jueves, 25 de septiembre de 2014

Amanecer de invierno



Hace diez años ya que un hombre cayó en un sistema de cuevas.
En la laberíntica oscuridad, avanzaba a ciegas hasta que vio una luz a lo lejos, acercándose. Se trataba de un individuo vestido de blanco que ostentaba una antorcha. Para sorpresa del hombre, que aún trataba de acostumbrarse a la luz, vio como el individuo de la antorcha lo agarraba por sus ropajes y lo lanzaba a un pozo donde le advirtió que estaba prohibido todo menos quedarse quieto.
Escuchó como se alejaba el individuo, aunque debió dejar la antorcha pues la luz no cesó.
Las paredes del pozo estaban repletas de frases plagadas de locura, y de tanto leerlas, desesperado ya, el hombre comenzó a pedir ayuda a gritos.
Acudieron varios individuos de blanco, y mediante cuatro clavos, lo inmovilizaron en el suelo.
Las horas siguientes sirvieron para que el hombre aprendiese a que en ese lugar gritar no le salvaría, mientras que al mismo tiempo alimentaron su ira, su furia y su deseo de venganza.
Le lanzaban comida desde lo alto de vez en cuando, dejando que hiciese sus necesidades en ese horrible lugar al que le habían lanzado por pedir ayuda.
Finalmente le liberaron.

Su fobia al color blanco era ya una realidad.
Veía a grupos efectuando estúpidas actividades, y, de vez cuando, casi sentía como una mujer lo atravesaba con la mirada desde una altura imposible de escalar, mucho menos con las heridas.
Tardó en comprender que si quería seguir libremente y con una antorcha su camino que debía sacarle de esas cuevas, debía participar en cada estúpida reunión, cada estúpido juego y reírle las gracias a cada estúpido ser vivo que morase en esas tierras.
Lo logró... Para encontrarse con el mismo sistema de cuevas de nuevo, aunque a una altura diferente.
Y siempre la mirada atravesándole el cerebro.
Un mal día, sobrecargado de sufrimiento, arremetió contra ella verbalmente y alteró todo aquello que en aquel lugar significaba la caída al pozo donde ser clavado. Fueron semanas de generar caos.
Entonces supo que había cometido el mayor error de toda su vida.

El hombre pasó meses en el infierno.
Se trataba de un encarcelamiento en una inmensa cueva, donde el hombre hizo lo que pudo ante el objetivo de los hombres y mujeres de blanco del lugar, doblegar la mente de las personas para hacerlas caer rendidas a sus pies dándoles la razón en todo, haciendo que el diablo que a buen seguro moraba esa cueva se alimentase constantemente de la personalidad, los ideales y el corazón de todos ellos.

Cuando salió, tras largo tiempo recuperándose de sus heridas, ya libre de continuar su camino por las cuevas, tergiversó un plan para ayudarse a sí mismo y lo enfocó a todo lo existente. Lo que finalmente explotó fue su cerebro.
Porqué delante suyo había un agujero desde donde entraba pura luz. Era la salida de la cueva.
Pero volvieron los individuos de blanco con la mujer rubia en cabeza.
El hombre sentía que podía dominarlos a su antojo, e inició un periplo con ellos que le confundía gravemente. Ver el sistema de cuevas desde esa perspectiva le daba a todo cierta lógica, pero la furiosa ira y la sed de venganza del hombre eran aún insaciables. A veces le dejaban visitar algunas cuevas que, en ese nivel, suponían siempre un gran descubrimiento acompañado de un profundo dolor.

Hasta que finalmente llegó a una acogedora cueva y, tras conocer al personal que curiosamente no iba de blanco, se sentó al lado, no cara a cara, de una mujer que le cambió la vida.
Mientras el equipo de la cueva decorada con dibujos y otras obras le demostraba con palabras y actos que no había nada que temer, la mujer de lo más profundo de la cueva no desarmaba al hombre, sino que le daba la oportunidad de despojarse de todo lo malo que esos diez años habían generado. Poco a poco el hombre fue cambiando, conociendo a personas increíbles que habían sufrido tanto o muchísimo más que él.
Comprobó como incluso los individuos de blanco también tenían corazón.
Y finalmente no le quedó más opción que perdonar y, sobre todo, pedir perdón.
Esperaba estar a tiempo de dar alegrías a su familia en lugar de hacerlo arder todo con cada antorcha que encontraba por el laberíntico entramado de cuevas.
Preguntó a la mujer cómo salir de ellas.
La respuesta fue que el hombre la albergaba en su yo interior, silenciado por tantos años de destrucción.

Se quedó en la cueva todo el tiempo que pudo, como en estado de shock. Finalmente le obsequiaron un grueso abrigo.
No hicieron falta preguntas, el agradecimiento del hombre era inmenso.
Recorrió todo el largo trayecto hasta el mismísimo punto inicial, donde tantos años atrás cayó en las cuevas de la sanidad mental.
Al haberlo visto en perspectiva todo resultaba mucho más sencillo.
Un desprendimiento de rocas favorecía la escalada casualmente y, al mirar arriba, se emocionó y lloró ríos de lágrimas. Subió, ascendió, y cada paso se le antojaba más importante que cualquier kilómetro recorrido en las cuevas.

Finalmente, estaba fuera.
Hacía frío, el clima era algo hostil y apenas tenía un par o tres de instrucciones para aprender a guiarse, pero en comparación con lo vivido...
Se puso el abrigo e inició su camino.
Entre las nubes grisáceas se contemplaba el tenue brillo de un sol que emergía.
Se trataba de un precioso amanecer.
Un amanecer de invierno.

8 comentarios:

  1. ¿ Qué tenemos aquí ? ¿ Se puede en tan corto relato plasmar lo implasmable ? cada frase requiere su estudio, cada grupo de frases más aún. ¿ Es posible que lo esté consiguiendo ? ¿ Por fin ?. Seguro que si. Pero aún con todo no pierde esa peculiar forma de escribir donde todo se complica, retuerce, anima, deprime, emociona, enfada, alegra... ¿ Qué más se puede pedir ? relatos, amigo. RELATOS. El viaje se vuelve apasionante.

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  2. es un relato diferente, es kafkiano, y mejor q esto nada puedo añadir. dejar mi blog, quizás, por si quieres devolverme la visita. saludos. (http://alejandrovargassanchez.blogspot.com)

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    1. ¡Por supuesto que lo haré!
      Gracias por el comentario Alejandro.

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  3. Ha sido un camino muy difícil con muchas caídas, pero que al final se ha conseguido salir y ahora solo toca seguir hacia delante e intentar no volver a caer en esas cuevas tan peligrosas. Así que adelante, ¡sigue así!

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  4. ¡Menudo viaje el de aquel hombre! el lector de este relato siente un gran alivio cuando sale al exterior :)
    ¡Saludos!

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    1. En efecto... ¡Es un gran alivio!
      Gracias por comentar :)

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