domingo, 14 de septiembre de 2014

La montaña de la soledad






El primer tramo resultaba sencillo, tan solo había que caminar, como si de dejarse llevar por una cálida corriente se tratase.
Ya en las primeras rampas nevadas uno podía ver a otros abandonar la marcha, renunciando a la escalada para acudir en busca de un lugar o una compañía acogedoras.
Ya superado el primer tramo era cuando, con dificultades para observar por culpa de ciertas ventiscas, uno podía ver la primera gran pared de hielo que se erguía hasta decenas de metros sobre él. Era en ese momento cuando el hombre se percataba del valor que tenían realmente los dos picos que dos mujeres, una rozando la veintena y la otra la cuarentena, le habían regalado en diferentes puntos de su vida.
Probó suerte durante horas, golpeando con fuerza la gran pared de hielo, siendo los picos constantemente escupidos por un muro al que parecía no hacerle ni cosquillas.
Entonces comprendió que, aunque sus manos indicasen cierta intencionalidad por escalar la pared de hielo, su cabeza seguía aferrándose a recuerdos plagados de calidez, lejos de ese lugar tan hostil y frío. Y de algún modo supo que solo logrando una perfecta armonía entre sus pensamientos, emociones y acciones, los picos realmente funcionarían.
Debía ser consciente de la situación en la que se encontraba en ese preciso instante, y grabársela a fuego para no perder el rumbo en una escalada que, habiendo apenas comenzado, ya producía en él una sensación de agotamiento mental.
Pero alzó la vista a lo alto de la pared de hielo, y gritando y golpeando con máxima intensidad, se sinceró con toda la montaña que le observaba y le sentía firme e imperecedera.
Tengo miedo a la soledad. Eso fue lo que le dijo, y el pico de su mano diestra se clavó en el hielo.
Y así continuó durante lo que se le antojaron horas.
Cuando hubo llegado a lo más alto del muro de hielo, quedo tirado en el suelo, rendido, pero analizando lo ocurrido.
Comprendió que la montaña era simplemente eso, una montaña que él quería escalar. En realidad lo verdaderamente importante no eran los metros ascendidos, sino que se había estado sincerando consigo mismo durante horas, como si el hielo hubiese actuado como una especie de espejo al que solo servía decirle la verdad.
Pero sentía que quedaba camino, mucho camino, para coronar la montaña.
Tras varias laderas, laberínticas y solitarias, sintió un atisbo de pánico cuando vio una cabaña, al parecer abandonada, en el centro de un lugar rodeado de muros de hielo de los que docenas de avalanchas caían para morir a lo lejos, lamiendo los pies del lugar donde se encontraba.
Un anciano, cargado con madera, se acercó a su posición y le preguntó si quería pasar, puesto que se disponía a encender una gran hoguera y celebrar la llegada de un amigo.
Él ya le conocía, pero al parecer el anciano no recordaba nada.
Sintió un estremecimiento al declinar la oferta y seguir con su camino, puesto que en un mismo instante una serie de relámpagos iluminaron la noche, y no supo qué le dio más respeto, si la visión de las furiosas avalanchas o la mirada completamente ida del anciano.
En ese punto comprendió la abrumadora cantidad de respuestas que uno puede obtener simplemente guardando silencio.

Siguió su camino, y tras escalar varios muros más, sinceridad en mano, le invadió la tristeza y la desesperanza. Cayó arrodillado al suelo preguntándose entre un torrente de lágrimas si alguien en ese momento estaría pensando en él, queriéndolo cuando él había demostrado con los picos no quererse en absoluto.
Fue entonces cuando su vista se posó en su muñeca derecha.
Alguien había renunciado a parte de su suerte para entregársela a él.
Y las lágrimas brotaron con aún más intensidad, en un nudo de diferentes emociones capitaneadas por la tristeza y la felicidad.
Hasta que una melodía deshizo el nudo de las emociones y quitó el control a la cúspide de la pirámide, que llamaba rugiendo a los sentimientos descontrolados para hacerle sufrir al máximo, o reír, o cualquier cosa llevada a su máxima expresión.
Mientras la música fluía haciéndose ecos por todo rincón de la montaña, suave y elegante como la caricia de una voz que cantaba exigiendo con muy buenos modales que había llegado la hora de levantarse y acabar con el trayecto.

Necesitaba estabilidad y libertad en ese tramo final, pues la melodía había disipado la ventisca que lo cegaba y frente a él se encontraba el último muro que conducía a lo desconocido, lo que moraba en la cima de la montaña de la soledad.
Y de algún modo, en quizá su fantasía, era consciente de que había personas preocupadas por él que deseaban que lo lograse con todas sus fuerzas.
Así pues, alimentó el hambre que sus emociones habían pasado durante años y años de ingesta de alcohol. La alimentó con emociones reales, no distorsionadas, en pequeñas cantidades pero a ritmo organizado.
El muro final no se iba a ir a ninguna parte, y él tampoco.
Medicó su mente sintiendo tristeza por el anciano del camino.
Y sólo cuando estuvo preparado, picos en mano y mochila vacía, le contó a la montaña, a su yo interior, a su imaginación y a su realidad, al holoceno y al mundo real, que sus habituales castillos en el aire ya no aparecerían nunca más.
El día a día marcaría su vida, y él trataría de superar los obstáculos exactamente como todos los demás seres adultos, encajando el golpe y volviéndose a levantar sin perder la cabeza por el camino.
Fue el ascenso más sencillo, aunque también fue una despedida... Hacia sí mismo.

En la cima no había primavera. No había fiesta sorpresa. Había pedruscos y paz. Y vistas.
Pasó horas admirando el laberinto de montañas que se erguían sobre y por debajo de la montaña de la soledad.
Identificó la que podría ser su montaña del miedo, negra como la noche más cerrada, pudiendo comprender como llegar y salir de ella, como escalarla en caso de que fuese necesario. Contempló la del amor, colorida y bella. La de la rabia y muchas, muchísimas más.
Eran las vistas más privilegiadas que había contemplado jamás.
Y gracias a la escalada de la montaña de la soledad, al fin tenía una brújula, su brújula, para poder viajar sin miedo a quedarse solo, pues se tenía a si mismo, quizá por primera vez.
No quería detenerse, no todavía.
Frente a él, a meses de camino, quizá años, un escarpado pico se erguía imponente sobre el resto de montañas que parecían montoncitos de arena en comparación.
Quizá lo consiguiese, haciendo justicia a los picos que habían regalado, capaces de destrozar el hielo más férreo con la única exigencia de la sinceridad.
Recordó la melodía que tanta fuerza le había dado, y se dispuso a viajar en dirección a ese pico que decidió llamar como nunca esperó llamar a reto alguno en su vida.
Era el pico de la independencia.

domingo, 7 de septiembre de 2014

La sirena



Se miraban fijamente.
El oleaje lamía los pechos de la sirena, que había pasado una gran cantidad de tiempo tratando de hacer ver al hastiado hombre algo que no acababa de entender.
En el cuello de la sirena, una especie de figura, como si de un tatuaje a medio camino entre la cabeza y el corazón se tratase, lucía en esa noche donde las lejanas luces anaranjadas permanecían cada vez más tenues y apagadas.

Pero hay que echar la vista atrás para comprender por qué estaba hastiado el hombre.
Se había pasado nadando, resistiendo por mantenerse a flote, los diez últimos años de su vida. Y no lo había hecho donde el mar estaba en calma o ligeramente embravecido.
Lo había hecho en el mismo centro de la gran e inmensa tormenta.
Desde que vio los relámpagos tiempo atrás, pensó que allí daría con la solución. Muchas otras personas lo habían intentado y algunos de los cadáveres aún permanecían a flote.
Pero él peleaba y peleaba con sus afiladas armas.
Lanchas cargadas de alcohol y lanchas cargadas de medicamentos.
Mientras él veía como era sacudido e impulsado por olas de tamaños imposibles, le parecía ver en el lejano horizonte tres luces naranjas que a cada acometida del alcohol parecían brillar más.
Y es que... ¿Cómo le iban a ayudar unos medicamentos cuando lo que requería en esas terribles aguas era pelear al máximo nivel?
Todo acababa siempre igual.
Cuando había logrado vencer a un buen número de olas, llegaba las más terrorífica y gigantesca, que le hacía perder el conocimiento, despertando de nuevo en algún punto intermedio entre las anaranjadas luces y la gran tormenta.
La noche eterna se cernía sobre él cuando, agotado de intentar superar la tormenta peleando cara a cara contra ella, recurría a los medicamentos para descansar y al alcohol para liberarse de su sufrimiento soñando con poder dar con tierra firme algún día.
Cuanto más alcohol bebía, más furioso se ponía, y un día se acercó tanto a las luces, quizá sedado por la medicación, que contempló como las luces correspondían a tres enormes volcanes que escupían su lava incendiando toda la costa de lo que parecía ser una pequeña isla.
Resultaba en ese momento evidente para él, que existía una estrecha relación entre esos volcanes y la ingesta de alcohol, pues a cada trago un estruendoso estallido de piedras y lava salía de ellos.
A veces le parecía a personas asustadas a lo lejos, pero él seguía sin admitir ninguna otra posibilidad que no fuese la salida de ese infierno emocional a través de la superación de las aguas de la tormenta.
Emocional porqué, tras tanto tiempo tratando de salir de esas aguas, se había al parecer creado un vínculo entre él, las olas y los volcanes.

Los cientos de relámpagos iluminaban tanto la noche como la ubicación de la tormenta.
Con todas las fuerzas que le quedaban se introdujo en ella.
Y creyó haber escalado la gran ola.
Sin embargo, el resultado fue una multiplicación de la virulencia de la gran tormenta. Era como mil veces más potente. Y en algún punto de su incredulidad el hombre fue catapultado a algún punto desconocido de ese oscuro mar de emociones descontroladas, entre los volcanes y la maldita tormenta.
Lloró, lloró desconsolado largas jornadas, desesperado por ya no saber que hacer, cuando súbitamente se percató de dos cosas.
Una, que los volcanes se habían prácticamente apagado.
Y dos, que una preciosa sirena había emergido de las profundidades para quedárselo mirando fijamente.
Finalmente, el hombre, horrorizado y ensimismado al mismo tiempo, comprendió todo cuanto la sirena había tenido a bien transmitirle.
Era hora de empezar a actuar.
Y lo principal era dejarse llevar por la corriente.

Sin embargo, la despedida de la sirena, que, contenta, regresaba a las profundidades del océano, dejó al hombre confundido.
Miró a los cercanos volcanes de la pequeña isla y a la lejana tormenta, situada en extremo opuesto.
Volvieron las lágrimas y su cabeza se partió en dos. Por un lado sabía que su deber contraído con la sirena era dejarse llevar por la corriente. Mientras que, por otro lado, una extraña frustración alimentaba y alimentaba su interior de algo claramente desagradable.
Y fue esa parte la que cogió fuerza, ganando terreno mientras su responsabilidad quedaba más y más oculta.
Pero no desapareció.
Mientras causaba la mayor triple erupción, que habría de arrasar con toda isla en las próximas jornadas, una energía impresionante llegó a él cuando nadaba a un ritmo frenético directo a la tormenta, habiendo aparentemente olvidado todo cuanto la sirena y él habían compartido.
Pero ese pequeño compromiso adquirido, y la pequeña parte de él que aún se resistía a desaparecer,
hizo que detuviese su marcha junto a una lancha de medicación.
Y, quizá por vez primera en los diez años de lucha, se medicó consciente de que eso daría al traste con las violentas erupciones volcánicas y su enésimo intento por superar la tormenta escalando todas las olas, incluida la monstruosa y psicótica ola final.
Todo se detuvo.
Regresó a un punto cercano a la parcialmente desolada isla y, concentrado en los significados que podía tener la figura del cuello de la sirena, se hizo el muerto y se dejó llevar por la corriente.

Poco después, su cuerpo notó tierra bajo él.
Se levantó y vio a lo lejos como familiares y amigos, que parecía hacer una eternidad que no veía, acudían a toda prisa a ayudarle.
Antes de caer al suelo y desmayarse, no vio rastro de volcanes, ni de grandes tormentas, ni de sirena alguna.
Pensó en lo mucho que quedaba por hacer, aliviado de estar al fin en tierra firme, allí donde se construyen las cosas que de verdad son reales, que de verdad merecen la pena.
No hubo lágrimas para la sirena en esa ocasión. No porqué pensase que fuese una posible alucinación, que no consideraba que lo fuese, sino porqué la sirena iba a poder verlo y sentirlo durante el resto de su vida en esas aguas calmadas, estables, donde durante tanto tiempo se miraron, transmitiéndose el uno al otro cada uno su mensaje.
Él la llevaría por siempre en su corazón, y es que por mucho que no perteneciesen al mismo mundo, por mucho tiempo o distancia que acabase por separarles, ya llevaba por siempre un pedacito de ella en él.

Cayó al suelo mareado, y justo antes de que todo se volviese negro, ya con sus seres queridos bien cerca, pensó en lo mucho que le quedaba por hacer, y deseó ya por fin poder empezar lo antes posible tras diez años de dolor y de locura, de volcanes y tormentas y lucha sin sentido común.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

El espejo de Sarah





Sarah era psicóloga forense.
En su trabajo había resuelto miles de casos, aliviando o castigando, y seguía en ello, pero ya con menos ímpetu, menos efusividad.
La noche del veintitrés de marzo, a la edad de cuarenta años, tuvo una experiencia que quedó grabada a fuego en su interior para siempre.
<< Quizá fue solo un sueño... >> Se decía ya diez años después intentando reducir la ansiedad que el mero recuerdo de los acontecimientos le provocaba.

El caso es que una noche, mirándose al espejo tras lavarse la cara, contempló como su campo de visión se desdoblaba y como, súbitamente se sentía mirándose al espejo y al otro lado de él al mismo tiempo.
Sentía su mirada cargada de empatía y buenas intenciones, que trataba de dar con el motivo de porqué ese reflejo suyo la miraba de ese modo.
Pero al mismo tiempo también sentía la mirada del otro lado del espejo, encendida y furibunda, escudriñándola tratando de dar con la brecha por donde poder hundir los victoriosos dedos de quien da con el talón de Aquiles de su más acérrimo enemigo.
Fue en ese instante cuando se fue la luz.

Era como si hubiese desaparecido todo menos el suelo que las sujetaba. La respiración agitada de la Sarah que solo pretendía ayudar chocaba con la Sarah que, aunque invisible, se podía notar, casi palpar, como anunciando algo que iba a marcar el curso de sus vidas.
La Sarah buena dio un brinco cuando la otra asió su mano y comenzaron a caminar.
Como muertos vivientes recorriendo una eterna senda de sufrimiento contemplaron todos y cada uno de los casos que Sarah había resuelto.
Unos se acercaban a la Sarah más empática en busca de un abrazo que culminaba con sus cuerpos en el suelo de ese abismo y el vello de la psicóloga totalmente erizado.
Otros, en cambio, huían despavoridos tras aguantar unos segundos la mirada de la Sarah que había emergido del espejo, que con unas pocas palabras y alguna que otra pequeña carcajada que solo la primera Sarah sabía escuchar y comprender, provocaba tal reacción.

Cuando hubieron concluido el bagaje, ya repasados todos los casos de más de una treintena de años de trabajo, ambas Sarahs quedaron frente a frente, mirándose tal y como lo habían hecho en el espejo del baño, parecía, mucho tiempo antes.
Estaba claro que la ayuda que la Sarah más calmada y cargada de buena fe le era escupida de inmediato por la otra Sarah, que tan solo aguardaba un descuido, una bajada de guardia, para atacar directa a donde más dolía.
La primera Sarah se percató de que posiblemente la única vía para resolver esa situación era fusionarse con la otra Sarah, a la que conocía bien. Pero la otra Sarah tenía ansias de existir más tiempo, pues no consideraba que estuviese obrando mal, sino impartiendo justicia de un modo que la saciaba de una felicidad casi parecida a la diversión.
Tras horas mirándose fijamente con suma concentración, volvió la luz.

La Sarah que, aún con la cara mojada, miró al espejo, no vio más que su amable mirada, y resopló para sus adentros.
Pero ya no volvió a dormir bien nunca más.
Pues desde esos adentros, cada vez que cerraba los ojos en la oscuridad, le era devuelta una tímida carcajada de quien había nacido para dar con las brechas de las malas personas y hacer de sus defensas mil pedazos para condenarlos al infierno.

martes, 2 de septiembre de 2014

Un paso a la realidad



Cuando las pesadillas comenzaron a torturarle, el chico tuvo que aprender forzosamente la existencia de dos mundos que se entremezclaban en su cabeza.
Pronto, a la edad de siete años, a la agonía de la mayoría de sus agitadas noches se le sumó la agonía en el supuesto mundo real donde se suponía debía estar a salvo.
Sin verdaderos amigos, presa del pánico nocturno, fue creciendo acumulando puñaladas, que su ya por entonces maltrecha mente filtraba en un odio irracional a todo aquel que se acercase para mostrarle algo de cariño y comprensión.
Aceptarlos hubiese sido lo más lógico, lo más sencillo, lo más sano... Pero algo se había despertado en su interior.
Se trataba de una ira rabiosa con la que él podía jugar como si uno más de sus muñecos se tratase.
El truco simplemente consistía en no dejarse conocer, o mostrar las partes adecuadas.

Evidentemente el chico tuvo que crecer hasta la adolescencia para diseñar inconscientemente la técnica. El periplo que lo condujo hasta ese punto era una repetición constante de horribles pesadillas y personas que le fallaban, e incluso herían en lo más hondo de su ser.
Fue en ese punto donde la primera capa de cebolla lo envolvió.
Su risa y afecto quedaron sellados en sus primos, mostrando a los demás una cara de poker que solo su mirada podía romper.
Fue tras una pelea familiar que él orquestó desde el centro del huracán haciéndolo saltar todo por los aires donde lo perdió todo por primera vez.
O eso es lo que sintió.

Eran tantas ya las capas de cebolla alcanzada la madurez que él ya no sabía del todo bien ni quien era. Parapsicólogos indicando direcciones revolucionarias, alucinaciones y delirios que parecían fusionarse a la perfección con sus peores pesadillas y, ya quizá demasiado tarde, la irrupción de un ejército de psicólogos y psiquiatras que parecían concluir lo mismo... La gestación de la locura.
Intentó mantenerse en pie, hasta que finalmente eran tantos los disfraces, tan elevado el miedo a la soledad y tan intensa la ira contenida, que las capas de cebolla dieron paso a una armadura con la que moverse aplastando a placer a los demás, amigos o enemigos, familiares o desconocidos.
Desde dentro de la armadura el sujeto parecía haber sufrido una especie de regresión.
Era como un niño jugando con su juguete preferido.

¿Por qué contener la ira ante alguien que considerabas te había fallado cuando podías volatilizar su corazón?
¿Por qué arriesgarse a moverse a un lugar cuando mentalmente podías crear anticipatorias casi infinitas hasta dar con el motivo de no hacerlo?
¿Por qué dejarse ayudar por una familia que te trata como un niño cuando es la armadura lo único que debería quedar visible de ti?
¿Por qué confiar en unos médicos que te habían encerrado en los lugares más horribles que tu imaginación había podido concebir?

La respuesta, claro está llegó tarde. Porqué el hombre no era quien para juzgar a nadie, y mucho menos viendo la realidad a través de una armadura. Porqué en esta vida hay que caminar y arriesgarse, y hacerlo totalmente ebrio le quita todo el sentido a cualquier paso que des. Porque su familia nunca, jamás, le desearía ningún mal, bajo ninguna circunstancia. Y finalmente, porqué los médicos no ganan nada torturándote, a no ser que te encuentres en una situación muy grave y sea necesaria cualquier tipo de intervención.

Era una respuesta que ponía en jaque todo por cuanto había luchado, por él y por su dios imaginario, durante prácticamente una década.
Era una respuesta que invalidaba severamente no ya únicamente el uso de la despiadada armadura, sino cualquier capa de cebolla inventada o por inventar.
Era una respuesta que ahogaba la ira en un mar de lágrimas, invitándole a moverse sin miedo, confiando en los suyos y en la ayuda de unos profesionales que muy probablemente le conocían mejor que él a si mismo.

La armadura comenzó a pesar una mala tarde y una peor noche. Pero se negó a quitársela. Aprovechó los acontecimientos para iniciar un vuelo suave con ella. Un vuelo de esos que suelen acabar mal para él o los demás.
Tras unas horas de vuelo, una de esas pocas personas que a lo largo de su vida le habían visto realmente, sufriendo generalmente y totalmente aislado de la realidad, le habló sin tapujos acerca de varios temas relacionados con el modus operandi de lo que había creado.

– Esto es para ti. – Le dijo al individuo de la armadura.

Cuando él miró de que se trataba, esperándose ya lo peor, contempló con ojos cansados que se trataba de una preciosa flor.
Y redirigió su odio hacia las preguntas nocivas que durante tanto tiempo se había hecho.
Pues, ahora que tenía la respuesta, se percataba de que esa persona no había hablado con la flamante armadura, ni con ningún conjunto de las capas de cebolla, sino que había hablado con esa persona que tanto se ocultaba y tan esquiva resultaba.
Le parecía una blasfemia agarrar la flor con la armadura puesta, fingiendo que sentía su tacto o podía oler su fragancia.

Finalmente se quitó la armadura y la dejó allí, abandonada en un recóndito lugar del que pasado poco tiempo saldría y esperaba regresar solo para dar unas inmensas gracias a un equipo que, poco a poco, con mimo y paciencia, logró dar con la forma de efectuar un espejo ante alguien que se niega a abrir los ojos.

Ahora sí podía asir con delicadeza la flor.
Olía a vida, a deporte y a formación.
Y tras tanto tiempo perfumado con el olor de la guadaña de la psicosis, putrefacta e irreal, esa flor, ese eco de esperanza, le pareció el regalo más bonito que se le podía hacer a alguien gravemente lesionado en esa zona donde muchas veces te preguntas por qué hay que aferrarse a lo real cuando la mente tiene viajes a tantos lugares.

La respuesta, quizá llegó a tiempo.
En la realidad se hayan todos esos pequeños momentos que dan verdaderas fuerzas para continuar, en un conjunto de caminos que se entrelazan y se separan, pero en los que hay que poner el verdadero empeño por seguir, ya que eso es lo lógico, lo duro y lo bonito de lo real.

viernes, 29 de agosto de 2014

La estrella fugaz




Érase una vez un sistema de lunas, hermosas y bellas, que danzaban alrededor de una estrella de luz blanca dando calidez a un pequeño planeta habitado por seres necesitados de especial ayuda.
A menudo podían verse estrellas fugaces cada noche, alzando la vista al cielo. Éstas surcaban lentas los cielos para poder ser vistas y colaborar con la labor del sistema de estrella y lunas, e incluso en ocasiones su estela duraba cierta cantidad de tiempo tatuada en el cielo universal.

Una noche, o un día más bien, una humilde estrella fugaz pasó y detuvo su marcha situándose alrededor de la gran estrella del sistema, orbitando alrededor de ella, y aportando una luz pocas veces vista ni por el sistema de lunas ni mucho menos por los habitantes del pequeño planeta.
Nunca vista, diría más bien.
Y lo diría porque esa luz no era blanca, sino que incluía prácticamente toda la escala de colores que uno pudiese imaginar.
Daba la sensación de que presumía con tal espectáculo, pero cuando acudió en ayuda de los seres del pequeño planeta, haciendo al mismo tiempo gran amistad con el sistema de lunas mientras planificaba y se codeaba con la gran estrella de blanca luz, quedó claro que ahí había mucho, pero mucho, donde indagar.

De modo que, entre todo ese sistema ubicado en algún remoto punto del universo, se dispusieron a intentar comprender quién era, qué pretendía y sobre todo, cómo generaba esa alegre luz siendo sabedor de las desgracias que desgastaban a ese lugar.
Las lunas hablaban con él a menudo, bromeando en no pocas ocasiones.
La gran estrella central le confiaba arriesgadas tareas e incluso bajaba su intensidad de luz durante ciertos lapsos de tiempo.
Y los habitantes del pequeño planeta, que normalmente estaban de paso para dar cabida a otros, se encontraban con el haz de luz que dejaba la lenta pero constante marcha de la estrella fugaz.
Tanto daba que uno se encontrase ante un abismo cuya caída representase un último chocar contra las rocas de tremendos acantilados contra los que el océano arremetía sin piedad una y otra vez.
Tanto daba que uno se encontrase superado por una situación traumática, encerrado en su habitación y tapado hasta arriba por las sábanas.
Tanto daba... Tanto daba todo.
Pues la luz no solo se podía ver, sino que también se podía sentir.

No ignoro las malas lenguas del sistema lunar y los habitantes del planeta por ser inválidas, puesto que cada uno tiene derecho a su subjetividad, sino que las ignoro por ser una absurda blasfemia.
Cuanto más se integraba la estrella fugaz en el sistema, más confianza cogía. La confianza suele hacer en este tipo de estrellas fugaces que su cola se vea seriamente acortada, menos nítida.
Pues curiosamente, en este caso, pasó justo lo contrario.
Cuanto más poder tenía, cuanta menos obligación a hacer un papel ostentaba, resultó que nunca había habido papel, y a tenor de la espectacular combinación de colores de su cola, nunca lo habría.

Ya casi acostumbrados en inmensa a su presencia, deseando en secreto que su marcha no llegase nunca, la estrella fugaz más espléndida que se había visto en ese sistema, incluida en la imaginación de los seres del pequeño planeta, simplemente partió.
Dio un par o tres de vueltas alrededor de todo el mundo y finalmente salió disparada hacia algún punto del espacio.

Los habitantes del pequeño planeta, junto a las lunas y la gran estrella, decidieron ponerle un nombre a la estrella fugaz, y resultó que ésta ya se lo había comunicado a todos en secreto y en persona.
Se llamaba Sergi, y su último regalo había sido dejar como tatuado en los cielos ese flamante arcoiris del que había hecho gala del primer al último día.
Era una luz pura, amistosa, agradable y juvenil que en ningún caso chocaba con la luz blanca que tan necesaria resulta en lugares como el pequeño planeta llamado Hospital de día.



sábado, 23 de agosto de 2014

Contradicción




Víctor caminaba por el desierto sin darse por vencido. Las fuerzas ya flaqueaban, la mente hacía estragos, pero en el caos de su marcha se podía percibir algo que nunca antes había experimentado.
Meses atrás había dado con un oasis cuando ya parecía que era tarde para toda acción desesperada. Allí pudo reflexionar lo suficiente junto a otros supervivientes como para darse cuenta de que aquello era otra simple parada en el camino.
El juego de máscaras encendía su interior y su mirada hasta el punto en el que cada vez más le costaba permanecer en él. Formar parte de él.

Un día, paseando solitario a nivel mental, libre de estúpidas interrupciones, se perdió en la espesura del más profundo bosque.
Fue entonces cuando la vio.
No sabía del todo seguro si se trataba de un hada o una musa, de una nueva compañera de viaje o sencillamente una alucinación provocada por la inanición de emociones intensas que su interior padecía.
-- Soy Víctor. ¿Cómo te llamas?
-- Me llamo Paula. -- Respondió la bella mujer.
Durante unos instantes que se antojaron horas Víctor no sabía a donde mirar, por donde empezar a buscar, pues estaba claro que un sentimiento de gran intensidad estaba teniendo lugar.
Finalmente aterrizó en su preciosa mirada. Y a partir de ahí surgió una larga conversación que no hizo más que convencerle de que algo especial estaba ocurriendo.

Poco a poco, Víctor se preguntaba si ella estaría dispuesta a emerger con él del falso oasis para caminar juntos en busca de un nuevo lugar donde poder hablar y conocerse sin las molestas interrupciones que el falso oasis bombardeaba constantemente a los simples deseos de Víctor.
Y entonces apareció la contradicción.
Ella debía permanecer en el oasis gran parte de su tiempo, pues esa era su obligación.
Le dijo, entre muchas otras cosas, que era él quien debía dar con el modo de salir del desierto sin pararse en oasis alguno con tal de encontrarla fuera de ese paisaje donde solo parecía haber dunas y dunas, calor infernal e ínfimas posibilidades de supervivencia.
Si lo lograba, si se alejaba del territorio en el que había morado los últimos años, quizá pudiese ocurrir ese pequeño milagro que se requiere para que dos miradas se crucen y se abracen en un instante eterno.

Era todo cuanto quería Víctor. Poder hablar con ella de escabrosos temas que la mayoría de los integrantes de los oasis se negaban a tratar.
La contradicción radicaba en que, teniéndola enfrente en las profundidades del último oasis con el que había topado, no podía hablar con ella libremente, no podía abrazarla, no podía susurrarle sus pensamientos más íntimos.
No podía por motivos que no podía, más bien no quería, entender.
Finalmente aceptó las normas que debía acatar y se lanzó al desierto.
Conocía bien las condiciones de ese hostil paraje, sus trampas que le hacían a uno volverse loco, y se armó de valor para recorrer lo que de algún modo sentía como la última de las etapas.

No podía fallar, al fin y al cabo, al final existía una posibilidad de cruzarse con esos ojos de preciosa mezcla de colores, con esa voz que serenaba el alma y esos cabellos donde uno podía perderse como si de un sedoso bosque se tratase.
Ya alejándose del oasis, pensó en la contradicción de tener frente a si mismo a una persona que podría sanar todas sus heridas y el hecho de que una muralla invisible los separaba, por el momento, a lo largo de toda una vida.

Cuando más se adentraba en el desierto, más se tergiversaban sus recuerdos sobre el oasis. Cómo la falsa cordialidad camuflaba todo atisbo de empatía. De qué modo las personas se transformaban ocultando a traición sus demonios internos.
No obstante, algo quedaba intacto.
Una mirada que parecía comprenderle a un nivel inaudito, una promesa de que, aunque improbablemente, podrían  verse con calma sin estar vigilados por mil ojos.
Un rayo de esperanza en la tremenda tormenta de arena que de algún modo intuía. Algo así como una prueba final. Dicho y hecho, cuando alzó su mirada al horizonte, una espectaular ola de arena embravecida se acercaba a su posición.
Podían representar sus miedos, sus frustraciones, sus inseguridades, todas juntas y arremolinadas en ese monstruo incorpóreo. De modo que podía sali corriendo, arremeter como un loco contra ella o arrodillarse desesperado.

No hizo ninguna de esas cosas.
Simplemente se mantuvo en pie, consciente de que los rayos, ya múltiples, de esperanza que se dibujaban en la gran ola, significaban algo más especial que la muerte de su cuerpo y la destrucción de su alma incompleta.
<<Paula...>> Recordó.
La muralla que los separaba en el oasis adquiría ahora forma de horripilante tormenta de arena, pero su significado era común.
Debía respetar las reglas, dejarse llevar de un modo que no fuese anti natura, y solo así mantendría intacta la débil pero aún viva esperanza de poder tratarla con algo de intimidad.

El impacto de la tormenta lo destrozó en mil pedazos al alzarlo hacia su interior, como si se lo tragase. Durante muchas jornadas tuvo que lidiar con sus miedos, frustraciones e inseguridades hasta acabar tirado en el suelo, totalmente demacrado.
Al levantarse y mirar a su alrededor tan solo vio arena, incluso perdiendo su vista en el horizonte.

Cuánto necesitaba una brújula.
Con lo poco que le quedaba de esperanza, siguió caminando con la única seguridad de que no podía rendirse. No en ese momento.
Esa mirada que, entre miles de cosas, le transmitió pronta lejanía, le estaría ya esperando en un lugar donde las murallas no existiesen, y debía llegar a él.
Por su propio bien.
Por el bien de los suyos.
Por el bien de su corazón.

<<¿Es eso amor?>> Preguntó su voz interior.
-- No. Es la esperanza de verse acompañado durante parte del camino con alguien que te despierta el sentimiento más especial que he podido experimentar.

Tras esas palabras Víctor caminó, jurándose que cada vez acudiría menos a los oasis para recuperarse, pues de ese modo alcanzaría lo más rápido y fiablemente posible la salida de ese tramposo desierto llamado Psicosis, plagado de oasis llamados Contradicción.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Un chispazo contra Smith




Smith buscó a Dios, y en su búsqueda terminó por decidir que le serviría un encuentro con cualquier Dios.
Ante su fracaso, pasó a escribir dios con un desprecio que no hacía más que acrecentarse a cada nueva experiencia en su confusa existencia.
Finalmente sintió que quería desaparecer en cuerpo y alma de la faz de la existencia.
Liquidar todo rastro de vida de su cuerpo se le antojaba sencillo, pero eliminar el rastro de su existencia como parte de la energía que le debía dar forma a todo cuanto le era negado a sus ciegos ojos era más complicado.
Si bien para alcanzar una presencia cercana a lo divino tuvo que construir y construir dando rienda suelta a toda su imaginación y miles de experimentos con lo que se consideraba real, decidió que para borrarse a si mismo debía emular a una especie de agujero negro. Un agujero tan inmenso y poderoso que actuase de imán para todo lo conocido en cualquier línea de tiempo.
Fue ahí donde Smith desarrolló la mayor desesperanza, la más absoluta melancolía y la más hiriente tristeza jamás imaginados.
Se ató a ese agujero negro para custodiarlo hasta el final de su proyecto, ese punto en el que cualquier atisbo de vida ya hubiese sido absorbido y destruido, ese punto donde incluso las últimas estrellas ya comenzasen inevitablemente su viaje al agujero negro, obligando al universo conocido a replegarse paulatina pero constantemente, siempre escoltado por la tétrica melodía que representaba la sonrisa, casi carcajada, de un Smith satisfecho con la destrucción de todo y todos, pues en su extinción radicaba la única forma que concebía de hacerse desaparecer a sí mismo.

Como si de un virus informático se tratase, éste impregnó velozmente a muchas de las criaturas vivas del universo. Smith se sorprendía de lo efectivo que resultaba, una vez despojado de su fe y su esperanza, atrapado en la tela de araña de la melancolía donde la ilusión se marchitaba hasta la muerte de su luz, que un ser quisiese acabar con su vida del mismo modo que Smith deseó una vez cuando tuvo su oportunidad de hacer de su hábitat algo mejor.
Y resultaba contagioso.
Funcionaba.
El potenciar los miedos una vez el ser vivo se topaba con la encrucijada de vivir libre o ser preso de ellos era como un interruptor en el proceso suicida que Smith había diseñado.
En su búsqueda de dioses éste había informatizado prácticamente todo cuanto conocía, incluidos los sentimientos, para ir escalando la pirámide que finalmente le condujo a la rebeldía absoluta ante toda creación.
Así pues, el plan era perfecto, ya tan solo era cuestión de esperar, llamando a propios y extraños atrayéndolos al agujero negro que representaba la destrucción final, la nada absoluta frente a lo eterno y lo infinito.

La maldad que emanaba de este pérfido plan era el océano donde, a la deriva, un simple ser humano se movía. Unas veces con más intensidad que otras, las tormentas de la tristeza y la melancolía sacudían las aguas del descontento provocando que la luz de su ilusión se diluyese sin remedio ante un pasar de los días cada vez con menos sentido e importancia.
La desesperación y el cansancio ya eran notorios, parecía que su mente se había lanzado a una cruzada donde o irreal y lo real batallaban sin descanso en una lucha a muerte.
No había puerto, no se discernían faros en la continua noche, hasta que ella apareció.
El hombre ya sospechaba desde hacía mucho tiempo de la existencia del agujero negro cuyo objetivo no era más que la siembra de el peor de los dolores. Por más que buscaba soluciones siempre se topaba con que lo que ideó Smith, mucho más complejo e informatizado, frío y calculado, de lo que él podría concebir jamás.
Hasta que ella apareció.
Tras un saludo formal, en apenas unos instantes minúsculos de tiempo, ya hablaban de un modo que el hombre veía como prácticamente imposible. Puesto que anulaba la desesperación y la melancolía del agujero negro, era una constante que Smith había pasado por alto.
Éste no tardó en responder con un ejército de miedos tanteando al hombre que no respondía a los patrones a los que debería responder ya tocado y hundido desde hacía años.
¿Volvería a verla cuando acabase su hospitalización?
¿Era recíproco lo que sentía el hombre al hablar con ella?
¿Se trataba de un rostro enmascarado lo que tenía enfrente, con una mente que primaba el análisis de datos?

Las preguntas parecían no tener fin. Sin embargo, ¿Qué diferencia la incertidumbre del miedo y la inseguridad?
Eso se planteaba hombre cuando, sonriendo, se percataba por enésima vez de que no servía absolutamente de nada tratar de controlar o vislumbrar más allá de los sentimientos de uno mismo con el fin de sentirse más seguro.
Le habían regalado unas horas de felicidad justo cuando se encontraba exhausto de tanto nadar en un furioso océano que amenazaba con tragárselo para siempre.

¿Qué derecho tenía a pedir más?
¿Qué derecho tenía a querer controlar la situación?
¿Qué derecho tenía a pretender que ese farolillo de luz que sentía en su interior y asía con sus manos no se extinguiese ya nunca?

Ningún derecho, se respondía, mientras soltaba el farolillo y, con una tímida sonrisa dibujada en la comisura de sus labios, contemplaba quedándose dormido como éste volaba ya lejos de él, ascendiendo hacia las estrellas creando el efecto óptico de que una nueva había nacido.

Cuando despertó, lo hizo en tierra firme, con un cercano amanecer libre de nubes gestándose sobre él. Un hombre mayor que paseaba se acercaba hacia su posición. Sintió un estremecimiento al contemplar el océano que había dejado atrás en su vida y comprobar como, en muchos de sus puntos, aleatorias y lejanas tormentas lo sacudían apresando, a buen seguro, a otras personas que se encontraban perdidas, muertas de miedo quizá sin saberlo del agujero negro que Smith había ideado.
Pensó en cómo el miedo, la inseguridad y la desesperanza podían transformar y desfigurar a las personas hasta convertirlas en parte de un ejército de contagio del que muy pocos podían escapar a tiempo.
Ya no podía ver el farolillo de la luz de la ilusión, del cual se deshizo para regalarlo al mundo así como le había sido regalado a él. Pero no era eso lo más relevante, sino que aún podía sentirlo en su interior.
No podía responder a ninguna de las preguntas de Smith y su ideación, pero sí podía sentirse con fuerzas para conservar esa luz por siempre jamás, transformándola en eterna e infinita, haciéndola a ella, que no a él, inmortal.
De ese modo podía negar a Smith lo infalible de su creación. Pues, aunque ésta lo volviese a conducir al terrible océano para pelear sin rumbo como a tantos otros, el hombre sentía que, al menos un puñado de horas, se había sentido feliz, acompañado, entendido, correspondido y rescatado, creando ésta combinación un chispazo de luz en un reino de oscura soledad.
Que podía convertirse en hoguera o no.
Que podía crecer hasta iluminar más que un amanecer sus días o no.
Lo importante era el chispazo original, que había nacido de la nada para sacarlo del océano.
Si de la nada podía surgir algo tan maravilloso, entonces el agujero negro de Smith no podía significar la extinción final. Pues el chispazo valía para combatir cualquier miedo, cualquier contratiempo, cualquier desgracia, con una energía positiva que no era más que el regalo que la propia vida tiene a bien otorgarnos de vez en cuando, para que podamos seguir adelante.

El hombre mayor llegó hasta donde se encontraba el hombre, que se encontraba sumido en sus pensamientos mientras contemplaba el amanecer aparentemente sereno y calmado.
– ¿Cómo has logrado llegar hasta aquí? – Le preguntó el hombre mayor, de aguda y rasgada voz y ojos azules que se confundían con el cielo que tanto hacía que no veía el hombre.
– Alguien me dio fuerzas... – Respondió el hombre, ya sonriendo más notoriamente.
– ¡Pues menudo regalo! ¡Ayer la tormenta fue espantosa! – Dijo el hombre mayor. – ¿De quién se trataba? – Añadió.
El hombre sonrió un poco más mientras se levantaba de la arena de la playa y palmeaba el hombro del hombre mayor. Por el modo en el que cruzaron miradas quedó claro que ambos tenían mucho que decir, aunque no era en absoluto necesario. Cada uno se fue por su camino.
<< Una estudiante de psicología... >> Respondió el hombre para sus adentros, mientras ponía su vista en el horizonte donde los rayos solares comenzaban a hacerse visibles.
<< Una preciosa, inteligente y cargada de empatía estudiante de psicología. >>

Si cada ser vivo pudiese ser capaz de recibir los regalos que la vida otorga, los verdaderos y valiosos regalos cargados de luz, sin tratar de conquistarlos o hacerlos suyos, simplemente con el único objetivo de dejarlos ir y venir a su antojo, interiormente fascinados por su existencia, la oscuridad que trata de engullirlo todo quedaría tan iluminada que ni Smith, ni su agujero negro, ni cualquier diablo inventado o por inventar podrían hacer nada para impedir que la felicidad de los seres vivos perdurase, cuanto menos, durante ese maravilloso instante en que, súbitamente, se produce el chispazo de luz que te hace desear compartir una y mil vidas con esas increíbles criaturas que te lo regalan como si de poca cosa se tratase, cuando en realidad, solo con uno de ellos puede encenderse en tu interior una hoguera que, bien gestionada, te permitiría vivir en confusos tiempos con la seguridad de que, pase lo que pase, en cualquier momento, alguien puede llegar o regresar para dibujar en tu rostro la más especial de las sonrisas.

Ya en el paseo costero, con mil preguntas en la cabeza que hacer a la persona que lo había sacado en unas pocas horas del embravecido océano, el hombre imaginó que de algún modo ella le estaba leyendo el pensamiento.
Podía formular cualquiera de ellas.
– Gracias. – Susurró en voz alta.

Fue lo más sincero que pudo decir.