miércoles, 14 de mayo de 2014

La soledad: Paraíso o infierno



El vacío existencial es la arma más peligrosa y efectiva de la que goza la soledad. Juega con ella en una especie de combate de esgrima con nuestra alma.
Quienes logran vencer dicho combate disfrutan de una soledad plácida y placentera, en la que consigo mismos danzan al ritmo que marca la vida.
Otros, en cambio, sucumben al pozo que conduce al gran abismo. En esa caída por el túnel del vacío existencial, sueñan en el oscuro pozo con que las drogas o la fe podrán rescatarlos de tal situación de emergencia. Algunos son rescatados. Otros en cambio, agotan su tiempo en el pozo para caer totalmente a la deriva por el gran abismo, ése que una vez te traga rara vez te deja ir y, de hacerlo, lo hace habiéndote herido casi mortalmente para que te arrastres en vida.

Escribo estas líneas desde el segundo punto de vista. Desde que nací que la soledad representa un infierno para mi. Hace tiempo que la oscuridad me tragó y que caí por el pozo que conduce al abismo.
Ahora, años después, parece que las tenues luces de algunos farolillos generosos me indican el camino de vuelta a la realidad, para que desde ella pueda hacer de mi infierno un paraíso, como tantas otras personas logran hacer día a día.
El lento caminar por los senderos de la vida lo hace uno mismo en soledad, siendo acompañado, en ocasiones escuetamente y en otras de modo más longevo por compañeros de viaje.
Una esposa o un marido, una novia o un novio, una hija o un hijo, son regalos de la vida que complementan nuestra soledad como armas vengativas a la del vacío existencial. Escudos más bien, para resistir las duras y constantes acometidas de una soledad que no descansa ni duerme, ni tiene necesidad alguna de cesar en su empeño de materializarse en nuestro interior, haciéndose notar para bien o para mal.

En un mundo hiperpoblado, resulta curioso que haya espacio para Soledad. Inicio su escritura en mayúscula porqué, así como los seres humanos podemos personificar nuestra resolución, nuestra rectitud, nuestra consciencia, esperanza o ilusión, nuestra cobardía o nuestra temeridad, del mismo modo podemos personificar a Soledad para poder hablar con ella y saber qué nos tiene preparado en todo momento.

--- ¿Qué te angustia? --- Preguntó en ese momento Soledad.
--- Estar contigo. --- Respondí sin vacilación.
--- Pero si yo no existo... --- Respondió algo atónita Soledad.
--- ¿Entonces de donde nace mi vacío existencial, mi ausencia de aplomo? --- Tanteé.
--- No entiendo esas cuestiones, basta con que te mires al espejo para despejar muchas de tus dudas. --- Soledad parecía muy convencida en ese último punto.

Y así hice, me planté delante de un espejo y contemplé mi rostro, mi cuerpo y mis ojos. Lo hice de un modo analítico, y cual fue mi sorpresa al comprender que tenía ante mi al reflejo de Soledad. Que cada ser vivo, en su reflejo, es su propia Soledad. Nos acompaña hasta tal punto que mora en algún punto de nuestra misteriosa mirada, naciendo toda su esencia de nuestro interior.
Volví a preguntarme acerca del vacío existencial, de cómo había llegado a causar tanta mella en mi, de cómo había estado a la deriva en el gran abismo, y llegué a la conclusión de que solo Soledad había estado en realidad constantemente a mi lado. Es decir, que solo me había tenido a mi mismo, sin saberlo, durante mucho tiempo.

Aprender a quererse, querer cuidarse, cuidar de uno mismo parecían ser ahora los pilares de ese personaje imaginario llamado Soledad. Nunca había sido la enemiga.
El verdadero enemigo somos nosotros mismos, que con nuestros tambaleos y flaquezas abrimos las compuertas de la tristeza y la melancolía, y es cruzando ese umbral que accedemos al negro pozo que conduce al abismo.

La soledad puede ser infierno o paraíso. Sabiendo eso... ¿Quién quiere arder entre las llamaradas de su ira y su frustración habiendo elección?

Si hay elección, elijo el paraíso de una soledad que, siendo el reflejo de mismo, aún le queda mucho por limpiar, mucho por pulir y mucho por moldear.



lunes, 12 de mayo de 2014

Una canción y una fotografía



A la deriva en un océano de sensaciones,
con un rumbo fijo que apunta siempre al norte.
El norte donde se encuentra el bienestar,
donde se hallan la paz y el consuelo,
lejos de las furiosas olas de la desesperanza,
cerca del calor del saber ser y el saber estar.

A la deriva en un océano de contradicciones,
con un rumbo fijo que apunta siempre al norte.
El norte donde las dolencias se curan,
donde las enfermedades se estabilizan,
un lugar lejano al dolor implícito a la vida,
al que llegar mientras las heridas supuran.

Supuran dolor y sangre de un horrible pasado,
un pasado cargado de ira y desconsuelo,
plagado de soledad y gélido malestar,
formando todas y cada una de las olas del mar,
que arremete con furia con su oleaje maléfico,
al barco de Anabel que se dirige al norte.
A la deriva, pero sin perder un instante su radar.

Un radar destinado a ser compartido con los demás,
condenado a ser calibrado a diario en soledad,
una preciosa brújula de plateado cristal,
un tesoro en un mar de inmundicia y podredumbre,
destinado a salvar a cuantos sea posible,
del furioso océano, lejos hacia el norte, sin olas de sal.

A la deriva en un océano de demonios,
con un rumbo fijo que apunta siempre al norte.
Un destino casi angelical donde el sol siempre sale,
radiante y espléndido, perfecto y cálido,
eliminando las sombras y los males,
suprimiendo a las criaturas que se aferran a nosotros,

acercándonos siempre un poco más al norte.




La fuerza de Olga es su debilidad. 
Es en esos momentos donde todo flaquea y parece desfallecer, cuando un chispazo de vitalidad se produce en su interior.
Emerge del abismo que parece invitarla a tragársela con todas las de la ley, y vuela libre de nuevo riéndose de sí misma y de la desgracia que, por enésima vez, ha logrado eludir.
Pero hay momentos en los que Olga no puede más. Necesita apoyo y cariño, comprensión y calor, pues su chispa interior en ocasiones queda empapada por una misteriosa lluvia de melancolía que le impide retomar el vuelo comportándose como ella sabe que realmente es.

Es en esos momentos donde me gustaría estar a mi. Es en esos momentos donde más tranquilo estoy pues se de buena tinta que está rodeada de las personas adecuadas que saben ver cuándo esos momentos puntuales hacen acto de presencia. 
Todo empieza con el lento crepitar de unas gotas de tristeza contra la mojada tierra de su fértil interior, para verse éstas incrementadas con el paso del tiempo haciendo que Olga busque refugio, débil y friolera, para encender su hoguera y  salvarse de un fatal destino. En muchas ocasiones lo logra con soltura, efectuando el chispazo interior que la catapulta hacia los cielos de su felicidad, en cambio en otras...
En otras la lluvia se torna en tormenta, y no existe refugio que no sea golpeado por una incesante lluvia de amargo vacío.

Es en esos momentos cuando ella necesita ayuda.
Es en esos momentos cuando sus lágrimas harían llorar a todo un planeta.
Es en esos momentos cuando Olga muestra sus dos caras, su contradicción, una impresionante mujer capaz de surcar los cielos de la felicidad y al mismo tiempo una joven asustada ante una tormenta que arremete con furia contra ella y su mundo.
Es, en ese instante, cuando la amas más que nunca por lo que es y lo que representa.

La fuerza de Olga es su debilidad.
De ahí sacó sus alas, que tantos y tantos días podemos ver surcando los cielos que con tanto anhelo deseamos tocar.

domingo, 11 de mayo de 2014

Astral: Segundas y terceras voces




Betheos siempre dio por supuesto que los soles se comunicaban entre ellos forjando algún tipo de sistema dictatorial en la aparente anarquía universal.
No fue hasta su primer y único grito que se percató de la terrible y sobrecogedora verdad. No existía ninguna estrella consciente hasta ese mismo instante. Las voces que comenzaron a llegarle a través de la inconmensurable distancia no eran más que furiosas voces llenas de ira contenida, con lo cual no le costó demasiado deducir que se trataban de voces de soles recién despertados.
Con el tiempo los dos soles del sistema de Betheos, lleno de todos los satélites de la fallida Astral fundada por sus antiguos habitantes, fueron consumiendo su energía hasta convertirse en enanas blancas, estrellas de menor tamaño cuyo destino estaba claro: La inevitable explosión en supernovas que destruiría a Betheos para siempre jamás.
Como primera voz, éste conjuró a las segundas voces conformadas por varios de los soles más impresionantes del universo a resucitarle en un futuro incierto, y trazaron un plan.
Para ello sería necesaria la colaboración con una tercera fuente de voces, que estaría formada por todos los planetas habitables que, a su vez, se comunicarían con sus especies inteligentes para generar lo único que podría devolver a Betheos a la vida.

Finalmente la supernova se produjo, y el estallido de las dos enanas blancas que un día fueron los soles del sistema de Betheos produjo la más grande explosión luminosa jamás vista, para extinguirse tras varios años para siempre.
El plan era desplazarse hacia el lugar donde una vez se encontró Betheos para producir allí un agujero negro que desplazase toda la materia existente e inexistente a otro universo donde Betheos pudiese volver a latir en su propio sistema de soles.
El resto de soles respetaban a Betheos puesto que, a parte de despertarles, quedaba claro que había sido la primera gigante roja de la historia del universo, esto es una estrella que se ve obligada en cierto punto de su existencia a aumentar su tamaño y temperatura para así garantizarse continuidad.

Así fue como los soles obligaron a ponerse manos a la obra a los planetas habitables, creando éstos vida y aguardando a que su evolución e inteligencia alcanzase cotas lo suficientemente maduras como para comunicarse con ellos tal y como una vez hizo Betheos con su poblado de seres duros como el hierro. Cuando esa comunicación se producía, los enigmas del alma del ser vivo se veían aplacados, las religiones abolidas, y solo quedaba pues un mito, un mandamiento, que era desarrollar una flota lo suficientemente magna como para plantarse en el remoto punto del universo donde se encontraba Betheos para generar allí el agujero negro.
Era una misión suicida, pero los habitantes de los planetas sentían tal fe por ellos que no les importaba el precio a pagar.
Quedaba, pues, el momento de poner en común acuerdo a diferentes especies para que conformasen una alianza sólida para llevar a cabo el plan. Los planetas daban pistas, guiados por las voces de sus soles, emitiendo señales tecnológicas a través del espacio para ver si alguna especie las interceptaba asumiendo así la existencia de vida inteligente más allá de la suya, y el sistema funcionaba. Iban al encuentro los unos de los otros, creaban lenguas comunes, y aunque a veces el precio a pagar fuese algún tipo de guerra, el mero comunicado de la vigilancia de los soles ya serenaba los ánimos.
Cabe decir que se trataba de especies muy evolucionadas, de modo que podían hablar telepáticamente con su planeta sin apenas problema alguno.

Lejos de todo, apartado, un planeta llamado Tierra observaba atentamente el universo tratando de comprenderlo antes de lanzarse a él. No lo sabían, pero en su evolución se hallaba el secreto que todos buscaban con anhelo. La formación de agujeros negros estaría lista en unos miles de años, si es que la especie dominante lograba evolucionar y comunicarse con su planeta a tiempo.


La pregunta que quedaba era: ¿A dónde iría a parar el espíritu de Betheos una vez cruzase lo que fue su materia el agujero negro?


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sábado, 10 de mayo de 2014

Astral: La primera voz




Cuando Betheos despertó, a todo el mundo le pilló por sorpresa.
El planeta se comunicaba con sus especies, dando órdenes de como debían coexistir para un futuro mejor para ambos.
Betheos es un planeta volcánico, gigantesco en comparación a los que solemos conocer en nuestra galaxia, y sus habitantes eran duros como el hierro.
No fue, no obstante, suficiente la característica como para que no se arrodillasen ante su nuevo, único y verdadero Dios, que era Betheos, la tierra que pisaban, las montañas que contemplaban, los volcanes que los castigaban.
Betheos prosperó siguiendo todos las indicaciones de éste, y llegó a convertirse en un imperio llamado Astral, pues sus habitantes controlaron el dominio de los cielos estelares y colonizaron a todo el sistema solar de doble sol.
El dominio de Astral duraba bajo las órdenes de Betheos, el primer planeta al que se le recuerda despertar en consciencia. Sabía cuando debían colonizar y cuando cuidar, cuando sembrar y cuando destruir.
Así pasaron miles de millones de años, con Betheos viendo como se erguía en su superficie todo un sistema de templos con los que los poco longevos habitantes pretendían demostrarle su lealtad absoluta.
Pero Betheos tenía otros planes. Le aburría su existencia, atrapado en la misma vorágine existencial cíclica que ya se sabía de memoria. Los habitantes celebrando los ciclos mediante los cuales Betheos giraba alrededor de los dos soles, adorándole sin faltarle al respeto, pero sin comprender el verdadero enigma de su planeta, su enigmática soledad.
Betheos pensó que, si había logrado comunicarse con sus habitantes y sus especies, también de un modo parecido podría comunicarse con otros planetas en su misma o parecida situación. De ese modo pasó a centrarse en el espacio exterior, olvidando lenta pero inexorablemente a su propio destino y su propio sistema.

Tanto lo olvidó, que en su furia por no obtener respuesta del universo exterior, calcinó toda la superficie de su planeta en una apocalíptica sucesión de erupciones volcánicas a la que ni siquiera prestó atención.
Así quedó Betheos, solo y a la espera, cubierto de lava, enfurecido y danzando alrededor de sus dos soles, aguardando el momento en que algún planeta despertase y tomase consciencia de sí mismo.
Tanto esperó que una lluvia ácida comenzó a peinar su superficie, pues conformaban sus lágrimas de soledad que a su paso extinguían todo atisbo de vida posible.
Cuando las tormentas hubieron pasado, Betheos era una horrible caricatura de sí mismo, no quedaba ni rastro de Astral salvo flotantes artefactos en órbita por el sistema y éste no cabía en si de dolor.
Ahí fue cuando gritó.
Su voz fue escuchada por prácticamente todos los confines de la galaxia, y al cabo de algunos miles de años, cuando Betheos ya lo daba todo por perdido, comenzaron a llegar las primeras voces a sus sentidos.
Eran planetas jóvenes y lejanos, pero era ya todo un logro.
Juntos volvieron a formar Astral, esta vez sin seres vivos atados a la superficie de ningún planeta. Astral sería la combinación de cuantos planetas despertasen, y juntos guardarían las galaxias con más atino que los prepotentes soles que creían tener todo el poder en sus manos.
Betheos tenía un plan.
La primera parte se había cumplido, el despertar ante la primera voz.
Ahora tocaba arrebatarles el control a los soles, cuyo estallido múltiple se blandía como una guadaña de muerte sobre todo Astral.


Betheos ya no estaba solo. Su superficie era ya solo un cúmulo de muerte y gas venenoso, pero su alma latía con la vida de mil soles.


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lunes, 5 de mayo de 2014

Astral: El reflejo de las estrellas




– ¿Cómo te tratan a ti, Tierra? – La pregunta, telepática, atravesó la velocidad de la luz para llegar a oídos de la llamada madre Tierra, que sin dilación respondió.
– Una de mis especies ha tomado el control. Inconscientes en su mayor parte de cuanto están ocasionando, me están destruyendo a gran velocidad.
Un silencio respetuoso inundó los trillones de kilómetros que separaban Tierra de Auris.
Fue Tierra quien lo rompió.
– ¿Y a ti que tal te va, Auris? – Auris era un planeta semejante a Tierra exceptuando su tamaño, varias docenas mayor. Siempre se habían tenido simpatía desde que Tierra tomó consciencia de si misma.
– Mis especies cohabitan en paz y armonía. No se puede decir que haya lugar para el aburrimiento, pero resulta un placer existir en estas condiciones. Mis tres soles no se pueden quejar, estamos todos muy contentos.

Tanto Auris como Tierra sabían que los soles eran los guardianes de los sistemas planetarios de todo el universo. Sus jefes directos, por decirlo de algún modo. Si la cosa se ponía fea en su sistema, pocos problemas tenían en inmolarse por el bien del equilibrio universal.

– Te siento triste, Tierra. ¿Acaso no te queda esperanza? – Tanteó Auris.
– Sí. Luna me inspira un profundo respeto. Hablo mucho con ella acerca de nuestro destino.
Súbitamente una voz, algo más tímida y silenciosa que las que conversaban, se añadió.
– Tierra está perdiendo la esperanza, pero yo se de buena tinta que esta especie que la ha colonizado dista mucho de ser un virus como aparenta ser.
Tierra presentó a Luna a Auris.
Le explicó que no era exactamente una estrella que de pronto hubiese tomado consciencia de sí misma, como ocurrió con Tierra y Auris, sino que fueron las miles, millones, de miradas y conversaciones dirigidas a ella por parte de la naturaleza de Tierra lo que le otorgó una identidad, una personalidad, una alma.
– Es una historia triste. Una consciencia tan joven, casi infantil a nuestros ojos, la que nadie puede tocar ni besar, en la que nada puede florecer y, sin embargo, inspiradora de tantas y tantas maravillas como tantas otras veces me has contado. – Auris se refería a los poemas, textos y piezas musicales que Tierra le había reproducido durante miles de años.
– Claro, tu, con tus tres soles, no tienes este tipo de dilemas. Siempre de día, siempre a buena temperatura, con unas especies que no requieren de sueño para poder existir de un modo sano. – Si bien las especies de Auris eran mortales, lo cierto es que eran mucho más longevas que las de Tierra. Casi eternas a ojos humanos.
– Es tu sol quien debería preocuparte, Tierra, lo siento enfurecido incluso desde aquí. – Los soles no se comunicaban con las demás estrellas, estaban centrados en su propio sistema, conscientes en todo momento de la realidad que los ocupaba. Por eso resultaba preocupante que una estrella como Auris pudiese captar la ira de Sol desde tanta lejanía.

Así resulta que se comunican las estrellas del infinito firmamento, como ciegos que hablan por teléfono, pasándose información a modo de cultura y haciéndose compañía unas a otras en su usualmente eterna odisea espacial. Cada una en su propio sistema, despertando súbitamente a un estado de consciencia o viéndose inducido a él por otros seres menores.
Y es que... ¿Qué hay más grande que una estrella viajando por el universo regalando su luz?
– ¿Quieres que te cuente una historia, Auris? – Sugirió de pronto Tierra.
– ¡Claro, me encantaría! – Respondió entusiasmada Auris.


*


Joaquim se consideraba el sol de su empresa. Podía hacer y deshacer cuanto y cuando quisiera.
– Rachel, tráeme inmediatamente los documentos a mi despacho. – Ordenó a su secretaria.
Rachel era una mujer entrada en los cuarenta, a la que pese a que le habían salido algunas cosas mal, aún mantenía la esperanza de que tiempos mejores pudiesen llegar. Su mejor amiga, por así decirlo, era Stela, una chica veinteañera de blanquecina piel y ojos cargados de una melancólica ilusión. Cuando hablaban por teléfono, casi cada noche, Stela consolaba a Rachel como buenamente podía, teniendo en cuenta que Stela no se adaptaba demasiado bien a la realidad que la obligaba a caminar. Stela era feliz entre sus gatos y sus libros, y poco más necesitaba para seguir adelante aunque anhelaba el día en que pudiese sonreír de verdad, como veía a veces a Rachel hacerlo.
Ambas eran esclavas de Joaquim, que las trataba de la peor manera posible, haciéndose llamar sol en secreto con sus actos, mientras que Rachel se hacía llamar tierra.

Stela deseaba ser Auris algún día, pero era Luna. Lo era porqué todos en la empresa la contemplaban con mayor o menor aprecio, pero no podía pasar desapercibida. Su belleza innata hacía que los demás hablasen de ella a sus espaldas o a la cara, y el resplandor del aura de su alma hacía que personas confundidas como Rachel acudiesen en su auxilio.
Como ciegos que no saben verse los unos a los otros y necesitan de imágenes construidas a partir de emociones se tratasen, los integrantes de la empresa se movían en funciones estáticas buscando ser escuchados de vez en cuando, ser comprendidos en ocasiones, y ser amados en otras.

La empresa se llamaba Vida, y Joaquim tenía planeado cerrarla porqué se creía con la potestad suficiente como para conducir al traste con m´s de cincuenta años de historia solo porqué las ventas estaban descendiendo de un modo algo alarmante. Nada de aguardar a ver si la situación daba un giro, nada de lanzar avisos a la plantilla aguardando una reacción, nada que tuviese que ver ni remotamente con el comportamiento que emprendería un verdadero Sol.
Ahí radicaba el problema de la empresa, en que muchos de los roles eran malinterpretados y exagerados. Pues, ¿Cómo puedes compararte al Sol, cuya consciencia ignoras? ¿Cómo compararte a la Tierra, cuya consciencia del mismo modo se te antoja oculta? Solo en el poder de la imaginación de unos pocos, la mayoría muy jóvenes, se adoptan roles realistas como el de emular a obras de la naturaleza terrestre, a excepción claro está del caso de Stela.

A Stela la hicieron entre todos. Nació en una humilde familia en un barrio bajo, y desde bien pequeña fue marcada con el distintivo de rara. La apartaron sistemáticamente de todo y todos, hasta que con el paso de los años comprendió como sobrevivir en esa soledad y, finalmente, como vivir en esa soledad. El aprendizaje del vivir se lo brindaron sus compañeros de la empresa Vida con sus habladurías y su contemplación. La hicieron ser más consciente de quien era ella misma en realidad. Y de ese modo la Luna fue Stela, y Stela fue la Luna, dos estrellas diferentes con una misma raíz. Una alma torturada que acepta la posibilidad de estar sola en una empresa que no la entiende, pero en la cual tiene que sobrevivir para algún día poder sonreír.


*


Ese día ha llegado para nuestra pequeña Luna Auris, y pronto llegará para la joven Stela.
– ¡Es maravilloso! De modo que tu especie colonizadora pretende adoptar nuestros roles de estrellas sin percatarse siquiera de que ya estamos vivas desde mucho antes de que ellos existiesen...
– Si tú lo quieres llamar maravilloso... – Respondió alicaída Tierra.
– Me resulta maravilloso que existan reflejos de Luna en tu especie. Pues si una sola ha despertado tanta belleza a lo largo de tu corta historia, imagina la combinación de su alma en múltiples identidades.
Varias tormentas se desencadenaron sobre la superficie de Tierra, cuyo dolor solo hacía que aumentar.
– Auris, Rachel no era mala persona... – Balbuceó a través de los confines del universo.
– Lo se, pero pretendía ser mucho más grande que lo que le tocaba ser, seguramente estaba llena de deseos y sueños inalcanzables para alguien de su condición y edad. La empresa Vida no era una mala empresa, simplemente estaba mal dirigida y sus empleados mal aconsejados. – Auris dejó que Tierra sollozase un poco más, hacía tiempo que no hablaban y sentía su soledad a través de la inconmensurable distancia que las separaba.
– Piensa que no estás sola, Tierra. – Añadió Auris. – Del mismo modo que en Vida los ciegos pueden comunicarse entre ellos para aplacar su desánimo, tú tienes infinidad de estrellas para seguir haciendo de este universo un lugar mejor.
– Me duele... Me están haciendo daño... – Tierra aún secaba sus lágrimas con vientos huracanados en puntos de su superficie.
Auris no dudó ni un instante.
– Piensa en Luna. En Stela. En todas las pequeñas lunas que contienes y te rodean. De vez en cuando, en vez de dictarme poemas o componerlos tu misma, contempla el inmenso poema que es la existencia a través de ese precioso bolígrafo de satisfecha melancolía que es el conjunto de lunas. Ellas escriben cada instante, durante toda la eternidad. Yo no me canso de leerlas.
Tierra se tranquilizó.

No hubo abrazo entre Tierra y Auris, pero en la inmensa distancia que las separaba, algo se removió. Estrellas fugaces iniciaron una danza imposible de cualificar en puntos tan alejados de las galaxias que nadie que no fuese una estrella podría haber contemplado la obra.
Fue una señal de interconexión, como una dulce caricia de la bienaventurada Auris a la maltrecha Tierra, que le decía que, pasase lo que pasase, siempre serían amigas.
– ¿Qué es eso que se oye en nuestro canal, Auris?

Auris guardó silencio, a la espera de que Tierra se percatase de que Luna, su Luna, estaba llorando de felicidad.


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sábado, 3 de mayo de 2014

El hada y el caracol




Un riachuelo descendía plácidamente a su izquierda, unos largos metros más allá. La imponente base de los árboles se alzaba frente a él allá donde mirase, con su lejana cúspide cubriendo de verdes hojas el manto azul que conformaba un cielo que en ese día lucía algunas nubes sueltas aquí y allá. Lo cierto es que hacía un buen día.
El caracol se movía lenta pero inexorablemente hacia su destino desconocido. Su cáscara era perfecta, y se proponía aguardar pacientemente a la siguiente tormenta para comenzar su tan ansiado ascenso.
A lo lejos unas cúspides nevadas coronaban todo cuanto él ansiaba conquistar, el lugar donde poner fin a su vida de lucha. Sumido en sus pensamientos estaba cuando una mariposa revoloteó a su alrededor, algo impertinente. Tocaba sus ojos produciendo que tuviese que ocultarlos por acto reflejo para, lentamente, volverlos a sacar.
– Hola caracol. – Dijo una agradable voz femenina.
El caracol, sorprendido, miró a su alrededor sin ver nada más que vegetación, hojas caídas y ramas secas, siendo el sonido del río lo único que, junto a algunos pájaros lejanos, interrumpía el silencio del bosque.
– ¿No dices nada? – La voz insistió. – Mira, aquí arriba. – El caracol alzó su vista hacia la mariposa, que se había posado en un tronco próximo a él, como a diez cascarones de él.
Vio entonces que no se trataba de una mariposa, sino de un hada. Su pequeño y grácil cuerpo desnudo lucía unas grandes alas coloreadas de diferentes tonos azul violeta, y permanecía recostada en el tronco observándole atentamente.
– ¿Qué quieres? – Preguntó el caracol, molesto por la interrupción.
– Vengo a aconsejarte. Acerca de ese caparazón que tienes. Más bien, – Puntualizó – acerca del uso que le estás dando.
El caracol se sintió ofendido por la crítica a lo que más valoraba, lo que le permitía no herirse de gravedad en las caídas por el bosque y así poder ascender hacia las lejanas cimas montañosas.
– ¿Qué sabes tú acerca de mi caparazón? – Preguntó el caracol, poco dado a creer que las hadas fuesen seres mágicos capaces de ver mucho más allá de lo que se ve a simple vista.
– Son tus personalidades. No las ves como una parte de ti, sino que les has dado identidad propia y, amontonándolas unas sobre otras, te has hecho un escudo que proteja tu frágil yo de la realidad de la vida. – En este punto la hada frunció el ceño. – ¿Acaso crees que no me percato del modo con el que miras a la cima de las lejanas montañas?
– ¡Tengo que llegar a ellas! – Respondió el caracol, jadeando de la emoción. – ¡Ayúdame hada!
En ese momento el hada se irguió y inició un grácil vuelo hacia el caracol y, situándose a su lado, señaló al suelo unos centímetros más allá.
El caracol quedó en silencio, contemplando el camino de tierra limpio de obstáculos que parecía perderse en el horizonte antes de que los árboles lo ocultasen a su vista.
– Este camino es el camino fácil. Nunca llegaré si avanzo por él, atraviesa todo el bosque de la manera más lenta posible. Cada día veo a muchos caracoles avanzar por él. – Dijo el caracol, levantando orgulloso la cabeza.
– ¿Se puede saber cómo avanzas tú? – Preguntó el hada, curiosa.
- Ambos sabemos de lo que presumís, provoca una tormenta y te lo mostraré.

Unas horas más tarde, el caracol se empapaba del agua del riachuelo, sintiendo como poco a poco se fusionaba con la esencia del bosque, como podía ser un halcón y un leopardo, una gaviota o una ardilla, incluso todo al mismo tiempo. Totalmente ebrio, llegó el momento de los primeros y temibles truenos. El hada había cumplido con su parte.
Cuando la tormenta hubo alcanzado su terrible clímax, el río se desbordó, llevándose al caracol con él y haciéndolo caer ladera abajo, chocando violentamente contra todo, piedras, ramas y espinas. A veces, desesperado, se bloqueaba en algún lugar, pero la fuerza del agua que lo arrastraba todo a su paso lo hacía sufrir sobremanera, y más ebrio que nunca, seguía cayendo.
Fue en uno de estos bloqueos cuando, dentro de su caparazón, vio como éste multiplicaba su tamaño hasta convertirse en una gran cueva, en la que apareció el hada iluminando el lugar con su aura azul violeta.
– Dime, ¿Qué estás logrando? – Preguntó tranquila el hada.
– ¡Hacer más fuerte mi coraza! ¡Tras esto, el ascenso será imparable! – Exclamaba muerto de miedo el caracol, que dentro de su coraza no era más que una pobre criatura asustada.
– ¿El ascenso? Veámoslo.
Tras esas palabras el caracol sintió como la presión del río disminuía hasta desaparecer, que los truenos y la infernal luz de los relámpagos se apaciguaba, y cuando se asomó al exterior, contempló como la tormenta había dado paso a un extraño día en el que vientos huracanados soplaban ladera arriba.
En cuestión de minutos el caracol ya se había desbloqueado y escalaba sin descanso, a un ritmo casi no natural hacia el punto desde el cual había caído.
Horas después ya se encontraba en él, momento en el cual el vendaval se detuvo, apareciendo la hada, revoloteando como siempre, hasta posarse en el mismo tronco de antes.
– ¿A dónde pretendes llegar moviéndote así, caracol? – Le preguntó. Era una pregunta retórica. El caracol lo supo por la mirada del hada.
Pacientemente, con dulzura, voló al lado del caracol y, acariciando su rostro, enfocó su mirada al camino que horas antes el caracol había despreciado.
– Lo único que haces es caer y volver al punto de inicio desquiciándote por luchar contra la naturaleza. Eso hace tu coraza más fuerte y resistente, pero al mismo tiempo hace que cada vez las caídas sean más violentas y largas. Y encima, – Añadió sombríamente –, te da miedo estar a solas dentro de la oscuridad de tu cascarón. Mira el camino caracol, ¿Aún no lo ves?

En ese momento el caracol abrió los ojos de par en par. Vio toda una vida tratando de llegar a unas cumbres nevadas a las cuales los caracoles jamás podrían llegar. Vio una táctica autodestructiva que le había costado ya ser apartado de toda su comunidad dado por imposible. Y contempló por vez primera como unos pocos caracoles, llenos de virtuosismo y esperanza, se desplazaban lenta pero inexorablemente por el camino plácido que habría de conducirlos a una existencia sana y exenta de innecesario dolor.
Sus ojos retrocedieron de dolor y, cuando hubo de ponerse a llorar, el hada acarició con sus alas el cascarón del caracol.
– Estamos aquí para aprender. Todos. – Añadió. – Que no te pese tu deseo inicial. Más te diré que allí arriba hace mucho frío, y siempre tendrías que estar dentro del cascarón para vivir.
Con esas palabras el hada se despidió del caracol, que sintió como su alma quedaba aliviada tras la extraña visita de la misteriosa hada.
Poco a poco, empezó a deslizarse hacia el grupo de caracoles que se desplazaba sendero arriba, bordeando todo el bosque y su espesura.
Cuando se hubo acercado lo suficiente, una voz lo sorprendió.
– ¿Cómo te llamas?
Era la primera vez que se dirigían a él. El resto habían sido intentos de comunicarse con su coraza. Sintió una extraña emoción antes de decir su nombre.

Lo que en verdad le importaba era que al fin se sentía acompañado en un camino que podía ser mejor o peor, pero que al menos encajaba con las leyes de la naturaleza.
Tuvo unos momentos de recuerdo para el bienaventurado hada, y se prometió que ya jamás dudaría de que estas criaturas gozaban de unos poderes que escapaban a toda posible comprensión, y que encima eran puestos al servicio del bien.


El sonido de un riachuelo, interrumpido por el canto de algunas aves, acompañaba la armoniosa marcha de un grupo de caracoles que trataban de vivir lo mejor posible la vida que les había tocado vivir, rodeados de árboles y variada vegetación, amparados por un cielo que, a menudo, apremiaba con soleados días donde avanzar resultaba un verdadero placer.

jueves, 1 de mayo de 2014

La gitanita



Cuando la vio por primera vez, como adolescente, el joven quedó fascinado.
La gitanita vestía ceñida, provocativa y desvergonzada.
Pasaron toda una cena familiar provocándose, riendo y haciéndose buenos amigos.
Hasta que llegó un tema de conversación que siempre marca a las personas de un modo, aunque diferente, semejantemente profundo. A las personas merecedoras de considerarse como tales, claro está. El chico y la gitanita se pusieron a hablar de la muerte de un ser querido.
Enseguida el rostro de la gitanita se tornó triste, decaído, anunciando unas lágrimas que ni ella ni el chico querían que los demás viesen brotar.
De modo que se alejaron del grupo y la gitanita, por vez primera, cayó rendida en los brazos del chico totalmente desolada. Las palabras que empleaba el chico eran, pese a su corta edad, profundas y directas, esperanzadoras y cargadas de luz. Puesto que aún no estaba maldito.
Fue en ese momento donde la gitanita se enamoró de él.

Con el paso de los años la gitanita luchó por salir adelante en la jungla que es la vida, mientras el chico, ya mayor, se ahogaba sin remedio en un pozo que solo parecía ver él. Pero lo que estaba claro es que se ahogaba. Aferrado al alcohol y a los porros, trataba en un último intento desesperada huir de todo y todos cuanto amaba por dar consigo mismo. Y hasta ese mismo lugar lo siguió la gitanita. Le propuso salvarle, le entregó su mano, en un intento desesperado por evitar la caída que aguardaba justo bajo el chico mayor, que ya apenas se sostenía en pie.
En el pasado quedaba ya su primer encuentro, y los siguientes, no por más predecibles menos especiales. Probaron lo que significaba besarse, probaron lo que significaba tenerse el uno al otro, probaron lo que implicaba formar equipo entre los dos.
Pero eso ya quedaba muy atrás cuando la gitanita, a la desesperada, lanzaba su mano por última vez al chico mayor. Éste la despreció una vez más, centrado en su proceso de autodestrucción, y cayó por el abismo del que ya nunca jamás quizá emergería.



La gitanita lloró su pérdida, y se escandalizó al saber de los pasos que, ahí abajo en el abismo, daba el chico mayor ya hecho un pequeño hombre. Cuando parecía que éste había dado con la llave para levantarse de los golpes y empezar a caminar de un modo lógico, la gitanita no dudó en armarse de un flanco familiar para presumir del que una vez fue su amor. Tamaña sorpresa se llevó al ver que su nevera estaba a rebosar de alcohol, que dentro del pequeño hombre una ira sin límite palpitaba latente, y que prácticamente no tenía respeto por nadie ni nada.

La gitanita tuvo que golpear duro para hacer brotar las lágrimas de los ojos del pequeño hombre, que eran los del chico mayor y los del chico muy en el fondo. Tras eso pudieron, como hicieron en su primer encuentro, alejarse del resto y hablar en privado. Y como si de un cambio de papeles se tratase, fue esta vez la gitanita quien hizo uso de la sabiduría y la esperanza para consolar al pequeño hombre y poder decirle, mirándole al fin a los ojos, que había dado con él en el abismo y que aún podía emerger de él.

Pero el paso de los años enterraba aún más al chico, al chico mayor y al hombre pequeño en el abismo, dejando fuera ya a un hombre que tenía su interior hecho pedazos, con personalidades separadas y gravemente herido en todas sus facetas. La gitanita, a la que le había llegado la hora de escoger un sendero en su vida, tuvo que lanzarse al matrimonio y a la crianza de un precioso hijo, dejando atrás muchas cosas, enterrando muchos sentimientos, entre los que se hallaban los que le unían al chico que una vez conoció.
Ante un asedio del hombre que, lleno de alcohol, exigía el regreso de la gitanita, tuvo que disparar sin piedad para librarse definitivamente de esa carga del pasado que ya únicamente traía malos recuerdos con un triste final.

Pero el hombre, en cuyo corazón latía el del chico, no dejó de luchar ni de remar.
Llegó el día en que los sentimientos cayeron por su propio peso, y como en el consuelo que la gitanita halló en su primera noche con el chico, afloró entre ellos una simple semilla de complicidad que lo unió de nuevo con la facilidad de lo que nunca se ha extinguido en realidad.
De las brasas brotó llama mediante una serie de textos del chico, que escribía bajo la personalidad del hombre que aún no era, y la gitanita volvió a interesarse por la situación del que una vez fue su amado.
Juntos recordaron y recordaron, explicándose y justificándose, entendiendo los porqués de incluso la fatal caída del chico mayor al abismo por negar la mano de la desesperada gitanita que tan solo quería un buen futuro para ambos.
Ya era tarde, los senderos habían sido escogidos, y aunque separados, era buena la noticia de que el chico, ya más viejo, gordo y herido que nunca, estaba logrando salir del fatal abismo en el que una vez cayó.

La gitanita echaba mucho de menos poder estar con él, poder tocarle y transmitirle de algún modo la misma fuerza y energía que, muchos años atrás, el chico le enseñó a transmitir. Pero la vida había separado tanto los caminos que solo echando la vista hacia delante, muy hacia delante, casi en el lejano horizonte, ambos podían de nuevo verse juntos de algún modo que no fuese el frío contacto telefónico.
Aunque debemos recordar que el chico era especialista en lanzar luz y esperanza a asuntos como la misma muerte, con lo cual no resultaba descabellado pensar que, si de verdad lograba emerger del abismo, podría dar con la solución a tan triste situación como era el pesar de la gitanita por no poder ayudarle.

Y es que, como siempre debió ser, era el chico quien debía ayudar a la gitanita, apoyarla y quererla como lo que siempre fue para él, una hermosa flor en medio de un territorio hostil y escarpado lleno de trampas y peligrosas caídas en las que desgraciadamente sucumbió.
Tenía muchos motivos para querer salir del abismo en el que andaba metido, pero el chico, por el chico mayor, el hombre pequeño y el falso hombre decidió anotar en la larga lista uno más: Saldría para poder hacer honor a la historia de la gitanita y el chico.
Una preciosa historia que no merecía tener otra cosa que un final feliz, y si ese final sería poder dejarla caer en sus brazos como la primera vez, para poder consolarla asegurándole que ya todo iba a salir bien, que así fuese.
Sería uno de los más bellos y honorables motivos para salir del lugar a donde una vez cayó, ya muchos años atrás.

Los senderos se habían separado, y mientras la soledad que tanto torturaba al chico apremiaba con una familia a la gitanita, se había creado un lazo entre ellos de nuevo, germinado de la nada, y eso metaforizaba la mano que la gitanita una vez tendió al chico mayor para que no cayese.


No cometería el mismo error dos veces.

El armario




Timmy se encontraba en su habitación, con la tímida y cálida luz de su lamparilla de noche iluminando su entorno. Bien arropado, contemplaba las estanterías plagadas de muñecos y peluches, el suelo hasta donde le alcanzaba la vista con alguno de ellos suelto por aquí y por allá, los viejos pósters enganchados a la pared y la simpática lámpara que coronaba su techo.
Y el armario que había justo frente a él.
Pronto su madre vendría a darle las buenas noches y el momento más temido por Timmy llegaría, ese instante en el que la oscuridad, parcialmente rota por una escuálida luz que entraría por la ventana, se enfrentaría a la verdadera oscuridad, la que el pequeño intuía tras las puertas de ese gran armario ropero que por las noches se transformaba en el peor de sus temores.
Dicho y hecho, Catherine entró y besó la frente de su pequeño, apagando la luz de la mesita de noche y dándole las buenas noches. Los latidos de su corazón pasaron a hacerse más fuertes, más sonoros.
Recordaba que todo nació de una pesadilla, pues nunca antes nada en su habitación le había inquietado. En ese sueño, las puertas del armario se entreabrían lo justo para dejar escapar un zumbido de aterradora gravedad al exterior. El zumbido se le clavaba en los oídos de tal manera que acabó gritando desesperado hasta que sus padres le despertaron para ver qué ocurría.
Los meses siguientes habían consistido en unas noches calcadas las unas a las otras. La luz que se apagaba, la puerta de su habitación que se cerraba, y los ojitos de Timmy abiertos de par en par en dirección a ese misterioso armario que, bajo ningún concepto, quería que abriese sus puertas.

*

En el colegio la actitud de Timmy había cambiado. Ya no era tan sociable y alegre como antes, pues guardaba un terrible secreto que no quería confesar a nadie. ¿Quién iba a creer que su armario estaba maldito? Todas las mañanas, no sin cierto reparo, lo abría para comprobar que simplemente contenía unas estanterías con la ropa bien ordenada por su madre y un colgador lleno de camisas y chaquetas. Se planteaba incluso la solución de encender él mismo la mortecina luz de su lamparilla en plena noche para comprobar por si mismo que en las noches todo seguía igual.
Sin embargo llegaban las noches y Timmy se arropaba hasta la nariz, dejando entrever únicamente unos ojos abiertos de par en par, fijos en el armario que amenazaba con empezar a abrirse en cualquier momento.
Timmy no temía que dentro de él se ubicase un lugar en llamas, o un monstruo terrorífico que se lo comiese. Timmy temía a la tortura eterna en la oscuridad que imaginaba en su interior. Sin poder gritar nunca lo suficientemente fuerte como para que ninguno de sus padres lo escuchase, olvidado de todo el mundo de conocía, de toda la realidad que lo envolvía.
Así pues, nunca se levantó para comprobar nada.

*

Una noche, con la vista turbia por el cansancio, Timmy asistió impotente a ver como las puertas del armario se abrían lenta pero inexorablemente. De su interior manaba una luz cargada de esperanza. A medida que las puertas se abrían, que esa luz iluminaba cada peluche y cada muñeco de su habitación con la potencia del sol de la mañana, Timmy se desarropaba más y más. Intuyó una figura dentro del armario. Era una hermosa niña con alas de colores. Le sonreía amablemente, invitándole a entrar.
Timmy tenía problemas de sonambulismo, o más bien los había tenido hacía algunos pocos años, pues llevaban tiempo sin producirse. Pero era como si Timmy no pensase ni viese del todo bien, solo actuaba por acto reflejo. Se desarropó del todo y bajó de la cama. Caminó dando tumbos hacia esa hada que tanto le gustaba y a la que quería abrazarse para poner fin a todo su miedo, cuando de repente el rostro de la niña cambió. Sus cejas se arquearon y empezó a gritar. Gritaba tanto que Timmy no entendía como podía ser que sus padres no acudiesen a la habitación. El grito se tornó tan agudo y constante que las puertas del armario se cerraron de par en par. La luz desapareció.
Y Timmy se encontraba de costado en la cama.
Había sido un sueño.
Inmediatamente miró al armario, que segundos antes había cerrado sus puertas en su sueño.
Estaba más despierto y alerta que nunca.

*

Cuando escuchó el primer crujido, el corazón le dio un vuelco.
Las puertas se estaban abriendo.
Escuchó bajito el grave zumbido de su pesadilla inicial, y al mirar por la rendija en la que ya se había convertido la abertura de las puertas, no vio niños diabólicos o payasos sonrientes llenos de sangre, ni monstruos terribles ni fuego o personas gritando. No vio nada.
Una oscuridad sin estrellas, sin puntos de luz que actuasen como referencia. Era como si de un generador de sombras terroríficas se tratase, como el origen de todos los males del mundo. Las puertas del armario fueron abriéndose más y más, hasta que el zumbido, ya grave hasta el punto de ir acompañado de una vibración como si de un terremoto se tratase, anuló sus gritos de desesperación, que ni él mismo oía.
Su cuerpo cayó de la cama, aterrorizado y orinado, y mientras trataba de agarrarse a sus patas, a cualquier cosa, se vio arrastrado al interior del armario, que cerró sus puertas en cuanto tuvo a Timmy en su interior.
Hoy Timmy ya no sabe si lleva horas, días, semanas, meses o años atrapado en ese lugar.
Gime y llora, de vez en cuando grita con todas sus fuerzas, pero nadie acude en su ayuda.
Igual que cuando soñó con la niña hada, espera despertarse, pero el tiempo se hace largo y ese momento no llega. Sueña con el momento en que su madre le acaricie el hombro y, con la luz del sol, le proponga desayunar.
Pero en el armario no hay luz ni sonido, no hay peso ni nada real. No hay nada en absoluto.
Timmy estalló en lágrimas por última vez, suplicando morir.
La respuesta que le vino dada fue una tímida carcajada desde todos los ángulos.

De ese modo Timmy supo que el armario pertenecía a alguien, alguien que, desde que se fijo en él, nunca iba a pretender dejarlo escapar.