martes, 26 de mayo de 2015

Identidad



Estoy aquí, frente al papel, para contarles una historia que me ha sobrecogido dada la rareza de su evolución.
Trata sobre la culminación de un individuo obcecado en hundir su futuro de tal acto.
Perdido en laberínticos escritos, esa persona bebía demasiado tratando de ahondar en algo que estaba convencido que contenía el secreto a su enfermedad crónica.
Una enfermedad mental de la que deseaba escapar pero que al mismo tiempo lo acechaba cada vez más dado el círculo vicioso en el que él se encontraba.
Investigando los recovecos de un pasado alterado por su imaginativa memoria, creía edificar los cimientos de su hipotética mejoría mientras su vida pasaba con más pena que gloria, con más dolor para él y los suyos que el que jamás hubiesen imaginado.
Ese individuo, ciego a lo que ocurría en realidad, se encontraba irremisiblemente al borde de la perdición.
Yo lo conocí mucho tiempo atrás, cuando era un joven con un inmenso optimismo cargado de ignorancia.

Ahora es alguien diferente, cruzadas casi todas las líneas con las que su vida le ponía a prueba una y otra vez, y que nunca creí que acabaría rebasando.
Alterna una vida sedentaria donde todo carece de significado para él con grandes consumos de alcohol que destruyen lo poco que queda ya de todo cuanto consiguió a lo largo de su vida.
Parece mentira que apenas poco más de un año antes, en la cima de su delirio, conquistase su objetivo más preciado según él decía.
Una idea cuyo objetivo era ordenar las piezas de un puzle que, desde mi punto de vista, solo se debían a un choque continuo entre el deber y el libre albedrío en una balanza demasiado inclinada con el paso del tiempo hacia el segundo punto.
Una idea que creció transformándose en algo cada vez más psicótico a medida que incluía en el esqueleto mental de la obra datos como su irrompible conexión con el secreto de la creación y la muerte de su propio universo.
Una idea que, desarrollada, le permitía erigirse como el diseñador de un nuevo mundo para todo el planeta.
Por aquel entonces dicho individuo no bebía alcohol, y es que cuando entraba en dichas fases donde el raciocinio y la locura comenzaban a darse la mano, su mente se aceleraba omitiendo la misma realidad que sus ojos veían, y solo sentía prisa, una prisa urgente por acabar con su obra y liberarse de las ataduras no solo de su enfermedad, sino de los enigmas asociados a toda vida, incluso a toda existencia.
Asombrado asistí a la escritura de una obra donde toda una vida de desequilibrio quedaba para él atada a un riguroso plan del cual salía reforzado en casi todos los aspectos de los que en realidad mostraba evidentes carencias.
La seguridad sería un buen ejemplo.

Pagó un alto precio que le marcó para siempre por aquello.
Una prisión fue reduciendo a cenizas su trabajo, mientras al mismo tiempo que comenzaba a abrir los ojos ante las numerosas y lamentables acciones que había perpetrado durante su vida, los cerraba con tanto alcohol como fuese necesario para seguir adelante dando un paso y retrocediendo tres.
Ahora lo miro y me alarmo de lo cerca que está del barranco. De lo ciego que se muestra a él, mientras el fuego y el veneno que manan de su boca agravan la carga de cadenas con las que a buen seguro caerá al vacío.

Es en ese momento cuando me doy cuenta de que ese individuo soy yo.
Como una mente invisible, me siento de repente dentro de alguien con el que no me identifico.

Y lo primero que me pregunto es… ¿Quién soy? 

jueves, 14 de mayo de 2015

Niño inmortal: Capítulo II




FUTURO


La bombona de oxígeno había cedido su oscura sombra al cálido resplandor de un peldaño subido en forma de curso laboral.
Moisés Teruel no había vuelto a soñar con Onírica desde la noche en que oscureció y cientos, sino miles, de niños y niñas se refugiaron en los bosques para encender hogueras que los protegiesen del intenso frío que llegaba al misterioso lugar.
Pero pese a no experimentar más sensaciones en Onírica, sí que había traído una buena porción de ese lugar en una relación con su amigo escritor que no pasaba por sus mejores momentos.
Habían trabajado mucho en la reconstrucción de ese mundo desconocido sobre el papel, el mismo que se mojó perdiendo su tinta en el húmedo gotear de frías cervezas.
Eso alejaba de Onírica a Moisés.
Presto a continuar con su viaje hacia allí, que uno de los niños había catalogado como algo que requería completar una vida entera en el otro lado, Moisés se alejó de su amigo dejando atrás un proyecto del cual ya se habían colocado los cimientos.
El tiempo pasó y aquel que quería convertirse en un niño inmortal se involucró en la consecución del curso para tratar de acceder a un mercado laboral que le permitiese crecer en su vida, perdiendo poco a poco la vista en el laberinto donde ya no se daba tan mal andar. Donde ya no se sentía tan perdido. Donde comenzaba a dar pasos resueltos hacia un futuro mejor.
No obstante una lánguida sensación le pesaba fuertemente.
Los niños de Onírica le habían preguntado cuándo iría con ellos.
Y abandonando su pasado Moisés había abandonado a su vez una búsqueda que resultaba vital para su interior.


REENCUENTRO


Bien el hastío por reencontrarse con la rutina bien un cúmulo de circunstancias teñidas de cierta melancolía, Moisés y el escritor volvieron a reencontrarse confesando éste último que debía dar un giro a su vida pues comenzaba a intuir un oscuro final para ésta de seguir por los caminos que un turbio pasado había forjado.
Eso abrió las puertas de par en par de algo que había quedado enterrado en el interior de Moisés, un reino imposible con el que ya no soñaba, pero que en lo más hondo de su ser sabía que quería con todas sus fuerzas.
Se sentaron las bases para la mejoría de una amistad que debía dar forma algún día a un lugar que, cuanto menos, fuese palpable en la imaginación que despertase un conjunto de escritos que crecía en número y profundidad a medida que los pasos de Moisés vagaban persiguiendo una armonía que en ese mundo, en “el otro lado”, no terminaba de llegar.
Así fue como una noche lamentó sus decisiones al verse vomitando sucesivamente, cayendo exhausto y malhumorado en su cama.
Al día siguiente, todo cambió.
El calor inaudito para el mes en el que se encontraba lo condujo a refrescarse junto a su amigo escritor en un parque mientras contemplaban un sol que ya su hundía en el horizonte dando paso al agradable momento en el que la brisa del ocaso comienza a pasear por las calles.
De allí a una taberna, de la taberna a una conversación y de ésta a…
Onírica.
No recordaba nada, pero el agradable tiempo que hacía en la base del gran árbol asombró a un hombre que miraba atónito la figura de un grupo de niños corriendo hacia él.
– ¡Moi, has vuelto! – Gritaban.
Los abrazos se sucedían mientras Moi ampliaba y ampliaba su sonrisa, hasta el punto de estallar en una carcajada en la que todos le acompañaron durante un rato bien largo.
A ese hombre que lenta pero paulatinamente veía menguar su cuerpo, aquello le supo a gloria.


DESPERTAR


– ¿Por qué has tardado tanto? – Un niño señalaba con su dedo a Moi, que cabizbajo no supo responder.
– ¡Te hemos esperado cada día y cada noche! – Una de las niñas hacia aspavientos con los brazos clamando al cielo. – ¡Las noches aquí son muy largas! ¿Sabes? – Se la veía preocupada y aliviada a partes iguales. Moi recordó de pronto el nombre de Moisés, una vida a la que podía acceder, que le resultaba familiar, pero distante como en otro lejano lugar.
Los niños comenzaron a hacerse pequeños, momento en el cual el primero en dirigirse a él le cogió la mano y le dijo que era bienvenido, que no había nada por lo que preocuparse.
El suspiro de Moi devolvió las cosas a la normalidad mientras se percataba de que había sido él y no los niños quien cambiaba de tamaño.
Unas lágrimas comenzaron a recorrer su rostro mientras sentía como un puño le cerraba la garganta más y más.
– ¿Puedo quedarme? – Preguntó tímido.
– Solo un rato. – respondió uno de los niños.
Una niña replicó al instante voz en grito.
– ¿Por qué? ¡Ya está preparado! – En un instante todo era un clamor a favor de que Moi, el nuevo niño de Onírica, se quedase con ellos para siempre.
El niño al que todos parecían dirigirse, de verde piel y simpático gorro, alzó un dedo y lanzó una pregunta a Moi.
– ¿Te queda algo por hacer en el otro lado?
La mirada de Moi dejó de emanar lágrimas y se entrecerró. Casi sin poder explicar cómo pasó, la cabeza comenzó a darle vueltas y vueltas hasta que de las grandes ramas del árbol que veía mientras caía de espaldas al suelo pasó a distinguir claramente un techo. Una cama. Su cuerpo el doble o el triple de grande que como lo recordaba instantes antes.
Moisés Teruel había despertado y una pregunta permanecía grabada a fuego en su cabeza.
Un rostro, más bien.
Aquel niño pareció reaccionar con una mueca cuando se le vino a la cabeza antes de desmayarse.
Se trataba de Sonia, siempre se trataba de Sonia.


SONIA


Moisés pasó el día tratando de averiguar por qué demonios ese rostro de un lejano pasado se le había aparecido cuando el niño le preguntó si le quedaba algo por hacer.
Si se refería al otro lado, ahora se encontraba en él.
Debería poder darse una respuesta a sí mismo, cuanto menos.
Pasó el día sin ganas de salir de su casa a un mundo que, siempre que se producía un sueño con Onírica, le parecía exento de magia y encanto.
Sintió ganas de hablar con su amigo para diseñar con mayor exactitud todo Onírica y, por supuesto, los niños y niñas que habían clamado en nombre de Moi para su hogar.
Pero a medida que el rostro de Sonia regresaba a él, las negras nubes de un futuro pasado parecían despejarse indicándole un camino que siempre había querido tomar.
Una familia.
Amar y ser amado por una mujer.
Ser padre por partida doble.
Como Peter Pan al abandonar su País de nunca jamás, solo que él tenía una familia que le quería por encima de todas las cosas, y tan solo deseaba verle por el buen camino para abrazar calurosamente sus pasos.
Si bien el recuerdo de Sonia permanecía en una época donde el futuro se tornó negro a base de encierros infernales en centros de dudosa capacidad terapéutica, algo se podía extraer de él aún.
Ese deseo de prosperar como persona se aliaba con el cielo despejado que el esfuerzo de Moisés por completar su curso laboral había causado, pintando un claro futuro en el que solo debía esforzarse para poder asirlo como una realidad.
Nunca había amado como con esa mujer.
Sonia era el vivo ejemplo de lo mucho que aún podía emerger de su interior.
Y eso, seguramente, era lo que había visto el niño de Onírica antes de su desmayo.
Debía regresar allí, pensó, para dar la respuesta.
Sin embargo el miedo al rechazo eterno le paró los pies.
Si bien estaba listo para dormir más, llamó a su amigo escritor para trasladar al papel aquello que había ocurrido en los últimos tiempos, aquello que producía una dicotomía entre lo que parte de su ser quería conquistar, y el lugar donde el resto de su interior quería reposar.


PAPEL


Moisés me habla de Onírica de un modo que me despista por un momento del sentido que tiene la palabra realidad.
“El otro lado”, según dicen los niños de allí, se trata de nuestro un mundo.
Un mundo donde la imaginación se encuentra en peligro de extinción si ansías tomártela con algo de seriedad.
Sé que es un buen tipo con un corazón ansioso por encontrar su lugar en un mundo que se le presentó hostil desde buen principio.
Un mundo que lo ha condenado a adaptarse de un modo un tanto, ¿Cómo diría?, poco honrado en ocasiones.
Sin embargo el hecho de que Onírica exista, de momento, para ambos, es indicativo de que hay algo más enmarañado en toda esta trama donde una dudosa salud mental y un cuerpo que comienza a fallar se juntan.
Ese algo más tiene forma de niño verde y gracioso sombrero.
Como la hermana de Moisés trazando las líneas gráciles de un dibujo para su hermano donde se puede ver ese árbol majestuoso alrededor del cual todo es diversión, yo trato de trasladar al papel la información de un modo ordenado, en un intento de edificar la esquiva naturaleza de Onírica.
Necesito más información del niño al que allí todos parecen dirigirse.
Por momentos desconozco si me invento esta historia de lo familiar que me resulta.
Espero que pronto el pequeño Moi pueda lanzar preguntas en aquel lugar, repescando una valiosa información que habrá de curarle de todos sus males en esta vida, en “el otro lado”, donde dos senderos se separan claramente ambos con dulce final.
Uno de ellos, Onírica, se mantiene esquivo atrapado en la imaginativa mente de Moisés.
Otro, sin embargo, se dibuja claramente en forma de trabajo constante. Una armonía a su alrededor que le permita respirar algo de aire puro para unos pulmones demasiado acostumbrados al humo contaminante de una vida que le desgasta y le exige a partes iguales.
Dar con el empuje necesario en el avance hacia el sendero correcto es lo que nos espera por delante.
Hoy le preguntaré si tengo ocasión.
Le preguntaré por qué sendero le gustaría caminar, y en función de su respuesta seguiremos construyendo las bases de ese esquivo mundo o trataremos de arraigar raíces en una realidad que aunque carezca de la riqueza que atesoran nuestros sueños, no está exenta de ciertas ilusiones, ciertos objetivos, que bien podrían tener gran significado a tenor de lo que aquel niño de Onírica dijo.

Completar bien el camino en el otro lado es la única opción tangible de llegar hasta allí.


Continuará...

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domingo, 10 de mayo de 2015

Una chispa en la oscuridad



Caminando entre sombras, vagando por la oscuridad.
La vista se enturbia ante el espectáculo del ocaso de una época que lame la frontera de lo que queda atrás.
Un espectáculo ya pasajero de luces y armonía manchado por la tormenta asociada a una mente enferma. Una mente que busca su salvación, no obstante. Una mente que mira a su alrededor preguntándose si existe algún camino exento del único dolor que no sabe afrontar, el suyo propio.
Las lágrimas se agolpan mientras un nudo en la garganta crece aprisionando la garganta de un sujeto no libre de culpa, aunque desesperado ante unos pasos que debe dar hacia una misteriosa luz que se adivina en el horizonte.
El pasado y el futuro tiñen una roja melena que alberga todo cuanto él ansía.
Los tiempos de calma para un océano embravecido poco dado a las treguas.

Súbitamente el clásico chispazo que supone el pistoletazo de salida sucede.
Los cielos se iluminan con la furia de miles de relámpagos que habrán de preceder a la amenazadora naturaleza de un trueno continuo y persistente, cargado de miseria y cíclico sufrimiento.
Eso se sabe porque se ha repetido largo tiempo.
Si bien los cielos muestran claros donde el sol de un nuevo día brilla pletórico, invitando a ese temporal paraíso a una vida necesitada de luz, una vista más abierta y atemporal puede distinguir la amenaza implícita, la traición entre las traiciones, y adivinar el lamento posterior que se antoja eterno y lleno de desesperanza.

La quietud se apodera de los pasos que separan a esa persona de lo que fue y lo que debería ser. Es la primera vez que sucede.
Cual suicida se caracterizó su experiencia pasada, sin embargo ahora quiere caminar sobre un suelo construido desde buen principio con ahínco y resolución, sopesar cada paso como si fuese el último, pues ya no puede permitirse más deslices ni más errores.
Súbitamente, el chispazo se repite.
Los cielos se iluminan, se abren más y más ante él.
Pero dirige su mirada al pozo aprovechando la visibilidad del momento. Se muestra tétrico en su entrada, y se intuye que la caída es tan larga e interminable como siempre.
La invitación perenne de su interior se mantiene en pie, y ya no resulta tan fácil ponerse a volar despreocupadamente hacia la salvación pasajera.
Pues no existe como tal.

El esfuerzo por emerger de la tormenta marítima debe ser mayor y concretarse en todos los campos.
Solo así la sonrisa del llanto eterno podrá aterrizar en la comisura de unos labios acostumbrados a mentir.
Es el momento de pedir perdón.
Perdón por marchar hacia ninguna parte, perdón por sólo querer apreciar la belleza de la persona que ya se dibuja claramente en la lejanía cada vez más cercana, perdón por no poder hacer más que revolotear cual abeja entre los pétalos de una realidad que quizá nunca será.
Mientras la mente enferma trama su enésimo plan, algo la frena, algo parecido a una reacción nunca vista antes. El exilio hacia un lugar inhóspito donde aprender a cargar con la soledad de un modo razonable, donde el auxilio no exista y el ahogo avance terreno hasta estrangular con fuerza la inhalación de un aire que de no ser así acabaría por dilapidar no la vida, sino la existencia de un alma que una vez pensó que era libre.

La libertad requiere un alto precio, y esa melena roja que ondea en el horizonte se antoja, con lágrimas en los ojos, algo parecido a la primera señal.
La chispa que contiene ese ser igualmente conocido y desconocido pasará a ser una estrella más en los confusos cielos de una vida enroscada alrededor del caos.
Una estrella a la que mirar cuando el exilio pese sobre el interior.
Un destello claro que nunca se desvanecerá por muy oscuros que la tormenta tiña los cielos.
Un regalo, un nuevo obsequio del destino que no será desperdiciado ni conquistado, saboreado ni ignorado, poco querido o fruto de obsesión.
Una chispa que ahí donde antes prendería el fuego de la esperanza, ahora brillará como tal imposible de alcanzar en su lejana órbita.

Una chispa inmortal.
Una chispa a la que una sonrisa empapada en lágrimas solloza tímida.

Una chispa entre las sombras, la chispa del exilio, una chispa en la oscuridad.

domingo, 26 de abril de 2015

Completa tu muñeca V: Penny



— La lucha contra el maligno es eterna y constante. — Arthur West pronunciaba esas palabras mientras pasaba las yemas de sus dedos por las diferentes superficies de la cocina quemada.
Por su parte Tom escudriñaba cada rincón en busca de posibles pruebas pasadas por alto en el pasado, cuando investigaron el lugar.
No prestaba demasiada atención al anciano.
La energía de Penny era allí más palpable, le había comentado Arthur a Tom.
En seco el parapsicólogo, acariciando su perilla, pidió fuego al joven.
— ¿Fuego? — Tom no entendía el propósito de aquello. No obstante accedió. Fumaba de vez en cuando, de modo que tenía siempre un encendedor encima. Se lo entregó a Arthur y éste a su vez cogió su chaqueta para prenderle fuego por una de las mangas.
Tom pensó que se estaba volviendo loco.
Lo pensó, sin embargo, hasta que primero el humo, luego la llamarada, se desplazasen por la cocina en dirección a la pared más alejada, para comenzar a hacer círculos en ella.
Un extraño ruido, muy desagradable, comenzó a inundar la estancia causando que Arthur tuviese que gritar para hacerse oír.
— ¿Lo ves, Tom? ¡Dame parte de tu ropa! — Reunieron jerseys, chaquetas y calcetines suficientes como para que el círculo creciese revelando en su interior una llanura en llamas. El paisaje era desolador.
Mientras Arthur parecía controlar el movimiento circular de las llamas, el ruido se había tornado tan intenso que ya solo podían hacerse oír a voz en grito.
— ¡Penny se encuentra tras el umbral! ¿Estás resuelto a rescatarla? — Arthur no paraba de mirar a Tom, esperando una respuesta. Éste asintió enérgicamente. — ¡Escucha, mi viaje acaba aquí! — Los ojos de Arthur parecieron humedecerse. — ¡Entra ahí, sálvala, por lo que más quieras!
Tom se puso enfrente del círculo que daba acceso a ese lugar desconocido.
— ¡Ahora! — Al escuchar el grito de su compañero, supo que era el momento de decidir. Una misteriosa sensación de que Penny se encontraba allí hizo que saltase cayendo sobre un suelo muy caliente y, al girarse, comprobó que no iba a haber modo alguno de regresar. 
El portal se había cerrado.

Matthew bajaba dificultosamente de su coche para dirigirse a la única bodega de Greenroys. Le conocían bien, más aún tras los últimos tiempos en los que el antiguo inspector se había lanzado de pleno al alcohol.
Se encontraba algo ebrio, pero no lo suficiente como para obviar que, avanzando en dirección sur por la estrecha calle en la que ahora se encontraba, lo que quedaba de la tienda de muñecas seguía en pie amartillando los dolorosos recuerdos del pasado en su cabeza.
Decidió escaparse demorándose un poco para echar un último vistazo.
Casi por instinto.
Así fue como Arthur West conoció al padre de Tom McConelly.
— ¿Quién es usted? — Matthew lanzó la pregunta cuando, dispuesto a abrir la puerta de la tienda, descubrió para su sorpresa que un desconocido salía de ella con la cara y las manos llenas de hollín.
Arthur no lo reconoció en primera instancia, tal era el lamentable estado en el que se encontraba Matthew.
— Mi nombre es Arthur West, y he estado aquí para ayudar a un amigo en su cometido. — Matthew lo cogió rápidamente por el pecho y lo empotró contra la puerta de la tienda, que tembló y crujió. 
— ¡No me venga con acertijos! ¡Dígame inmediatamente de quién se trata! — Matthew se encontraba tan cerca de Arhtur, al que perforaba con la mirada, que por fin el anciano al contemplar esos ojos cayó en la cuenta de quién debía ser ese individuo.
— Tom ha ido a rescatar a Penny. — Matthew aflojó el agarre y, soltándolo lentamente, dio unos pasos atrás balbuceando algo ininteligible. 
— Se lo explicaré mucho mejor en algún lugar tranquilo, ¿Conoce usted de algún…? — Matthew, no obstante, maldiciendo y escupiendo, se marchó cuesta arriba en dirección a la bodega.
En el silencio que reinó a continuación, Arthur meditó acerca de ese encuentro. << Has hecho un buen trabajo… >> Dijo para sus adentros triste y alicaído, tratando de imaginar el horror por el que ese hombre había debido pasar, y poniendo toda su preocupación en una madre que, si no recordaba mal, vivía aún recluida en algún centro psiquiátrico.
Raudo, siguió a Matthew, para tratar de hacerle entrar en razón.

Tom avanzaba lentamente por el camino que conducía a no sabía muy bien dónde. 
A sus lados, llamaradas y cámaras de tortura que contenían a todo tipo de sujetos cuyo destino no había sido demasiado generoso con ellos, de las cuales emergían los más horribles lamentos que Tom jamás imaginó, llenaban la vista allí donde la pusiese.
Finalmente lo vio, en la cima de la cuesta final del sendero, un trono de oro sobre el que se sentaba un ser de horripilante aspecto, ocultaba tras un primer vistazo lo más relevante del asunto.
Primero, que el dependiente de la tienda se encontraba en pie, a la derecha de la criatura, sonriendo ante la llegada de Tom. 
Segundo, que Penny se encontraba en el suelo jugando con una muñeca, de nombre Sui como creía recordar Tom, luciendo el mismo aspecto del fatídico día tormentoso en que desapareció.
Tom gritó su nombre, pero tras una vencida mirada de la pequeña, ésta volvió a sus asuntos sin reparar más en la presencia de su antiguo amigo.
— ¡Soy Tom! ¿Penny? — Tom lo intentaba una y otra vez. Súbitamente una amarga risa lo interrumpió.
— No puede reconocerte, Tom, llevamos aquí, esperándote, mucho, mucho tiempo.
Penny parecía no presentar ninguna herida de gravedad.
— Ahora que estás aquí, déjame que te muestre lo que verdaderamente ocurrió con tu padre y… — Tom interrumpió al dependiente, diciendo a todo pulmón que su padre simplemente era un borracho que nada tenía que ver con él. El resultado, más risas, cómplices esta vez entre la criatura aposentada en el trono y el propio dependiente.
— ¿Crees que el secuestro de Penny es todo cuanto hice? Quebrantar la mente de su madre no fue difícil, tu padre en cambio resultó algo más complicado…
— ¿De qué me estás hablando? — La impaciencia comenzaba a apoderarse del joven.
— De que, quitando el crédito a los vínculos de la víctima, redondeas el trabajo. 
Por vez primera Tom contempló la posibilidad de que su padre no enloqueciese a cada borrachera, sino que lo que fuese que hubiese en la cocina junto a él fuese de algún modo real.
— Eres la verdadera ofrenda, Tom, tu resolución no pasa desapercibida para mi Señor.
Tom tragó saliva víctima de un súbito golpe de miedo. 
Era como si la lengua que asomaba entre las fauces de aquel ser le estuviese recorriendo la garganta al mismo tiempo que guardando la distancia que les separaba.
Era como si el rugido que emergía grave y apenas audible de su garganta llenase aquel lugar de sus lúgubres intenciones.
Como si la mirada llena de putrefacto odio se clavase en algo más que el ser llamado Tom, como si de algún modo pudiese ver algo más en ese cuerpo, algo invisible y de un incalculable valor para él.
La voz del dependiente sacó a Tom del estupor.
— ¿Cambiarías tu alma por la de Penny?

— ¿De qué me hablas, Arthur, de demonios y almas? ¿Crees en serio que me voy a tragar todo eso? — Matthew había accedido a acompañar a Arthur a un sitio apartado y tranquilo, de modo que lo había llevado a los acantilados costeros que con tanta frecuencia solía visitar no hacía demasiado tiempo.
Un agradable viento mecía sus cabellos y ropajes, mientras Arthur trataba de explicar al padre de Tom en qué se había metido su hijo.
— La tienda de muñecas es solo el reclamo, Matthew. Los esbirros que las abren obedecen a un Señor mucho más antiguo y maligno cuyo objetivo son las almas de sus víctimas. Cuanto mayor es su fuerza y su aplomo, más deseadas son por Él.
Pasaron horas antes de que Matthew lanzase la última de las piedras acantilado bajo, hacia el lejano nivel del mar.
Había recapacitado lo suficiente.
Arthur le había convencido de que sus experiencias con la aparición de su ex-mujer no correspondían a una mente enloquecida. Y lo más importante, que tampoco correspondían a su ex-mujer.
Cuanto más pensaba Matthew en el dependiente más de odio se llenaba, una ira irrefrenable que acababa topando con la visión de su hijo, en un lugar desconocido, cerca de él.
Las lágrimas brotaron de sus ojos cuando la impotencia llegó.
— ¿Por qué, Arthur? ¿Por qué has enviado allí a Tom?
Pero ambos conocían la respuesta.
Penny sufría. Y todos lo hacían a su modo con Penny. Carol desde el centro mental, Matthew desde su adicción al alcohol y Tom… Tom había basado su vida en evitar que aquello sucediese de nuevo, sin olvidar que arrastraba la pesada carga del pasado allí donde fuese.
— Tom tiene la fuerza necesaria para cambiar esta rueda de acontecimientos, Matthew. — Arthur apoyó su mano en el hombro del padre de su amigo, para perder juntos la vista en un horizonte mientras sus cabezas hervían de la cantidad de pensamientos que las golpeaban sin tregua.

— ¿Aceptas el trato? — El dependiente instigaba a Tom a responder rápidamente.
La criatura, el que iba a ser su Señor de aceptar la oferta, alzó su mano para desvelar como su uña crecía lenta pero paulatinamente. Al mismo tiempo Penny apartó su rubia melena hacia un costado, dejando a la vista la suave piel de su cuello, a la que a no mucho tardar llegaría aquella espantosa uña, que con un seco movimiento podría… Podría…
— Acepto. Liberadla.
Por vez primera el ser del trono pareció sonreír, mostrando parte de unas terribles fauces mientas su uña seguía avanzando en dirección al cuello de Penny.
— ¡He dicho que acepto! — El pulso de Tom se aceleraba.
El dependiente rió, una vez más.
— Aceptaste nada más acudir a este lugar. Ya puedes despedirte de…
En ese momento el oscuro cielo del paraje en llamas pareció abrirse revelando una luz que hizo emitir un sonoro y agudo chillido a la criatura del trono.
Todos alzaron la mirada, excepto Penny, que se había mostrado como hipnotizada desde el comienzo.
Una criatura alada, de blanca piel y larga melena, aterrizó al lado de Tom colocando la mano en su hombro. Su voz era grave, pero agradable.
— Aún no, Tom. Pero algún día también podrás venir conmigo.
Avanzó hasta la pequeña niña obligando al ser a retroceder su brazo para apartar la uña de la zona donde iba a cortar, mientras el dependiente tensaba de modo evidente sus músculos.
— Te he dejado el listón bien alto. — Dijo tras una pausa el dependiente en dirección a Tom, pues la visión de su rostro quedaba ya tapada por las pobladas alas blancas de aquel individuo que había acabado de llegar y, con Penny en brazos, se disponía a partir.
Una explosión de sangre y hueso precedió al rápido ascenso, en el cual Penny pareció reconocer por fin a Tom, formando una expresión en su rostro donde el horror y la pena se daban la mano junto con la alegría y la esperanza.

Era un día soleado para los habitantes de Greenroys.
Matthew McConelly y su mujer se dirigían a una acampada de fin de semana en los bosques que rodeaban el norte del poblado.
Cantando la música que sonaba del aparato de radio, cruzaban fugazmente sus miradas enamorados tras años de relación.
Celebraban que les iban a dar una niña en adopción.
En dirección contraria, rumbo al poblado tras una mañana de excursión, Carol Swanton y su hija Penny, una niña de pelo rubio y ojos verdes, reían y disfrutaban de lo que quedaba del viaje que había servido para que uniesen más si cabía lo lazos entre ellas.
Cuando los coches se cruzaron en la carretera, el nombre de Tom pasó fugazmente por la mente de todos ellos.
Por su corazón, más bien.
Unos instantes de respetuoso silencio sirvieron para que un ser quemado con la mirada atenta y encendida entrecerrase los ojos.
— ¿Estás listo para abrir la tienda, Tom?

En la oscuridad, iluminada a lo lejos por las llamaradas de las cámaras de tortura, un gesto de asentimiento bastó para que su Señor pusiese en marcha su nuevo plan.


Fin de Completa tu muñeca

Para leer el capítulo anterior clicka aquí

viernes, 24 de abril de 2015

Madrina del blog



Una aventura en tu bolsillo, de Cova y Laura, será de ahora en adelante la madrina de Relatos del País de Nunca Jamás.

Estas dos amigas aficionadas a escribir en fanfictions y espacios como jovenjuglar decidieron crear su blog ya que, incluso en épocas donde se encontrasen muy ocupadas, podrían tenerlo actualizado entre ambas.

En este momento se encuentran en pleno despegue, y ya cuentan con un buen número de seguidores para su blog.

Luce genial y dispone de múltiples secciones:

  • Reseñas: Reseñas de libros clasificadas por las categorías infantil, juvenil y adulto.
  • Artículos: Desde tatuajes literarios hasta homenajes a escritores, pasando por un largo etc...
  • Frases de libros: Cada jueves, siete nuevas frases de diferentes libros.
  • Viernes del cuento: Algunos viernes, un cuento corto sobre el que meditar.
  • English stories: Una selección de lectura en inglés para pulir su aprendizaje.
  • Cine literario: Libros de los cuales se ha realizado adaptación cinematográfica.
Además podemos encontrar una entrevista a su antigua madrina, una sección de noticias y algunas sorpresas más.

Como podéis comprobar, se trata de un lugar para pasar un rato estupendo.

¡Un saludo!

lunes, 20 de abril de 2015

Completa tu muñeca IV: Fantasma



Cinco años habían pasado de la llamada tormenta del siglo.
Tom cargaba con su mochila en dirección a su nueva universidad, después de todos esos años atrapado en un orfanato tras perder su padre, primero el trabajo, luego la custodia.
El joven recordaba que las últimas noches Matthew incluso llegaba a estrellar de modo muy agresivo su copa hacia algo que solo él podía ver.
Consumido por la ira, Tom no quiso desde que pisó su nuevo hogar tener contacto alguno con el borracho de su padre, y así fue hasta que una familia se fijó en él y lo adoptó hacía apenas un año.
Los estudios le iban bien, y eso fue un factor determinante que le hacía destacar sobre el resto de sus compañeros.
Los Caine, una anciana pareja con mucho dinero pero claramente vacíos por dentro tras la muerte de su único hijo en un accidente de coche, iban a ser su nueva familia de ahora en adelante.
Caminando hacia las puertas de la universidad, Tom analizaba al resto de estudiantes con ojo clínico.
Muchas risas en lo que iba a ser el primer día de la carrera de criminología, un contraste que Tom encontraba algo estúpido y de mal gusto.
Se informó de dónde se encontraba el aula a la que tenía que acudir para su primera clase en una aventura que habría de llevarle, algún día, a convertirse en inspector de policía. De homicidios, en particular.
El incendio de la tienda de muñecas, con el paso de los años, se antojó para Tom un acto de suma irresponsabilidad e igual estupidez, puesto que aquel escenario bien podría haber sido sujeto de análisis y estudio en un futuro en el que todo rastro de Penny se perdió.
No había día, no había noche, en las que Tom no sintiese la punzante sensación de que su amiga de infancia estaba a su cargo ese tormentoso día.
Eso había motivado en gran medida sus pasos hasta conducirle hasta ese día en que habría de caminar firme hasta su incorporación en el cuerpo de policía encargado de los homicidios.
Para no permitir que Greenroys volviese a pasar por algo así, concretamente. 
Ocuparía la responsabilidad que debió ser de su padre antes de que éste cayese en el alcohol.
Regresaría formado ya como adulto a su pueblo natal, y callaría las bocas de todos aquellos que pensasen que algo de su padre podría anidar en él.
En clase Tom escogió un sitio en las primeras filas, sentándose al final del todo. 
No estaba allí para hacer amigos.
No obstante, una chica de pelo rubio se le acercó para hablarle.
— ¿Puedo sentarme a tu lado? — Le dijo.
La mirada que Tom le devolvió para que la chica buscase otra pareja de baile.
El recuerdo de los días en los que Penny le invitaba silenciosamente a sentarse a su lado golpeaba como un martillo su cabeza, confundiéndole y sacando lo peor de él cada vez que la silueta de ese dependiente lleno de cicatrices por quemaduras aparecía en su recuerdo.

El que un día fue inspector, un Matthew McConelly ahora desfigurado y encorvado por una larga temporada bebiendo en demasía, presentó una vez más su lamentable aspecto, sin duchar ni afeitar y con unas ojeras enfermizas, a su querida Carol Swanton.
En el psiquiátrico de la ciudad, dos enfermeras cruzaron una puerta agarrando con sus brazos los de Carol, que apenas movía las piernas para caminar.
De su boca caía un riego de saliva casi constante fruto, le contaban, de la fuerte medicación que recibía. Y es que sin ella Carol parecía enloquecer más si cabía en su habitación, gritando mientras se autolesionaba cada noche que había pasado sin estar sumamente sedada.
Pasó un buen rato desde que la sentaron frente a Matthew en la parte exterior de la sala de visitas y la mirada de Carol pasó de estar perdida a fijarse vagamente en la de Matthew.
— Ma… Thw… — Más saliva que lentamente la otrora atractiva mujer se secó con la manga de su manchado albornoz mientras sonreía emitiendo un sonido al que Matthew nunca llegaba a acostumbrarse.
Se encendió un cigarrillo mientras palmeaba la mano de Carol, y el tiempo transcurrió mientras trataba de decir algo que no la alterase demasiado. Ese era el consejo médico.
Exhalando una nube de humo le preguntó:
— ¿Cómo se encuentra hoy, Carol?
La mujer no respondió. Debía probar con otra cosa. La cabeza y el cuerpo comenzaban a acusar la falta de alcohol. No podría permanecer allí por mucho tiempo.
— ¿Ha pasado buena noche? — Carol tuvo que repetir palabra por palabra, lenta y pausadamente, la pregunta para entenderla.
Repitió la palabra final, varias veces.
— Noche… — Los ojos parecieron enfocar mejor el suelo donde posaban su mirada. — Noche… — Ahora se fijaron de repente en Matthew, muy abiertos. — ¡Penny! — Súbitamente Carol se echó las manos a la cabeza y comenzó a chillar mientras sacudía su cuerpo atrás y adelante.
Matthew no lograba comprender que le ocurría.
Rápidamente unos celadores salieron junto a una enfermera que le inyectó algo para que Carol regresase al mismo estado con el que había salido de los pasillos internos del psiquiátrico.
Los celadores se disculparon ante Matthew, para a continuación invitarle a irse mientras se llevaban a Carol de nuevo hacia dentro.
Matthew apuró su cigarrillo y lanzó la colilla a uno de los ceniceros pese a que por el número de las que había tiradas en el suelo parecían indicar que todo aquello era una inmensa papelera.
Raudo, partió hacia su coche, donde su petaca de whisky le esperaba para paliar el dolor que se le antojaba insufrible.
Sus manos temblaban.

Cuando la noche llegó Carol se encontraba atada a su cama.
Eran tantas las noches que pasaba así que podrían sumarse y obtener más cantidad que las noches en las que podía deambular como una fantasma por los pasillos de su planta hasta que era vista por algún vigilante.
Una sensación de inseguridad la recorría por dentro mientras se movía, incómoda, destapándose justo antes de empezar a gemir y a llorar desordenadamente. 
De repente miró su reloj.
Eran las seis menos cinco de la madrugada y pese a su gran cansancio que rozaba el agotamiento, todo parecía ser más nítido, más claro que nunca.
La puerta de la habitación permanecía abierta apenas un palmo.
Lo suficiente como para que el rostro sonriente y parte de la silueta de una joven de verdes ojos y rubia melena apareciese súbitamente para escudriñarla con la mirada.
Estaba mellada. 
Carol reconocería a Penny en cualquier situación, y al intentar gritar como cada noche, esta vez, descubrió que sus intentos se ahogaban antes incluso de tomar forma de sonido.
Tan solo un tímido lamento emergía de su garganta mientras inútilmente trataba de liberarse de sus ataduras.
De modo que le pidió a esos macabros ojos que se fueran, que dejasen de mirarla.
Cuanto más lo pedía más severa se volvía la mirada y más crecía la perenne sonrisa.
En lo más profundo de esa mirada anidaba una terrible oscuridad, en el centro de la cual unos puntos brillantes desconcertaban sobremanera a la torturada mujer.
Finalmente, la joven se fue.
En ese instante Carol abrió los ojos.
Había estado soñando.
No obstante, al mirar su reloj, éste marcaba las seis.
Gritó y gritó, ahora sí con éxito, pero nadie acudió a ver qué ocurría.
Quedaba una hora para la ducha matutina, y Carol se quedó callada mirando el techo de su fría habitación, contando cada segundo, cada minuto, para que el nuevo día le trajese una medicación que la sedase lo suficiente con tal de acercarla un poco más a su ansiada muerte, allí donde Penny la esperaría.
Matthew despertó con la primera luz del nuevo día, tirado un suelo de la cocina lleno de cristales rotos, fruto del resultado de las noches tortuosas con su mujer tras las cuales había desistido incluso de barrer mínimamente.
Finalmente había dado con la manera de no enfrentarse a aquello.
Emborracharse hasta caer desmayado.
Cualquier pesadilla que le esperase siempre era mejor que una velada con aquel fantasma lleno de recuerdos dolorosos que ya logró acercar su mente más hacia el psiquiátrico que a otro lugar.

Los años de universidad pasaron rápidos para Tom.
Tenía en mente la idea fija de sacárselos con la mayor celeridad y mejor nota posibles, de cara a presentarse a las oposiciones para inspector de homicidios e iniciar lo que consideraba su cometido tras su experiencia aquel fatídico día de la gran tormenta.
No debió salir nunca de aquella tienda, pensaba una y otra vez siempre que recordaba como de modo estúpido corrió a pedir ayuda en lugar de convencer a Penny de irse junto a él.
Sus padres adoptivos le habían pagado un piso cerca de la universidad, y esa tarde Tom McConelly decidió ir a comprar un regalo especial para ellos.
Caminando por el centro de la ciudad, decidió ahorrar tiempo cruzando un bello parque donde el otoño invitaba a tantos y tantos a perderse entre un mar de hojas caídas, en una melancólica estampa que sin embargo llenaba a Tom de una triste esperanza.
Ensimismado en sus pensamientos se encontraba cuando escuchó a una grave voz dirigirse aparentemente a él.
— Arrastras una pesada carga.
La voz provenía de su espalda, y al girarse vio a un anciano trajeado, de blanca perilla bien cuidada, sentado en un banco ubicado justo antes del pequeño puente que Tom cruzaba para sortear un pequeño lago artificial.
— ¿Cómo dice? — Tom lo pensó mejor. — Es cierto, mi mochila está llena de libros.
La risa amarga del anciano dio paso a una mirada amable.
— Esa niña que te acompaña, ¿Quién es? — Tom dio un brinco ante la sorpresa. Se acercó al banco donde se encontraba el anciano. Parecía un buen tipo más que un desequilibrado.
— ¿Quién es usted? — Inquirió Tom tratando de mantener la calma.
— Puedes tutearme. Mi nombre es Arthur, Arthur West. — Tom le dio la mano, invitándole a continuar. — No creas que veo a una niña a tu lado, Tom. Se trata más bien de que tu energía va asociada a otra mucho más débil que no te pertenece. Una energía que clama a gritos ser vista desde hace mucho tiempo.
Tom relajó sus músculos, el anciano parecía confiado acerca de las locuras que estaba diciendo.
— Arthur, ¿Qué necesitas? tengo algo de prisa.
El anciano se puso en pie dando un brinco. No parecía tener una edad tan avanzada. Cerró los ojos y puso su mano sobre el corazón de Tom. Éste lo miraba perplejo, no tanto como quedaría tras escuchar lo que Arthur West iba a decir a continuación.
— ¿Quién es Penny? — Tom abrió los ojos de par en par.
— ¿Es esto una broma pesada? — La mirada de Tom ardía de ira ante aquello.
— Puedo ayudarte, eh… 
— Tom, Tom McConelly. — Arthur asintió algo alicaído tras escuchar el nombre de aquel joven.
— Recuerdo ese apellido, no el lugar pero se que lo leí asociado a la desaparición de una niña hace años. ¿Es esa niña Penny? — Tom exhaló un largo suspiro, mientras Arthur insistió en que lo acompañase a su despacho para contárselo todo.

Tanto Arthur como Tom habían quedado sorprendidos por lo que había dicho cada uno.
Arthur West había resultado ser un reputado parapsicólogo cuya nómada vida lo había llevado a la ciudad donde Tom estudiaba, mientras que los datos que Tom no acababa de unir fueron analizados entre ambos desde un enfoque que el joven jamás creyó válido. 
Pero no perdía nada por probar.
Las quemaduras del dependiente bien podrían haber sido provocadas por el incendio que causó su padre, Matthew, más tarde en una especie de paradoja temporal.
Pero Arthur fue más allá. 
Quiso ir en persona a lo que quedase de la tienda de muñecas, si es que todavía permanecía precintado como prueba de un posible crimen.
Ya en Greenroys, la extraña pareja avanzaba en dirección a la estrecha calle que aún tantas pesadillas reportaba a Tom.
En seco el joven alzó su brazo en dirección al final de la calle, revelando un letrero donde aún se podía leer con algo de esfuerzo “Completa tu muñeca”.
Arthur palmeó con fuerza y se frotó las manos.

— ¿Bueno, a qué estamos esperando? — Dijo mientras Tom se acercaba a la puerta de la tienda.


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