cigarrillo y lanzó la colilla a uno de los ceniceros pese a que por el número de las que había tiradas en el suelo parecían indicar que todo aquello era una inmensa papelera.
Raudo, partió hacia su coche, donde su petaca de whisky le esperaba para paliar el dolor que se le antojaba insufrible.
Sus manos temblaban.

Cuando la noche llegó Carol se encontraba atada a su cama.
Eran tantas las noches que pasaba así que podrían sumarse y obtener más cantidad que las noches en las que podía deambular como una fantasma por los pasillos de su planta hasta que era vista por algún vigilante.
Una sensación de inseguridad la recorría por dentro mientras se movía, incómoda, destapándose justo antes de empezar a gemir y a llorar desordenadamente. 
De repente miró su reloj.
Eran las seis menos cinco de la madrugada y pese a su gran cansancio que rozaba el agotamiento, todo parecía ser más nítido, más claro que nunca.
La puerta de la habitación permanecía abierta apenas un palmo.
Lo suficiente como para que el rostro sonriente y parte de la silueta de una joven de verdes ojos y rubia melena apareciese súbitamente para escudriñarla con la mirada.
Estaba mellada. 
Carol reconocería a Penny en cualquier situación, y al intentar gritar como cada noche, esta vez, descubrió que sus intentos se ahogaban antes incluso de tomar forma de sonido.
Tan solo un tímido lamento emergía de su garganta mientras inútilmente trataba de liberarse de sus ataduras.
De modo que le pidió a esos macabros ojos que se fueran, que dejasen de mirarla.
Cuanto más lo pedía más severa se volvía la mirada y más crecía la perenne sonrisa.
En lo más profundo de esa mirada anidaba una terrible oscuridad, en el centro de la cual unos puntos brillantes desconcertaban sobremanera a la torturada mujer.
Finalmente, la joven se fue.
En ese instante Carol abrió los ojos.
Había estado soñando.
No obstante, al mirar su reloj, éste marcaba las seis.
Gritó y gritó, ahora sí con éxito, pero nadie acudió a ver qué ocurría.
Quedaba una hora para la ducha matutina, y Carol se quedó callada mirando el techo de su fría habitación, contando cada segundo, cada minuto, para que el nuevo día le trajese una medicación que la sedase lo suficiente con tal de acercarla un poco más a su ansiada muerte, allí donde Penny la esperaría.
Matthew despertó con la primera luz del nuevo día, tirado un suelo de la cocina lleno de cristales rotos, fruto del resultado de las noches tortuosas con su mujer tras las cuales había desistido incluso de barrer mínimamente.
Finalmente había dado con la manera de no enfrentarse a aquello.
Emborracharse hasta caer desmayado.
Cualquier pesadilla que le esperase siempre era mejor que una velada con aquel fantasma lleno de recuerdos dolorosos que ya logró acercar su mente más hacia el psiquiátrico que a otro lugar.

Los años de universidad pasaron rápidos para Tom.
Tenía en mente la idea fija de sacárselos con la mayor celeridad y mejor nota posibles, de cara a presentarse a las oposiciones para inspector de homicidios e iniciar lo que consideraba su cometido tras su experiencia aquel fatídico día de la gran tormenta.
No debió salir nunca de aquella tienda, pensaba una y otra vez siempre que recordaba como de modo estúpido corrió a pedir ayuda en lugar de convencer a Penny de irse junto a él.
Sus padres adoptivos le habían pagado un piso cerca de la universidad, y esa tarde Tom McConelly decidió ir a comprar un regalo especial para ellos.
Caminando por el centro de la ciudad, decidió ahorrar tiempo cruzando un bello parque donde el otoño invitaba a tantos y tantos a perderse entre un mar de hojas caídas, en una melancólica estampa que sin embargo llenaba a Tom de una triste esperanza.
Ensimismado en sus pensamientos se encontraba cuando escuchó a una grave voz dirigirse aparentemente a él.
— Arrastras una pesada carga.
La voz provenía de su espalda, y al girarse vio a un anciano trajeado, de blanca perilla bien cuidada, sentado en un banco ubicado justo antes del pequeño puente que Tom cruzaba para sortear un pequeño lago artificial.
— ¿Cómo dice? — Tom lo pensó mejor. — Es cierto, mi mochila está llena de libros.
La risa amarga del anciano dio paso a una mirada amable.
— Esa niña que te acompaña, ¿Quién es? — Tom dio un brinco ante la sorpresa. Se acercó al banco donde se encontraba el anciano. Parecía un buen tipo más que un desequilibrado.
— ¿Quién es usted? — Inquirió Tom tratando de mantener la calma.
— Puedes tutearme. Mi nombre es Arthur, Arthur West. — Tom le dio la mano, invitándole a continuar. — No creas que veo a una niña a tu lado, Tom. Se trata más bien de que tu energía va asociada a otra mucho más débil que no te pertenece. Una energía que clama a gritos ser vista desde hace mucho tiempo.
Tom relajó sus músculos, el anciano parecía confiado acerca de las locuras que estaba diciendo.
— Arthur, ¿Qué necesitas? tengo algo de prisa.
El anciano se puso en pie dando un brinco. No parecía tener una edad tan avanzada. Cerró los ojos y puso su mano sobre el corazón de Tom. Éste lo miraba perplejo, no tanto como quedaría tras escuchar lo que Arthur West iba a decir a continuación.
— ¿Quién es Penny? — Tom abrió los ojos de par en par.
— ¿Es esto una broma pesada? — La mirada de Tom ardía de ira ante aquello.
— Puedo ayudarte, eh… 
— Tom, Tom McConelly. — Arthur asintió algo alicaído tras escuchar el nombre de aquel joven.
— Recuerdo ese apellido, no el lugar pero se que lo leí asociado a la desaparición de una niña hace años. ¿Es esa niña Penny? — Tom exhaló un largo suspiro, mientras Arthur insistió en que lo acompañase a su despacho para contárselo todo.

Tanto Arthur como Tom habían quedado sorprendidos por lo que había dicho cada uno.
Arthur West había resultado ser un reputado parapsicólogo cuya nómada vida lo había llevado a la ciudad donde Tom estudiaba, mientras que los datos que Tom no acababa de unir fueron analizados entre ambos desde un enfoque que el joven jamás creyó válido. 
Pero no perdía nada por probar.
Las quemaduras del dependiente bien podrían haber sido provocadas por el incendio que causó su padre, Matthew, más tarde en una especie de paradoja temporal.
Pero Arthur fue más allá. 
Quiso ir en persona a lo que quedase de la tienda de muñecas, si es que todavía permanecía precintado como prueba de un posible crimen.
Ya en Greenroys, la extraña pareja avanzaba en dirección a la estrecha calle que aún tantas pesadillas reportaba a Tom.
En seco el joven alzó su brazo en dirección al final de la calle, revelando un letrero donde aún se podía leer con algo de esfuerzo “Completa tu muñeca”.
Arthur palmeó con fuerza y se frotó las manos.

— ¿Bueno, a qué estamos esperando? — Dijo mientras Tom se acercaba a la puerta de la tienda.


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sábado, 18 de abril de 2015

Completa tu muñeca III: Sangre


Imagen y muñeca de Silvia Gual


Los truenos anunciaban que la intensa lluvia que caía sobre el pueblo de Greenroys iba a ser incesante durante un buen tiempo.
Pese a que apenas se había alcanzado el mediodía, el cielo negro oscurecía las calles haciendo parecer que el anochecer se encontraba próximo.
Transeúntes cuyo paraguas apenas podía evitar dejarles empapados corrían a toda prisa en todas direcciones, resolviendo sus quehaceres. 
De eso Tom no podía enterarse, pues alternaba su mirada entre la del dependiente y la muñeca de una Penny que en ese momento le daba la espalda, ensimismada.
Fuera sonaba el eco del crepitar de las gotas contra el asfalto, mientras el interior de la tienda se iluminaba cada vez que un relámpago aparecía en los cielos anunciando el terrible sonido de un trueno cuya potencia había resultado imposible para Tom hasta ese instante.

Sui era blanca de piel, muy blanca, y sus ojos azules recordaban a un mar de aguas cristalinas desconocido para la especie humana. O así lo pensaba Penny mientras con sus deditos acariciaba el contorno de esos ojos, que lucía pintado con delicadeza hasta llegar a los rosados pómulos bajo los cuales unos sensuales labios carnosos que lucían una triste sonrisa quedaban coronados en su cúspide por una pequeña nariz que hacía del conjunto algo sumamente hermoso.
Sus ropajes eran de una época antigua, y los negros hacían contraste con la blanca piel de Sui ensalzando su cuerpo ante la entrecerrada mirada de la que iba a ser su dueña.
— ¿Que de qué se trata? — De pronto el dependiente atendió a la pregunta de Tom. Éste quedó petrificado cuando esos ojos se clavaron en los suyos, para luego relajarse cuando escuchó la respuesta a la pregunta. — Pues Penny va a tener que darme la garantía de que a su muñeca nunca más le volverá a faltar un miembro. — La pequeña escuchaba esas palabras acariciando el muñón en el hombro izquierdo de Sui, de donde debería nacer un brazo igual de bonito que el derecho.
Penny no había caído en la cuenta, pero el hecho que el dependiente supiese su nombre solo podía deberse, para Tom, a que sus padres lo nombraron cuando visitaron el lugar.
Aunque Tom se mostraba inquieto, huraño ante ese tema, como si tuviese pero no quisiese racionalizar otra explicación para ese hecho.
— No te importará mojarte un poco, ¿Verdad? A tu edad sois fuertes como el hierro. — El dependiente señalaba con su mano llena de cicatrices por quemadura a Tom, que dio un paso atrás.
— ¡No puedo irme sin Penny! — Respondió al instante.
— Ella estará bien. Tengo que asegurarme de que la muñeca y ella se llevarán correctamente. ¿Estás de acuerdo en quedarte un rato para quedarte con Sui, Penny?
Cuando pronunció el nombre que Penny tenía pensado para su muñeca, esta alzó la mirada súbitamente de ella para mirar al dependiente como despertando de un sueño. 
— Sí… — Su respuesta apenas audible hizo que el dependiente aplaudiese e indicase a Tom que debía salir por la puerta.
Éste miró a Penny, que no parecía estar ni de lejos tan asustada como él, y cuando regresó a la mirada del dependiente, sobre su malévola sonrisa volvió a apreciar ese fuego, esa misma llamarada de hacía unos momentos, provocando que reaccionase y saliese por la puerta mojándose al instante ante la inmensa tormenta que diluviaba sobre el pueblo.
Tenía que llegar a la escuela como fuese para llamar a su padre y explicárselo todo.

En el interior, el dependiente ofrecía su mano a Penny, que la cogió sonriéndole. 
— Ahora que estamos solos, tengo que contarte un secreto. — La sonrisa del dependiente se desvaneció casi imperceptiblemente por un momento. Su mirada era severa.
— ¿Ah si? — Penny hacía botar en su brazo izquierdo con pequeños saltos a Sui.
— A parte de cuidar de Sui y repararla, necesito algunas piezas para curar a algunas de las otras. ¿Me ayudarías, Penny?
El tirón que sintió la pequeña la hizo querer gritar, pero ningún sonido surgió de su boca.
— Ven conmigo… — El dependiente la condujo más allá del mostrador, donde una cortina reveló tras ser apartada algo así como una cocina. Hacía mucho frío.
Cuando Penny vio los cuchillos, dejó caer la muñeca al suelo y gritó con todas sus fuerzas el nombre de su madre mientras las primeras lágrimas brotaban de sus ojos.
El dependiente reía, haciendo sonar sus carcajadas casi por encima de los agudos gritos de la pequeña niña de rubio pelo y ojos verdes.

Matthew descolgó el teléfono en su oficina y se alarmó cuando fue informado de que su hijo quería hablar con él.
— ¿Qué ocurre, Tom? — Preguntó cuando lo pasaron con el pequeño.
— ¡Papa, él la tiene! — La respiración entrecortada y el tono alto casi impiden que el inspector entendiese apenas las palabras le se le decían.
— ¿De qué hablas, Tom? — Matthew trataba de tranquilizar a su hijo.
— ¡En la tienda, el dependiente y Penny están solos! — Matthew no necesitó más. Visualizó la travesura al instante, y se horrorizó al pensar en aquel hombre, a solas con la hija de Carol.
Se levantó al instante y le dijo a Tom que no lo dijese a nadie más, puesto que él se encargaría. Se puso su gabardina y, levantando las solapas para protegerse del intenso frío, salió a la calle donde la tormenta más agresiva que se recordaba en Greenroys continuaba castigando al pueblo desde entrado el mediodía.
Unos minutos más tarde aparcaba apresuradamente y se disponía a encarar la calle donde se encontraba la tienda de muñecas.
Pero cuando llegó, de todas las cosas que esperaba, se encontró con una imprevista, que resultó ser la peor de todas.
Bajo un cartel desgastado donde figuraba el nombre de la tienda, solo vio ladrillo.
Un ladrillo que tapaba el espacio donde debería estar el escaparate y, lo más importante, la puerta de la tienda.
Matthew acudió al despacho para pedir refuerzos y movilizar a la policía, para a continuación llamar muy inquieto a Carol.
— ¿Sí, inspector Matthew? — Carol cogió el teléfono con algo de ansiedad, seguramente pensando aún en recibir noticias de la tienda y su misterioso dependiente, pensó Matthew.
— Carol, su hija ha desaparecido. Pero le prometo que vamos a encontrarla. — Carol sintió como algo se le movía por dentro, y no pudo contenerse. Llevaba inquieta por la tormenta desde que ésta empezó a descargar la lluvia torrencial.
— ¡Qué dice! ¡Penny está en la escuela! — Jadeaba en busca de aprobación.
— Ella y mi hijo salieron para… — Matthew decidió omitir que el último lugar donde la vieron fue en la tienda de muñecas, para no inquietar más aún si cabía a la pobre mujer. — … Para dar una vuelta, en seco Tom la perdió de vista al iniciarse la tormenta. Le prometo que…
— ¡No prometa nada! ¿Qué hacía Penny dando vueltas por el pueblo teniendo clase? ¡No es propio de ella! — Matthew comprendió que esa versión apenas se sostenía.
— ¿Y si han ido a la tienda de muñecas? ¡Dios mío, la tiene ese dependiente!
— Estamos averiguando qué ha ocurrido con la tienda Carol. Al parecer, está cerrada. No puede estar ahí.
— ¿Cerrada? ¡Pues den con el dependiente! ¿Dónde puedo encontrarle?
— La mantendré informada, Carol, deje esto en mis manos.
Al colgar el teléfono Carol se puso la chaqueta al instante y cogió su paraguas. Debía dirigirse al despacho del inspector. No se separaría de él hasta que diesen con su pequeña Penny.

Sin embargo, pasaron las horas mientras la única pista se desvanecía. Echaron abajo las paredes de ladrillo y encontraron un espacio vacío sin ninguna muñeca ni objeto, descubriendo una cocina al fondo impecable y sin rastro de ningún acto criminal.
Descartando ese lugar, Matthew sabía que solo quedaba aplicar el protocolo de búsqueda estándar, aquel que no siempre funciona.
Mientras los truenos y los gigantescos relámpagos seguían castigando unas calles ya inundadas por la lluvia, donde apenas se podía conducir, el inspector llevó a casa a Carol, advirtiéndole que debería tener algo más de paciencia de lo previsto.
La mirada de la mujer se había tornado sombría, y sus lágrimas habían caído de un modo parecido al de la lluvia, incesante e intenso.
Esa noche ocurrió algo que cambió a ambos por completo.
Sendas visitas, sendas advertencias de que algo extraño había ocurrido con Penny.
Carol despertó tras una vigilia que había desembocado en un corto sueño alertada por la voz de su pequeña, que tarareaba algo encerrada en su habitación.
Corriendo fue a ver, para toparse con el aura de esta, que manejaba con sumo cuidado una muñeca de blanquecina piel. 
Carol frotó sus ojos incrédula, y cuando los volvió a abrir trató de acariciar el pelo de Penny.
Ésta se giró lentamente, mostrando al sonreír a su madre una boca desdentada de la cual descendían auténticos chorros de sangre hacia su mentón. Acariciaba con su mano derecha el rostro de la muñeca, ocultando parcialmente un brazo izquierdo que no estaba donde debía estar.
De la muñeca emergía un brazo desmesuradamente grande, ensangrentado y cosido de malas maneras a su hombro, y fue por una peca que Carol gritó horrorizada cayendo al suelo.
— ¿Te gusta Sui, mamá?
Penny interrumpió su melodía para comenzar a hablar.
— Ahora siempre estaremos juntas, cada noche… — La aguda voz de la pequeña balbuceaba más que pronunciaba esas palabras, puesto que ningún diente había ya en su boca.
Mientras Penny dejaba la muñeca en el suelo, comenzó a arrastrarse hacia el sentado cuerpo de su madre, dejando un reguero de sangre negra allí donde deberían haber estado sus piernas, clavando su codo derecho en el suelo para avanzar lentamente hacia Carol, que gritaba y gritaba a medida que comprendía por lo que había pasado su hija, desquiciando su mente, perdiendo su mirada en la nada mientras acariciaba el pelo de lo que quedaba de su hija.

Por su parte Matthew pasó la noche con su difunta mujer. 
Se despertó a las dos de la madrugada alertado por unos silbidos en la cocina.
Cuando fue a ver de qué se trataba se la encontró tal como la vio la noche en que se cometió el crimen, desangrada y con su vestido ensangrentado allí donde la habían rajado, allí donde la habían violado.
Una visión que lo dejó petrificado, aún más cuando el cuerpo de su mujer se levantó del suelo y se dirigió a él para contarle, una y otra vez sin pausa, lo que sintió mientras el asesino se distraía con ella.
Tom miraba desde el pasillo sin ser visto, observando detenidamente a su padre caer en el alcohol para soportar lo que fuese que estuviese viendo.
El nuevo día amaneció frío, pero ya con el clima habitual de Greenroys. La tormenta había desaparecido.
Pasaron las horas y Penny no apareció.
Matthew y Carol hablaron un par de veces, pero no se contaron sus experiencias de la noche anterior, como si deseasen en el fondo caer en un pozo del que de antemano sabían que no podrían escapar.
Llegó la noche y llegaron las apariciones.
Matthew bebía dos botellas de whisky por noche, Carol perdía el juicio en la habitación de su hija sin freno alguno.
Cuando transcurrida una semana ingresaron a Carol en un psiquiátrico, ésta estaba segura de que no iba a estar sola allí. 
— Penny me acompaña… — Repetía una y otra vez en la consulta donde consideraron su caso digno de admisión.
Matthew por su parte olvidaba a Tom a un ritmo constante.
Pronto le quitarían la custodia.
Hasta que una noche recordó, mientras su mujer detallaba lo que sentía cuando aquel desconocido la penetraba clavando su cuchillo en su hígado, al dependiente de la tienda de muñecas.
Aprovechando que aún podía caminar y conducir pese a su gran borrachera, se hizo con un par de bidones de gasolina y aparcó el coche lo más cerca posible de aquel lugar donde hacía poco había abierto la tienda de muñecas.
Cuando hubo impregnado todo el interior de combustible, encendió una cerilla y maldiciendo la tiró al suelo.

Mientras salía de la tienda, le pareció escuchar la voz de una niña gritar desconsolada el nombre de Carol, al tiempo que una carcajada le erizó el vello mientras apuraba su petaca en dirección al coche.


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viernes, 17 de abril de 2015

Ausencia



Los sueños, ¿Sueños son?

Me encuentro despierto en este instante, tecleando unas líneas que habrán de conducirme a explicar el desazón con el que siempre despierto, tras largas noches de vívidos sueños llenos de breves despertares.
Siempre ha sido así, de modo que no puedo establecer un punto en a través del cual todo fluya, salvo mi propia llegada a este mundo.

No tengo defensa alguna ante mi sombrío pasado, en el que muchas veces cerca de la luz primigenia y otras tantas sumido en la oscuridad más absoluta he forjado un día a día tormentoso y cruel, frío y a una considerable distancia de lo que se consideraría la paz espiritual.

Pero cada noche mis sueños me conducen a ese instante en el que todo queda en un segundo plano ante el palpitar fuerte de un corazón enamorado quizá por primera vez.
Tanto da que surque terroríficos pasajes en los que mi vida corre peligro constantemente, tanto dan las mil aventuras que me esperan en el continuo avanzar de una trama que se enrosca sobre sí misma revelando sorpresas y lanzando luz y oscuridad a partes iguales sobre mi ser. El resultado siempre es el mismo, es el nexo común que da vida a un espíritu incansable en su eterna búsqueda.

El amor, el calor de esa persona, de esa entidad que se esconde tras las mágicas miradas con las que hemos aterrizado en este lugar donde toda salvación siempre pasa por infantiles actos de fe.
Solo basta eso y, sin embargo, la distancia que me se separa crece sin medida, al mismo tiempo que mis pesadillas se transforman en improvisados paraísos siempre que, cada noche, puedo verla.

Siempre con un rostro diferente, de nombre variable, esquiva y huidiza en lo más hondo de mi mente, esa mujer se pasea ante mi uniéndose a mis oníricas experiencias enriqueciendo el trayecto con la entereza que da el saber que esa sensación no es solo el fruto de una mente alucinógena, sino que existe en algún campo de energía que nos resulta oculto por alguna misteriosa causa.

Así en los días donde me encuentro despierto me lanzo a la búsqueda desesperada, condenada a un perpetuo desengaño que golpea esa parte de nosotros donde más duele todo. 
¿Dónde está? Preguntaría desesperado.
Sin embargo la noche me trae una nueva respuesta, que se suma a la ya desorbitada cifra que se acumula en ese campo donde muchos no recuerdan, no ven, no viven.
Podría parecer algo placentero si no se tiene en cuenta que tras una obligada marcha a través de tortuosas experiencias, la sensación pierde crédito a cada súbito despertar, perdiéndose en un rápido y fugaz teclear que trata de hacer real lo onírico, de dar forma a lo imposible.

Finalmente un suspiro te lanza de nuevo a las reflexiones que en algún momento te conducirán a la siguiente pista, una señal de existencia que no tiene cabida en lo que es considerado el mundo racional, y que sin embargo te hechiza y te embauca cada vez que consumiendo el día miras el lecho preguntándote a dónde viajarás, con quién te encontrarás, sabiendo en todo momento que en el clímax de la paz serás devuelto al campo de batalla que con tanto ahínco has trabajado durante toda tu vida.

Dejarme ayudar significa aceptar que los sueños, sueños son.
Dejarme ayudar pasa por trabajar el día a día para hacerlo más pasajero, más lejano al infierno en lo que se está convirtiendo, donde quizá alguna persona decida anidar para recrear con el mimo adecuado aquello con lo que tantas veces tu interior ha viajado.

Sin embargo esta misma mañana, como de costumbre, la pregunta sigue vigente y llena de significado, con el peso a sus espaldas de sucesivas experiencias oníricas que me han llevado una vez más hasta la luz primigenia, aquella que garantiza ese segundo de paz que, para un espíritu torturado, supone el punto de inflexión entre un errante caminar y un vuelo que permita observar con detenimiento qué te rodea, a dónde ir y cómo hacerlo.
La pregunta sigue encumbrándose a cada despertar.
Los sueños, ¿Sueños son?

Y si esta vida es un sueño, ¿Dónde se encuentra ella?

Una sensación, una energía que aparece de tanto en cuanto, a la que hay que aferrarse con fuerza porqué no suele aparecer con facilidad, y a la que honrar con la mejor de nuestras intenciones dando forma a una pareja, al inicio de una relación que significará el canal entre el infierno en el que siempre se puede transformar una vida y el primer eslabón que subes con máxima ilusión en busca de una paz que se marchita si te demoras en recordar su esencia día a día, condenándote a experimentarla de modo esquivo, cuando ya no está, cada noche.

martes, 31 de marzo de 2015

Completa tu muñeca II: Tienda



Cuando hubieron dejado a los niños en el colegio, el inspector McConelly y Carol Swanton permanecieron uno al lado del otro unos instantes antes de que Carol rompiese el hielo.
— Deberá ir al trabajo, supongo… — Tanteó. Aún no se sentía con plena confianza en el trato con el inspector.
— Puedo tomarme la mañana libre. — Matthew, que alzaba el mentón contemplando las hojas que el frío viento de la mañana deslizaba frente a él, respondió con rotundidad. Al percatarse de ello, suavizó el tono para, ya mirando a Carol, lanzar su sugerencia. — ¿Le apetece que vayamos a ver la tienda que le comenté ayer?
Carol no tardó demasiado en asentir.
Subieron al coche del inspector, que tras algunos intentos fallidos por fin arrancó, torciendo las primeras calles que habrían de conducirles al centro del poblado, donde una flamante nueva tienda de muñecas aguardaba su visita.

Al sonar las campanillas de la entrada, el dependiente se alzó de detrás del mostrador luciendo una sonrisa en el rostro.
Carol y Matthew, sobretodo la primera, habían pasado un largo rato en la vitrina que daba al exterior de la tienda de antiguo aspecto pese a su reciente apertura. 
Docenas de muñecas se agolpaban allí, mostrando todas un mimo y un cuidado excelentes.
Salvo por un detalle. Estaban incompletas.
Mientras que a unas les faltaba un ojo o parte de la comisura de los labios, a otras se las exhibía sin dedos, manos o brazos enteros.
No obstante, según la opinión de Carol, eran encantadoras.
Faltaba saber si se trataba de piezas de coleccionista o su precio estaría al alcance de su bolsillo.
Por eso entraron en la tienda, para toparse en un primer vistazo con el rostro del dependiente, que les sonreía desde detrás del mostrador de madera pese a no decir palabra alguna.
Finalmente habló.
— Buenos días. ¿En qué puedo ayudarles? — Carol ya perdía su mirada en el interior de la tienda, donde multitud de objetos antiguos y varias muñecas, éstas ya completas, decoraban un interior donde el olor a incienso tapaba algo que resultaba desconocido para Carol, pero no imperceptible.
Tampoco para el inspector McConelly, que charlando con el dependiente, no dejaba de acumular ciertos datos acerca de ese misterioso nuevo habitante del pueblo.
Su cara lucía signos de quemaduras, en forma de cicatrices que nacían de su mentón para desplazarse por todo el costado izquierdo de su rostro, que había pasado desapercibido en primera instancia para Carol.
Su mirada era clara y penetrante, y fue su compañera quién sacó del ensimismamiento al inspector justo cuando éste parecía intuir en ella algo diferente, como un halo de luz semejante al que desprende el fuego cuando es avivado.
— Disculpe, querría hacerme con una de sus muñecas… — El dependiente miró a Carol, sonriendo de nuevo tras la charla con Matthew.
—¿Es para usted? ¿O se trata de un regalo? — Carol sonrió ante la pregunta. El dependiente prosiguió, satisfecho ante la reacción. — ¿Para quién va a ser una de estas joyas? — Carol hizo una mueca con su boca, para preguntar a continuación: — Oh, lo cierto es que primero querría saber el precio aproximado de las muñecas.
El dependiente puso sus manos sobre el mostrador.
Más cicatrices.
Cuanto más miraba Matthew a ese hombre, más se preguntaba acerca de qué le habría ocurrido.
— Las muñecas que ve aquí dentro no están por ahora a la venta. Las de la vitrina exterior, sin embargo… — Carol abrió los ojos notablemente. — Las muñecas de la vitrina tienen un precio que varía en función de quién la quiera adquirir.
— Quiero una para mi hija. — Respondió Carol.
La mirada del dependiente se encendió por un instante.
— ¡Maravilloso! ¿Por qué no viene con ella esta misma tarde y vemos qué podemos hacer?
En ese punto Carol sintió un escalofrío, aunque se recobró cuando escuchó la voz del inspector.
— Oiga, ya pasaremos en algún momento, que pase un buen día.
Mientras salían de la tienda, el dependiente no dejó de seguir con la mirada a una mujer que por un momento había sentido una inexplicable sensación que la había incomodado sobremanera.

— Ese hombre no me da buena espina, Carol. — Matthew conducía el viejo automóvil en dirección a casa de su acompañante.
— ¿Por qué me habrá dicho lo de ir con Penny? — Carol llevaba preguntándose eso mismo desde hacía un buen rato.
— El tipo no me ha dado buena espina. Resulta muy extraño que no venda la mayor parte del material de la tienda.
— Lo cierto es que había una muñeca en la vitrina que, estoy segura, a Penny le haría mucha ilusión.
El inspector se encendió un cigarrillo en ese punto y bajó un poco su ventanilla. Exhalando una buena nube de humo, respondió.
— Deje que investigue un poco más el lugar. Pronto podrá ir sin problemas a adquirir esa muñeca.
Carol miraba por su ventanilla el paisaje donde a lo lejos se divisaban las montañas, en una jornada que alcanzaba el mediodía aún con el intenso viento paseándose por las calles de Greenroys.
Haría caso al inspector, al fin y al cabo, su olfato debía superar con creces el suyo propio, y no podía desentenderse de una sensación como la que había sentido.
Cuando llegaron a su chalet Carol iba a tener el tiempo justo de preparar la comida e ir a buscar a su hija al colegio. Se despidió con un par de besos del inspector y se agarró fuerte el bolso antes de emprender el camino a casa, pues el viento en su calle era realmente fuerte.

Cuando sonó el timbre de final de clase, Penny se sentía en éxtasis.
Había pasado toda la mañana sentada junto a Tom, que amablemente había invitado a dejar en paz a Penny al repelente de Karl. Éste no había osado plantar cara, sorprendido.
La compañera de Penny seguía enferma y eso había resultado en una mañana de diversión y sonrojo por parte de los dos niños, que rozaban los doce años.
Tom era unos meses mayor que Penny, aunque ambos habían nacido en el mismo año.
Mientras salían al exterior, Tom le confesó a Penny un secreto.
— Oye Penny, esta mañana mi padre me ha contado que tienen una sorpresa para ti.
Penny abrió los ojos de par en par.
— ¡Qué dices! ¿En serio? — Tom sonreía.
— Sí, algo acerca de una tienda de muñecas que ha abierto hoy en el centro. Pero no digas nada, ¿Eh?
La pequeña siguió con los ojos muy abiertos. Le encantaban las muñecas, y desde que su padre se fue su madre apenas le había dado un puñado de ellas. Ya esperaba impacientemente que su madre le diese la noticia y poder escoger la más bonita.
Cuando Matthew y Carol los llamaron, Penny y Tom se dieron un fuerte abrazo y se dirigieron hacia ellos. 
El inspector Matthew se despidió alzando la mano de Carol, haciendo en última instancia un gesto que indicaba que estarían en contacto por teléfono si averiguaba algo. Ella le sonrió, mientras acariciaba el pelo de su hija al abrazársele ésta a ella a modo de saludo.
Ya en el coche, los pequeños pies de Penny no paraban de moverse como a espasmos de los nervios que sentía.
Al poco, estalló.
— Mamá, ¿Cuándo vamos a ir a la tienda de muñecas? 
Carol se sorprendió mucho por aquello. ¿Cómo lo había podido averiguar su hija?
Cuando le dijo que por el momento no podrían ir, Penny se enfadó muchísimo y no se dirigió a su madre en el resto de trayecto hasta llegar a casa.
Cuando lo hicieron no quiso ni comer. Subió agresivamente las escaleras que conducían al piso superior y se encerró en su habitación.
A media tarde Carol había logrado entrar en su habitación, y le prometió que en cuanto pudiese ser irían a la tienda a comprar una muñeca.
Penny había pasado buena parte del rato que estuvo encerrada llorando, y se aferraba a su madre agotando los últimos sollozos cuando el teléfono sonó.
Carol pellizcó la mejilla de su hija y le hizo una mueca que provocó la risa de la pequeña.
Cogió el teléfono y por el saludo ya supo que se trataba del inspector McConelly.
— ¡Matthew! Dígame.
— No he averiguado nada acerca del tipo de la tienda.
— ¿Entonces podemos ir?
Carol respiraba aliviada.
— Espere, me refiero a que no he averiguado nada de nada. Es como si no tuviese pasado. ¿Podría darme un poco más de tiempo?
Ella suspiró, desalentada.
— De acuerdo, Matthew, manténgame informada…
Cuando colgó el teléfono Carol dio por fin de comer a su hija, y por un momento con los dibujos del televisor pareció que la pequeña se distraía lo suficiente para no pensar en la tienda de ese misterioso sujeto.

Si el día anterior se había caracterizado por el viento, el que nos ocupaba presentaba un amenazador cielo negro cubierto por unos nubarrones que amenazaban con una intensa lluvia.
Carol llevó pronto a su hija al colegio, y se extrañó al ver a Tom llegar solo, aunque bien era cierto que muchos eran los días en los que lo hacía.
Esperaba seguramente noticias de Matthew, tanto por su persona como por la tienda que por algún motivo no acababa de irse de su mente.
Se despidió de Penny y ésta entró de la mano de Tom en el colegio.
— ¿Y bien? — Tom preguntó a Penny en cuanto quedaron solos.
— Mamá no quiere llevarme a la tienda… — Penny dejó caer unas lágrimas en ese punto.
— ¿Que te parece si vamos nosotros solos? — La mirada de Tom brillaba tan solo con imaginar la aventura.
— ¿Harías eso por mi?
Tom sonrió, rápidamente, dio un beso en la mejilla derecha de Penny y tiró de ella hacia el exterior.
Una fina lluvia comenzaba a caer mientras los niños caminaban apresuradamente en dirección al centro del pueblo. Atravesaron las estrechas calles que se arremolinaban unas con otras en la zona de mayor cantidad de tiendas, y no tuvieron ni siquiera que preguntar para dar con la que buscaban.
Al final de una calle que descendía, en la parte derecha, lucía un cartel que anunciaba “Muñeca” a los transeúntes.
Corrieron mientras la lluvia arreciaba.
— Oh, Dios mío, ¡Mira, Tom! — Penny pegaba su dedo en la misma muñeca que había convencido a su madre el día anterior. Le faltaba únicamente el brazo derecho.
— Entremos, a ver qué más hay. — Tom empujó la pesada puerta e hizo sonar las campanillas de la puerta. No hubiese sido necesario, puesto que un dependiente ya les esperaba con una amplia sonrisa en su interior.
Los niños quedaron petrificados mirando las cicatrices del hombre cuando la puerta se cerró.
— ¿Penny, verdad?
La niña asintió con timidez, mientras Tom miraba al suelo como sintiendo de repente el peso de la travesura.
— ¿Has encontrado alguna muñeca que te guste? Para ti, hoy, es gratis. — La niña recuperó su sonrisa, mientras a toda prisa agarró a Sui, que así tenía pensado llamarla, para enseñársela al dependiente.
— Una fantástica elección, Penny. Solo tendrás que conseguir una cosa.
La mirada del dependiente dejó escapar entonces algo parecido a una llamarada, que puso en guardia a Tom pasando desapercibida para Penny, que miraba con ojos ensoñadores la mirada de Madison.

— ¿De qué… De qué se trata? — La voz del niño temblaba.


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martes, 17 de marzo de 2015

Niño inmortal: Capítulo 1



                                                            SUEÑO

 

Moisés Teruel era un joven hastiado por una vida a la que no encontraba sentido alguno.
Aunque no siempre fue así.
De niño, dejaba a su imaginación volar al compás de todo tipo de variopintos pensamientos, encontrando en el libre universo de la mente las motivaciones necesarias para levantarse con energía y afrontar las diferentes experiencias que la aventura de la vida ponía a su alcance.

Sin embargo, el lento pero constante transcurrir de los años lo había dejado en la dudosa posición del que empieza a asumir que se ha perdido en un inmenso laberinto.
Un laberinto sin salida, de hecho.
Contemplaba al resto de sus semejantes caminar resueltos por él, sin comprender qué era lo que empujaba los enérgicos pasos de esas personas.
Moisés solo tenía clara una cosa. No iba a convertirse en uno más de ellos, sino que iba a retroceder a cualquier precio hasta un punto que para muchos se difuminaba en los lejanos horizontes del pasado, pero que él contemplaba con la nitidez pura reservada a los mayores tesoros de la vida.
Poseía la juventud y su vigor, pero felizmente renunciaría a ello para regresar a su más tierna infancia, allí donde los pensamientos podían volar y, como cometas, ser dirigidos por sus diminutas manos en los azules cielos de la ilusión.

Sin embargo, no sabía que debía hacer.
Comenzó a comportarse como el niño en el que quería convertirse, pero bien su vergüenza bien la intolerancia del ser humano ponían continuas trabas a su cometido.
Todo era un cúmulo de desastres hasta que una noche, un sueño golpeó con tanta fuerza su subconsciente que al día siguiente recordó con extremo detalle lo acontecido en él.
Se encontraba en la base de un gran árbol que coronaba la parte más alta de un inmenso claro.
Un niño lo miraba fijamente frente a él.
En cuestión de segundos, el cuerpo de Moisés pareció sufrir una regresión, pues su altura fue equiparándose a la del niño desconocido hasta que ambos se encontraron mirándose fijamente a los ojos a la misma altura.
El desconocido le indicó con el dedo, señalando su calzado, que se lo quitase, justo antes de salir corriendo por el claro.
Moisés no se lo pensó dos veces.
Apenas con un par de zancadas sus deportivas quedaron atrás, y sus pies descalzos sintieron el fantástico aroma de una experiencia ya casi olvidada.
Corría descalzo sobre el verde césped.

Corrió y corrió, persiguiendo al niño que huidizo esquivaba sus acometidas por pillar al desconocido.
Finalmente, exhaustos, cayeron al suelo riendo a carcajadas, hasta que el niño desconocido interrumpió las risas con una pregunta que despertó de su letargo a Moisés.
Tendido en su cama, algo sudoroso, no dejaba de repetir en su cabeza la pregunta que el niño del sueño le había formulado.
¿Cuándo vendrás con nosotros?



                                                            DORMIDO

Cuándo podría ir con ellos, eso es lo que el niño del sueño le había dicho.
Moisés no tenía ni idea ni de dónde ir, ni de cómo hacerlo.
Por eso decidió que necesitaba más pistas, más información. Y su única fuente era el mundo de los sueños.
Preso y liberado a la vez por la fantástica sensación que experimentó al correr por la hierba, Moisés se dedicó a dormir noche y día, con la esperanza que en una de esas ráfagas oníricas obtendría algo de guía para tan excelso cometido.
Pero no fue así.

En lugar de eso la vida lo castigaba con una afección pulmonar que hacía emerger una fea tos de su interior impidiéndole incluso respirar con normalidad.
Su desesperación era ya patente cuando una noche, exhausto de llevar una vida sin apenas motivación alguna, soñó de nuevo apareciendo en la base del gran árbol de hojas anaranjadas.
Como si de un otoño se tratase, la tristeza y la melancolía asolaban el paraje.
Esta vez, a lo lejos, lo que parecía un grupo de niñas y niños  se acercaba sonriente a su posición.
Pero Moisés conservaba aún su forma adulta.
Al llegar el grupo, una niña se dirigió a él.
– Así no, hombre. Si traes tus penas a este lugar, todo se desvanecerá por el mismo mal del que adoleces. – La niña tenía el pelo rubio y blancos dientes que mostraba parcialmente al hablar. Era muy guapa.

De ese modo Moisés fue desprendiéndose paulatinamente de sus preocupaciones.
Lentamente, sintió de nuevo la agradable sensación de sentir su cuerpo decrecer hasta que se encontró mirando desde la misma altura al grupo de niños que ahora sí sonreían al contemplar como el árbol ya recuperaba el colorido primaveral y lleno de esperanza que tan a juego iba con el lugar y el cielo azul en el que un resplandeciente sol brillaba con intensidad.
– ¿Cómo te llamas? – Preguntó uno de los niños. Se asemejaba mucho a algún desconocido que Moisés recordaba de una experiencia anterior.
– Me llamo Moisés. – Se sorprendió al escuchar su aguda voz. Bajó avergonzado su rostro hasta que fue a aterrizar en los dedos de una de las niñas, que lo sostuvo para finalmente acariciar su mejilla.
– Tienes que lograr llegar aquí. – Le dijo la niña.
– ¿Donde estamos? – Preguntó el pequeño Moisés.
Fue un niño el que respondió.
– Estamos en Onírica, amigo. Nosotros vivimos aquí porqué vivimos nuestras vidas tratando de que se nos concediese el mismo deseo. – En ese punto el niño se peinó el flequillo con un rápido movimiento de su mano derecha, para después clavar su mirada en la de Moisés. – ¿Qué has hecho tú para estar aquí?
En ese punto una horrible tos asaltó a un Moisés que no sabía muy bien qué responder.
<< Hijo, despierta... >>
La voz  provenía del cielo, de todas partes.
Cuando Moises abrió los ojos al mundo cuya realidad mermaba sus esperanzas, se topó con la preocupada mirada de su madre que observaba su tos visiblemente afectada.



                                                            SENTENCIA

Moisés salió del médico con la cabeza puesta en otra parte.
Se podría decir que siempre tenía la cabeza en otro lugar.
Desde que en su segundo sueño le habían revelado que aquel lugar se llamaba Onírica, éste no había dejado de querer soñar una y otra vez de nuevo con aquel grupo de niños que parecían haber logrado vivir allí por siempre.

Pero la noticia del médico era lo suficientemente preocupante como para que pudiese dedicarse a sus habituales ensoñaciones.
Una bombona de oxígeno, permanentemente enganchada a él, era el menor de los males de una afección que no había parado de avanzar en su interior a cada cigarrillo que fumaba.

No obstante, Moisés, pese a no tener pruebas, confiaba ciegamente en la existencia de Onírica, un paradisíaco lugar donde disfrutar con el resto de niños durante toda una eternidad.
Esa misma tarde, tomando unas cervezas con unos amigos, se mostró visiblemente preocupado, sumido en los oscuros pensamientos que en él había provocado la terrible noticia de un médico que no parecía apostar demasiado por él.

Al llegar a su casa su hermana lo estaba esperando con una grata sorpresa. Un dibujo perfectamente trazado de un personaje de animación al que Moisés adoraba desde pequeño permanecía sujeto por la mano de su hermana, que extendía el brazo hacia él invitándole a aceptarlo.
Lo hizo y para su sorpresa había un tímido paisaje tras el personaje, que se asemejaba a un gran árbol en lo alto de una elevación del terreno en un claro inmenso donde muchos niños parecían pasárselo bomba corriendo mientras se perseguían.

Sorprendido, Moisés alzó su mirada hacia el rostro de su hermana, que le guiñó un ojo mientras le daba las buenas noches.
Esa noche Moisés se puso el pijama y se descalzó para realizar antes de dormirse unos ejercicios de relajación.
La tos parecía haber remitido esa noche, y deseó con todas sus fuerzas despertar por tercera vez en Onírica.

Cuando lo hizo, escuchó la voz de unos niños dirigiéndose a él como Moi, un apodo que solo usaban sus mejores amigos.
Se dirigió hacia el grupo que le llamaba, y de nuevo, lejos del amparo de la sombra del árbol, sintió como su cuerpo empequeñecía por momentos, cayéndosele los pantalones y el calzado por el camino, quedando vestido por una enorme camiseta que se asemejaba ya a un vestido cuando, sonriente, se plantó frente al grupo de niños.



                                                            VIAJE

– ¿Qué te hace pensar que somos niños? – Moisés escuchaba con atención las palabras de uno de los niños.
Llevaban un buen rato conversando, y lo cierto era que a esa última pregunta Moisés solo podía responder que la apariencia era lo que le indicaba que eran tan jóvenes.
– Me lo temía, juzgas por las apariencias. Necesitarás más que eso si quieres completar tu viaje.
– ¿Mi viaje? – Preguntó el bueno de Moisés.
– ¡Tu viaje a Onírica, tontorrón! – Una niña lo gritó mientras daba saltos de alegría ante la idea de que aquel lugar recibiese a un nuevo integrante.
Moisés se quedó algo pensativo, mientras daba con las palabras adecuadas a lo que deseaba formular.
– ¿Vosotros vivís aquí?
– Todos los días del año. – El niño que había mostrado tanta seriedad hacía un momento respondió. – ¿Quieres venir con nosotros? – Moisés asintió con fuerza con la cabeza. – Deberás completar tu vida en "el otro lugar" para poder vivir en Onírica.
En ese momento los niños salieron corriendo.
Pero no estaban jugando.
Huían despavoridos, más bien.

– ¡Moi, queremos que vengas con nosotros! – El lejano eco de la voz de una niña llegó a oídos de Moisés, que súbitamente sintió frío.
Una gélida brisa se levantaba por momentos, cuando cayó en la cuenta de que el sol se estaba poniendo.
Iba a ser la primera noche que pasase en ese lugar, y a medida que la oscuridad crecía apoderándose de toda Onírica, fue viendo como el reflejo de cientos de hogueras alumbraban los bosques que acotaban el claro aquí y allá.
Estaba claro que allí había muchos niños, muchos más de los que había logrado ver en sus incursiones en ese lugar.
Quiso ir con ellos, integrarse, pero notó que algo no cuadraba.
Se había encontrado muy a gusto cuando abrió los ojos en la base del gran árbol, pero lo cierto es que no sabía cómo había llegado a Onírica.
Cuando se lo preguntó, sintió como si algo tirase de él con fuerza, y de nuevo despertó en su cama, temblando de algo parecido al frío, solo que mas duro, más hostil.

Cuando un repentino ataque de tos le asaltó, recordó el sueño que había tenido.
Le dijeron que para ir allí debía completar su vida, lo que ahora sentía con pena como real.
Preocupado, pensó en la muerte y lo mucho que lo acongojaba.
Debía haber otra manera de llegar allí.
Al fin y al cabo, ya había demostrado que relajándose debidamente, su propio sueño le conducía a aquel lugar.



                                                            ONÍRICA

Moisés estaba desesperado.
Onírica quedaba ya muy lejos, y al mismo tiempo la sentía tan cerca como si la mismísima noche anterior hubiese soñado ampliamente con ella.
Cuando lo comentaba a sus colegas, todos quitaban hierro a un asunto al que Moisés no sabía o no podía dar la importancia debida.
Barajó la posibilidad de comentárselo a su psiquiatra, pero lo descartó rápidamente consciente de que estaría poniendo en juego su libertad por algo a quien nadie daría crédito.
Casi nadie, de hecho.

Moisés aún recordaba con sumo cariño y curiosidad el dibujo de su hermana, en cuyo horizonte tan fielmente se insinuaba lo que él ya consideraba como el reino de sus sueños.
Pero en su vida real trabajaba duro por sacar adelante algo que le permitiese trabajar mientras la tos le hacía pensar una y otra vez en aquella bombona de oxígeno con la que tiñeron de triste nublado su destino la última vez que acudió al médico.

De modo que, ansioso por poder palpar Onírica, el único lugar donde Moisés contemplaba una feliz existencia como niño inmortal, decidió encargar a un buen amigo el escrito que dibujase el esqueleto de dicho reino, previa plantación de la semilla de sus ideas, que nacidas del mundo de sus sueños trataban de germinar de un modo que Moisés jamás imaginó.
Y es que, si él no podía ir a Onírica, ¿Por qué Onírica no podía venir a él?
Juntos, el escritor y el protagonista de una historia de poco claro final, se embarcaron en el diseño de Onírica y sus niños, para que a través de las visitas que hiciese Moisés a ese lugar en algunas de sus noches, pudiesen perfilarlo más y más, así como su hermana había hecho como por arte de magia con el dibujo que le había regalado.

Pero los sueños escaseaban y se hacía complicado contemplar a Onírica como algo real, siendo más parecida a una historia de ficción que a la mágica experiencia que Moisés había sentido en repetidas ocasiones.
La visión de su yo infantil se intercalaba con la de un joven adulto que se ahogaba entre el humo de su vicio, perdido ya totalmente en un laberinto donde las demás personas sabían, o simplemente aparentaban, saber qué tenían que hacer.

Quedaba poco tiempo, y por eso escribieron raudos el primer capítulo de la historia, quedando ésta pendiente de una resolución que trajese "al otro lado" los sueños acerca de Onírica de un Moisés que tan solo quería poder correr descalzo bajo un cielo azul lejos de toda miseria, dolor o sufrimiento.

Quería ser un niño.
Onírica no solo le ofrecía eso, le ofrecía ser un niño inmortal.

martes, 3 de marzo de 2015

Una vampira en cuerpo de niña



Una vampira en cuerpo de niña:

Tema titulado "Vampire", de los geniales Pink Mountaintops.
Imágenes del film "Déjame entrar".