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Se encontraba lejos de la cima que una
vez conquistó. Muy lejos.
Había caído paulatinamente a lo largo
de la escarpada ladera, frenando el ritmo como buenamente pudo, hasta
sentir como su Dios se transformaba en cuanto todos decían.
La majadería de un loco que nunca
obtuvo triunfo, ni mérito, ni verdad.
Distantes y perdidos en un horizonte ya
invisible quedaban los recuerdos donde él bebía de la energía para
transformarla en acciones que despertaban sonrisas por doquier.
Tan distantes eran, que ni en su
círculo más allegado encontraba consuelo. Tan solo recibía
piedras.
Como un mesías nacido a destiempo,
recibía los golpes de la injusticia y la falta de memoria,
convertidas para la ocasión en necias frases disparadas sin piedad
alguna a aquel que un día logró volar y logró discernir los
errores de un mundo destino a la inanición de emociones,
particularmente de amor.
Y así fue cayendo y cayendo, sin
recordar qué era lo que aguardaba en la base de ese territorio
montañoso.
Unas cuevas oscuras que te hacían
esclavo nada más pisar su superficie.
Cuando se hubo percatado de cual iba a
ser su destino, sólo entonces pidió ayuda.
Pero las piedras que recibió le
hicieron odiar a cuantos le rodeaban, inyectando su mirada de una
descontrolada ira que ansiaba por encima de todas las cosas arrastrar
a todo ser viviente junto a él.
Sin embargo lo volvió a intentar.
Suplicó y se arrastró, lo suficiente
como para escuchar el lejano eco de la voz de aquellos que tenían en
su mano la llave para librarlo de su sufrimiento.
No había ni rastro del glorioso pasado
que una vez lo condujo a la existencia de un modo nunca previsto por
unas personas de humilde origen.
En su lugar, se le dieron consejos para
seguir arrastrándose por el lamentable camino lleno de penurias que
ellos sufrían, sin percatarse de la inercia que inexorablemente
arrastraba a esa persona a su temible destino.
Fue entonces cuando el individuo sintió
su cuerpo flotar.
Estaba cayendo por el conducto que
conducía al entramado de cuevas.
Con todas sus fuerzas se cogió del
borde, con una sola mano, soportando todo el peso de su cuerpo.
Una mano agarró su brazo.
– ¡No me sueltes! – Dijo sumido en
desesperación.
Era Stela, su pareja, que con ojos
cansados y expresión vacía contemplaba la escena desde la
superficie.
Ella no acarició su mano, en lugar de
eso la colocó en la áspera roca que pisaba y le invitó a salir por
su propio pie.
El individuo maldijo para sus adentros.
No encontraba sentido alguno a que la
espeluznante ventolera que lo empujaba hacia abajo con máxima
potencia no estuviese afectando a su compañera.
Trató de explicarse. Lo hizo con todos
los medios posibles.
Pero lo único que obtuvo a cambio
fueron más pedradas, más disparos, mientras ya entre lágrimas se
preguntaba una y otra vez dónde debía encontrarse su Dios, aquel
que nunca lo dejó solo.
Lo iba a necesitar ahí abajo.
Al soltar su mano víctima del huracán,
que sólo a él parecía afectar, se preguntó a qué mundo debían
pertenecer el resto de seres humanos.
Soñó con lo sencillo que debía
resultar avanzar en él, tan sujeto como estaba al cáliz de lo
superficial, al mérito de la repetitiva constancia, al defenderse
uno mismo de lo desconocido simplemente con un cerrar de ojos.
Y odió, sintió como algo monstruoso
despertaba de nuevo en su interior sediento de sangre.
La única que le daría sería la suya
propia.
Si es que algún día lograba salir de
las cuevas donde tanto tiempo pasó en su pasado, y de las que tanto
vano esfuerzo empleó para salir.
– Vivimos en un mundo cruel. Eso lo
dicen todos. Unos pocos conocen la realidad. Y, en algunos terribles
casos, están solos enfrentándose a la oscuridad que genera la
carencia de un Dios que todos, sin excepción, se empeñaron en
destruir porqué lo bonito e invisible no tienen cabida en en un
lugar donde priman la falsedad y el egoísmo. – Pronunció esas
palabras cabizbajo, consciente de la oscuridad que le rodeaba.
– ¿Por qué dices eso? Tú la
quieres. Los quieres a todos.
¿Quién era él? ¿O ella? ¿De dónde
provenía esa voz?
Cuando la desesperación roza lo
insufrible, pueden ocurrir milagros, chispazos, que nos hacen avanzar
incluso por los lugares donde nadie que solo es capaz de ver la luz
se atrevería a entrar.
Miró arriba, a la entrada de la cueva
por la que había caído.
Y resultó que Stela y los demás no le
ayudaron a salir, sino que bajaron con él una vez más.
Ciego en la oscuridad de la caverna, se
le había escapado el detalle de que siempre arrastró consigo mismo
a todos los demás, y si él no encontraba la salida, nadie lo podría
lograr.



