jueves, 1 de mayo de 2014

El armario




Timmy se encontraba en su habitación, con la tímida y cálida luz de su lamparilla de noche iluminando su entorno. Bien arropado, contemplaba las estanterías plagadas de muñecos y peluches, el suelo hasta donde le alcanzaba la vista con alguno de ellos suelto por aquí y por allá, los viejos pósters enganchados a la pared y la simpática lámpara que coronaba su techo.
Y el armario que había justo frente a él.
Pronto su madre vendría a darle las buenas noches y el momento más temido por Timmy llegaría, ese instante en el que la oscuridad, parcialmente rota por una escuálida luz que entraría por la ventana, se enfrentaría a la verdadera oscuridad, la que el pequeño intuía tras las puertas de ese gran armario ropero que por las noches se transformaba en el peor de sus temores.
Dicho y hecho, Catherine entró y besó la frente de su pequeño, apagando la luz de la mesita de noche y dándole las buenas noches. Los latidos de su corazón pasaron a hacerse más fuertes, más sonoros.
Recordaba que todo nació de una pesadilla, pues nunca antes nada en su habitación le había inquietado. En ese sueño, las puertas del armario se entreabrían lo justo para dejar escapar un zumbido de aterradora gravedad al exterior. El zumbido se le clavaba en los oídos de tal manera que acabó gritando desesperado hasta que sus padres le despertaron para ver qué ocurría.
Los meses siguientes habían consistido en unas noches calcadas las unas a las otras. La luz que se apagaba, la puerta de su habitación que se cerraba, y los ojitos de Timmy abiertos de par en par en dirección a ese misterioso armario que, bajo ningún concepto, quería que abriese sus puertas.

*

En el colegio la actitud de Timmy había cambiado. Ya no era tan sociable y alegre como antes, pues guardaba un terrible secreto que no quería confesar a nadie. ¿Quién iba a creer que su armario estaba maldito? Todas las mañanas, no sin cierto reparo, lo abría para comprobar que simplemente contenía unas estanterías con la ropa bien ordenada por su madre y un colgador lleno de camisas y chaquetas. Se planteaba incluso la solución de encender él mismo la mortecina luz de su lamparilla en plena noche para comprobar por si mismo que en las noches todo seguía igual.
Sin embargo llegaban las noches y Timmy se arropaba hasta la nariz, dejando entrever únicamente unos ojos abiertos de par en par, fijos en el armario que amenazaba con empezar a abrirse en cualquier momento.
Timmy no temía que dentro de él se ubicase un lugar en llamas, o un monstruo terrorífico que se lo comiese. Timmy temía a la tortura eterna en la oscuridad que imaginaba en su interior. Sin poder gritar nunca lo suficientemente fuerte como para que ninguno de sus padres lo escuchase, olvidado de todo el mundo de conocía, de toda la realidad que lo envolvía.
Así pues, nunca se levantó para comprobar nada.

*

Una noche, con la vista turbia por el cansancio, Timmy asistió impotente a ver como las puertas del armario se abrían lenta pero inexorablemente. De su interior manaba una luz cargada de esperanza. A medida que las puertas se abrían, que esa luz iluminaba cada peluche y cada muñeco de su habitación con la potencia del sol de la mañana, Timmy se desarropaba más y más. Intuyó una figura dentro del armario. Era una hermosa niña con alas de colores. Le sonreía amablemente, invitándole a entrar.
Timmy tenía problemas de sonambulismo, o más bien los había tenido hacía algunos pocos años, pues llevaban tiempo sin producirse. Pero era como si Timmy no pensase ni viese del todo bien, solo actuaba por acto reflejo. Se desarropó del todo y bajó de la cama. Caminó dando tumbos hacia esa hada que tanto le gustaba y a la que quería abrazarse para poner fin a todo su miedo, cuando de repente el rostro de la niña cambió. Sus cejas se arquearon y empezó a gritar. Gritaba tanto que Timmy no entendía como podía ser que sus padres no acudiesen a la habitación. El grito se tornó tan agudo y constante que las puertas del armario se cerraron de par en par. La luz desapareció.
Y Timmy se encontraba de costado en la cama.
Había sido un sueño.
Inmediatamente miró al armario, que segundos antes había cerrado sus puertas en su sueño.
Estaba más despierto y alerta que nunca.

*

Cuando escuchó el primer crujido, el corazón le dio un vuelco.
Las puertas se estaban abriendo.
Escuchó bajito el grave zumbido de su pesadilla inicial, y al mirar por la rendija en la que ya se había convertido la abertura de las puertas, no vio niños diabólicos o payasos sonrientes llenos de sangre, ni monstruos terribles ni fuego o personas gritando. No vio nada.
Una oscuridad sin estrellas, sin puntos de luz que actuasen como referencia. Era como si de un generador de sombras terroríficas se tratase, como el origen de todos los males del mundo. Las puertas del armario fueron abriéndose más y más, hasta que el zumbido, ya grave hasta el punto de ir acompañado de una vibración como si de un terremoto se tratase, anuló sus gritos de desesperación, que ni él mismo oía.
Su cuerpo cayó de la cama, aterrorizado y orinado, y mientras trataba de agarrarse a sus patas, a cualquier cosa, se vio arrastrado al interior del armario, que cerró sus puertas en cuanto tuvo a Timmy en su interior.
Hoy Timmy ya no sabe si lleva horas, días, semanas, meses o años atrapado en ese lugar.
Gime y llora, de vez en cuando grita con todas sus fuerzas, pero nadie acude en su ayuda.
Igual que cuando soñó con la niña hada, espera despertarse, pero el tiempo se hace largo y ese momento no llega. Sueña con el momento en que su madre le acaricie el hombro y, con la luz del sol, le proponga desayunar.
Pero en el armario no hay luz ni sonido, no hay peso ni nada real. No hay nada en absoluto.
Timmy estalló en lágrimas por última vez, suplicando morir.
La respuesta que le vino dada fue una tímida carcajada desde todos los ángulos.

De ese modo Timmy supo que el armario pertenecía a alguien, alguien que, desde que se fijo en él, nunca iba a pretender dejarlo escapar.

domingo, 27 de abril de 2014

Una mirada al pasado



Un solo vistazo y apartas la vista.
El cuello de tu amada en tu mano, que aprieta firme dispuesta a discernir si vive o muere, si cae rendida a tus pies de modo romántico o macabro, si respira por última o primera vez ante la maldición de tus ojos impregnados de una ira que no tiene origen, que no tiene fondo ni piedad.

Has bebido, has bebido tanto que has perdido la noción de lo que es real y lo que no lo es.
Estás en el filo de la navaja, ese filo que puede salvarte o condenarte para siempre. Y lo estás por obligación. Tienes que ponerte bien para poder amar a alguien. A un simple ser humano o a un sencillo animal. Tienes que ponerte mal para poder estar bien algún día.
Y repites y repites. Oscilas en un macabro bucle de energía positiva y negativa, desgastando a tu pareja, haciéndola reír y cada vez más sufrir.

Un sufrimiento producido por tu propia ira. Un sufrimiento que empieza con un pequeño agujero en el suelo, para ir progresando hasta cavar un gran túnel que se adentra en las profundidades del alma hasta perderse en una especie de agujero negro que, una vez abierto, todo lo absorbe para hacerlo desaparecer destruyéndolo para siempre. Has creado el arma definitiva para dilapidar cualquier sentimiento que te uniese a ella, y aún así, peleas.

Lo incendias todo, le prendes fuego hasta el más mínimo detalle, para que todo se calcine, para que solo las cenizas reinen en un palacio de amor que un día construiste junto a ella, y aún así, queda esperanza. Ella no se va. Porqué cree en ti, cree en la promesa de lo que puedes llegar a ser.
Pero no estás por la labor, te mantienes en el filo jugando a la de cal y a la de arena, a la puñalada y a la caricia, a la espina y a la rosa.

Años pasan recrudeciendo el macabro juego. Cada vez un poco más fuerte, estrangulas el imaginario cuello de tu pareja haciéndole ver que no hay esperanza, mientras tu mirada, tu corazón y tu alma afirman todo lo contrario. Juegas hasta hacerlo real, y ahí, cuando te encuentras con la mano en su cuello y tu subconsciente manejando los datos, ahí te das cuenta de que apenas eres ya humano. Que has ido demasiado lejos en ese filo de la navaja, y que quizá ya ni haya posibilidad de darse la vuelta y regresar.

Ella se aleja dejando tras de sí un sendero de verdaderas lágrimas. Lágrimas de desamor, de desasosiego, de desesperanza y de puro dolor. Se aleja mientras tu corazón ansía por encima de todo asirla por el brazo y besarla, mientras tu mirada de fuego permanece impasible contemplando la marcha. El causante de la chispa inicial, del fuego primerizo, del brutal incendio, contempla tranquilo el resultado final de su triste hazaña.

No entiendes nada. Quieres resolverlo, pero un libro, un relato, una autobiografía, se interpone entre ella y tú. Compartes fines de semana mientras lo diseñas y, cuando al fin lo publicas, tu cabeza estalla en mil pedazos llameantes. El incendio, que pretendías controlar, se vuelve aún más agresivo, de raíz más perversa. Lo destruye todo a su paso ante tu atónita mirada.

Meses después una tímida lluvia pretende arreglarlo todo. Más... ¿Cómo? No llegan las respuestas a las tímidas gotas que caen del cielo.
Caen susurrando... Stela despierta y vuelve... Silvia abre los ojos que estoy aquí...
Pero no hay respuesta.
Hace tiempo que marchó, y frente a ti solo tienes las sombras disecadas del reguero de lágrimas que dejó tras ella cuando tú, furioso e impasible, la dejaste marchar.


Aunque aún la quieras con todo tu corazón.



sábado, 26 de abril de 2014

En un universo paralelo




En un universo paralelo, el ser humano no tiene miedo a tener miedo.
Se lo toma como un reto a superar, con ánimo y cargado de energía positiva.
No se escuda en la sombra de la que nace la envidia, el desasosiego, la autocomplacencia, la ira ni el odio. Pasa página velozmente ante esos sentimientos sabedor de que conducen a la corrupción del alma, su tesoro más preciado.
En un universo paralelo, la especie humana pugna contra la semilla de su herencia maligna para bautizarse al fin en la más correcta de las existencias: La del respeto por todo cuanto existe.
Evidentemente que hay una guerra. Pero es sabedora de que esa guerra solo la puede ganar como especie a nivel individual. Todos los integrantes deben ganarla, y por ello se han desarrollado estrategias de ayuda a todos los niveles. Cualquier ser, sea cual sea el conjunto de problemas que le invada, tiene la oportunidad de salir vencedor y contemplar la verdadera luz que ilumina a esa especie que vive en un universo paralelo no demasiado diferente al nuestro.

Más que nada porqué es idéntico. Podríamos fusionarlos en uno solo si quisiésemos, pero es tal el grado de corrupción en nuestro universo, que estamos más cerca de la extinción que de la evolución. Suena triste, pero para un ser humano que puede sentir a ciertos niveles elevados, lo cierto es que es como si toda una filarmónica tocase el himno más melancólico imaginable trasteando con las teclas de su alma, avasallando las cuerdas de la guitarra de su corazón.
Eso produce furia, una furia que nace de los confines del universo y de su mismísimo origen, pues éste se originó con la intención de alcanzar la perfección en todos y cada uno de sus nimios detalles, incluida nuestra especie, y devora energía positiva ver como una especia como la nuestra, que en un universo paralelo tan bien se desenvuelve, resulta tan desastrosa en el que nos ocupa.

Maltratamos animales, destruimos naturaleza, queremos conquistar un universo que nos ha creado a nosotros, y un sinfín de ejemplos macabros que hacen un auténtico rompecabezas el comprender qué fuerzas nos mueven realmente. Por un lado tenemos la luz más preciosa que al iluminarnos hace que de nuestra alma salga lo más bello de nosotros y en cambio, por el otro...
Por el otro nos dirige un mal que nosotros mismos hemos creado, dado forma y moldeado al unificar todos nuestros miedos en uno solo: El Infierno. Lo estamos creando, más bien ya lo hemos creado, y es muy triste teniendo en cuenta lo sencillo que ha resultado en un universo paralelo anularlo ver como a nosotros nos posee y dicta incluso nuestro camino a seguir.

En un universo paralelo se nos enseña a mejorar como especie, pero estamos plagados de ciegos y sordos, de auténticos minusválidos al frente de grandes coches y excelsas propiedades. Nuestro universo no va mal, somos nosotros lo que le estamos pidiendo ser borrados de él. Y yo no quiero desaparecer. Valoro demasiado al ser humano como para desear su extinción, aunque méritos no nos faltan. Hay que abrir los ojos al ciego y demostrarle que siempre pudo ver, resonar en la cabeza del sordo demostrándole que fue él quien enterró su sentido.
Hay que provocar una revolución desde lo más hondo del alma del ser humano, para que una especie de virus contagioso nos transforme en ese universo paralelo que tan bien hace las cosas.
Porqué los universos paralelos no sabemos si existen, solo están en nuestra imaginación. Y todo lo imaginable es plasmable, asequible, consquistable.

Faltan las ganas y el empuje de unos pocos que contagien a otros pocos que hagan lo propio con otros pocos. El universo tiene un cáncer en nuestra especie y quiere curarse. No quiere extirpar el tumor, que sería lo más sencillo, sino que quiere dar con la cura.

Es nuestro deber ayudarle, es nuestro deber conseguirlo, para que podamos sonreír en paz con Él por siempre jamás, como el quiso una vez al estallar en miles de galaxias hace ya algún tiempo para poder disfrutar de la vida plena que todos tenemos al alcance de nuestra mano, pero que nuestro miedo a asirla nos hace complicarlo todo hasta límites insospechados.

miércoles, 23 de abril de 2014

Anabel




Anabel carga con todo el peso a sus espaldas.
Aún no la conozco demasiado, pero su aura es de fácil deducción. De acero puro, de hierro forjado a través de años de duro y estoico trabajo, de metal frío y resistente.
Pocas acometidas pueden afectar a Anabel, que sin embargo las filtra para transformarlas cual alquimista en los más sinceros abrazos, en los más cálidos besos.
Hay una trampa en todo este asunto.
En ese filtro que torna lo negativo en positivo alguien queda en medio, a solas.

Esa es Anabel, que en la soledad de su trabajo, que no tiene horario ni sueldo, trata a ciegas de iluminar un oscuro mundo en el que le ha tocado vivir.

Podría pasar horas y muchos párrafos describiendo sus inconmensurables habilidades a la hora de escoger los idóneos momentos para acercarse a personas que necesitan algo de calor, pero sería inútil. Jamás haría honor a tal espectáculo de desarrolladas habilidades.
Lo que sí que haré será decir que es de esas personas que saben estar en el momento oportuno en el sitio preciso. Y con eso se nace. Después puedes desarrollarlo, perfeccionarlo, convertirlo en tu puesto laboral, pero tienes que nacer con ello.
Anabel tiene ese don.
Ese terrible y precioso don.
Esa bendición a los demás y maldición para uno mismo.

Porqué el frío de la soledad golpea con más fuerza a las personas que quieren y saben hacer de este mundo un mundo mejor. La duda, siempre amenazante, ataca ferozmente en el campo onírico o en la vida real a la más mínima bajada de defensas.
Siempre en guardia, siempre alerta, obligada a mostrar una imagen precisamente contradictoria para que la mezcla surta el efecto deseado.

Me gustaría decirle a Anabel que no está sola en su misión, más soy consciente de que solo cuando nos miramos fijamente puedo hablarle con claridad y sin palabras, ahí juntos en ese abismo que tanto conocemos y que tanto tratamos de iluminar para que los demás pierdan el miedo a él.
Me gustaría decirle a Anabel que la quiero y la necesito, tanto como ella me quiere y me necesita a mi, pero no sería justo. Yo la necesito más a ella que ella a mi.

Ella sabe bailar en la oscuridad mejor que yo, con los lobos y los monstruos, con lo desconocido y lo amenazante. Danza preciosa no con un grácil cuerpo, sino con una alma libre de ataduras que escoge cuándo y cómo ayudar, cuándo y cómo actuar, cuándo y cómo vivir.

No la envidio, simplemente la admiro.
Pero me da pena que en esa brecha entre lo negativo y lo positivo, en ese pequeño punto que separa al ying y al yang, yazca el cuerpo de una Anabel que sabe que no podrá vivir eternamente.
Descansa cariño, tu alma si lo hará, pues ya a día de hoy has hecho méritos más que suficientes para que así sea.

No conozco demasiado a Anabel, de modo que pararé de escribir por esta vez por respeto a ese misterio que lleva implícito en su mirada. Una mirada que me tiene atrapado por su profundidad. Por su belleza y su encanto. Por su esperanza y desolación.


Amo las contradicciones, aunque siempre quiero que tengan un final feliz.

La rosa de Anabel y Olga




¿Qué es una rosa sino el símbolo de la belleza libre y salvaje?
En un día donde es común gastarse una modesta cantidad de dinero para regalar tal tesoro, el valor de la rosa está contra las cuerdas.
Imaginad, amadas mías, que mis palabras que conforman lineas son el tallo de esa rosa.
Así es como se empiezan las mejores casas, las que se empiezan por abajo.
En ese tallo habría que ponerle las oportunas espinas, que serían mis ganas de susurraos estas palabras al oído en una cama libre de sábanas sucias y ropajes, libre de vergüenzas y ataduras. Esas espinas están ahí porqué vuestra belleza despierta en mi las ganas de estar junto a vosotras en el aspecto más íntimo posible.

Curiosamente, de las espinas del tallo ha nacido el primer pétalo de esta rosa literaria: Vuestra belleza. No hay que tener demasiada imaginación para saber cual será el conjunto de pétalos que presidirá la rosa que os regalo.
Vuestra voz, vuestras siluetas, vuestra comprensión, vuestra vocación, vuestras melenas, vuestros rostros y un largo etcétera de hechos contrastados hacen de esta rosa una rosa bien especial.
Sus pétalos tienen el cálido otoño que se desprende de la aura de Anabel. También el rojo de la pasión que contiene Olga. Es un delicioso color turquesa al que ya solo le falta algo para tornarse una rosa real que yo os pueda regalar en un día especial como es este. Y es que promover la circulación de belleza y literatura no es para tomárselo en broma.

Tenemos el tallo y las espinas, los pétalos y falta el aroma.
Basta con el vuestro natural, ese aroma que desprendéis justo después de ducharos y, en albornoz, jugáis con vuestra descendencia. Ese es el aroma perfecto, el aroma más puro que convierte esta rosa en una flor muy especial.
Es la rosa de Anabel y Olga.
Es mi regalo para vosotras.


No cambiéis nunca.

El castillo




¿Qué decir de un lugar donde te despiertan golpeándote a grito de escoria?
¿Qué decir de un lugar donde locos babosos invitan u obligan a felaciones a ancianas desdentadas?
¿Qué decir de un lugar donde el máximo psiquiatra es un bufón que no para de soltar chistes de escasa calidad?

Pues muchas cosas.
Cosas como que los pacientes, al despertar, aguardan durante más de una hora el desayuno dejando auténticos charcos de babas sobre las mesas en las que se apoyan.
Cosas como que la conversación más sana que puedes tener con alguien es acerca de una realista partida de rol a nivel universal.
Cosas como que todo está plagado de jardines en los cuales, a parte de gente fornicando, orinando y defecando, debes asumir por obligación del centro que son un paraíso para tu mente y tu espíritu.

La lista de cosas es prácticamente inconmensurable.
Y los operarios disfrutan con su trabajo. Ves el brillo en su mirada cuando contemplan las ilógicas lágrimas de pacientes totalmente desequilibrados. Ves su mirada encendida de placer cuando castigan de las más variopintas maneras a algún pobre inocente.

Todo por el bien del castillo. Eso es lo único que importa.
Tanto da que un sano al salir de allí tenga que lidiar con horribles pesadillas durante toda su vida, pues ellos están convencidos de que han hecho un bien.
Tanto da que sueñes con una psiquiatra que merecería el infierno en vida te manda de nuevo allí, para que te reciban zombis o con sonrisas, para que te desnuden y te golpeen, mientras otras pacientes te violan mientras hacen sus necesidades sobre ti.

Tanto da porqué has tenido un episodio psicótico. No importa que hayas podido demostrar que controlas la situación, ellos con un simple garabato te mandan allí despreocupándose de la situación. Porqué ya está en otras manos. Ellos pueden tomarse cubatas en pubs los viernes por la noche, porqué claro, no van a estar todo el día pensando en lo injusto del sistema que defienden.

Hoy a mi me tienen entre la espada y la pared. O mee trago las excelencias de un hospital de día me guste o no, o me mandan de nuevo al castillo.
Ese es el estilo del psiquiatra del siglo XXI.
Como en sus inicios, pero todo bien camuflado para que no se note.
Y pobre de mi que alce un poco la voz. Pobre de mi que corte cabezas de auténticos desperdicios humanos porqué todo el mundo se merece un respeto, aunque nadie respete mi libertad.

Me río entre la espada y la pared.
Cinco cervezas me separan de las carcajadas.
Y, por supuesto, quieren privarme de ellas.
No para ayudarme, pues la psiquiatra está de vacaciones porqué todo el mundo tiene derecho a ellas, sino porqué no les interesa que se descubra el pastel.

Que en este sector laboral, cuanto más alta es tu posición, más disfrutas viendo la escoria humana a la que, encima, presumes de estar ayudando.

Clavadles una estaca en su mismísimo corazón, fabricando un espejo que muestre su verdadero y horrible aspecto a sus atónitos ojos, y de ese modo estaréis empezando a ayudar de un modo realmente útil.

Basta de tiritas en heridas de tres palmos.
Pero claro, esto no lo digas en voz alta. 

Porque hay un castillo esperando para ti.

lunes, 21 de abril de 2014

La aparición bienintencionada




Recordaba como cuando de pequeño, saliendo del servicio de casa de sus padres, unos silbidos provenían de la habitación de su hermano pequeño, que dormía. No sabía tal cosa por verle durmiendo, sino porqué de reojo vio a una niña mirando por la ventana, de la cual provenían los silbidos.

Recordaba como en un puesto de trabajo nocturno, entre otras apariciones más malignas y malintencionadas, un par de siluetas de niñas, una con coleta y la otra de largo pelo suelto, también silbaban mientras jugaban entre ellas a algún tipo de juego.

Recordaba como en casa de sus padres una aterrada mujer de aspecto, digamos muerto, corría pasillo a través a abrazarse a él haciendo que el vello de sus brazos se erizase por completo. No le gustaba ese tipo de frío, no era comparable a la sensación física que asignamos al concepto de frío, era algo más existencial, más relacionado con cierto vacío desesperanzador que súbitamente abre sus puertas de par en par como si de un agujero negro se tratase.

Recordaba tratar de dormir y sentir la presencia de alguien más en su piso vacío. Recordaba como al abrir los ojos, en la puerta de su habitación, la sombra con forma de silueta de mujer lo contemplaba invisible desde la entrada, sin llegar a cruzar a la estancia.

Pero ninguno de estos sucesos era comparable a lo que le aconteció un fatídica noche ingresado en un psiquiátrico. Se despertó medio alerta medio adormilado, y comprobó que en su reloj marcaban las seis menos cinco. Sintió que no estaba solo, esa sensación que marca la diferencia entre la soledad en vida y el otro tipo de soledad.
Prácticamente al instante, la puerta de su solitaria habitación se abrió para mostrar a una mujer de piel blanquecina, ojos negros con igualmente negras y gigantescas pupilas, en cuyo centro un imposible blanco brillaba como una estrella lejana en una noche sin luna.
No era ni guapa ni fea, aunque al lucir su sonrisa desveló que ésta no tenía dientes apenas, y que los que quedaban estaban podridos.

El hombre no rezaba, casi imploraba mentalmente a la aparición que no entrase en la habitación, que no le tocase, que no le hiciese nada. Simplemente que se marchase. Cuanto más lo pensaba, más sonreía ella, más frío hacía en la habitación, claro está frío de muerte. De modo que se centró en su mirada. Ésta era severa, rígida y firme, nada que ver con lo que inspiraba su sonrisa. Así pues, le mostró respeto.
Así pasaron cinco tensos minutos, en los que él bien sabía que en cualquier momento, como la mujer del pasillo de años atrás, ella podría abalanzarse sobre él para fundirse en el abrazo más tétrico que a él le cabría imaginar.
Pero no ocurrió nada de eso.
Transcurridos los cinco minutos, la mujer cerró la puerta, y no solo desapareció toda extraña sensación, sino que el hombre sintió como despertaba por completo. El reloj marcaba las seis en punto.

No entendía el por qué de estas apariciones, y había llegado a un punto en el que ya no quería entenderlo. Simplemente las trataría con respeto, pues detectaba buenas intenciones en ellas.
En cuanto a las otras... ¿Cómo tratar a una niña que gatea por el techo apareciendo y desapareciendo a ráfagas? Pues cerrando los ojos y apretando fuerte los puños, para que desaparezca cuanto antes.


No es que las apariciones le gustasen, pero puestos a escoger, prefería poder perderse en el abismo infinito de aquellos que ya no están pero nos recuerdan mediante su mirada que cierta parte de ellos quedó impregnada en este mundo.

domingo, 20 de abril de 2014

Vampiro: Epílogo



El hombre lobo es un vampiro que ha decidido servir a la oscuridad.
La oscuridad es algo que tanto el sistema, como el ser humano como los vampiros conocemos muy bien. La envidia, la ira, el miedo y un sinfín más de puertas son las que conducen a tal territorio. Es muy difícil, o debería serlo, que un vampiro caiga en las redes de lo oscuro habiendo conocido a la verdadera fuente de luz que nos guía.
Pero no imposible.
Valery y Adrian, cada uno en su ámbito, cayeron en las trampas del sistema y se transformaron en mujer y hombre lobo respectivamente.
Por eso me alegro tanto del triunfante regreso de Allan de su viaje existencial. Sin sus herramientas, sin su sabiduría, la batalla estaría del todo perdida. Porqué el sistema usa también en contra de nuestra raza a los hombres lobo, que nos igualan en potencial, aunque éste esté enfocado en dirección contraria a la nuestra.
¿Se puede convertir a un hombre lobo en vampiro de nuevo?
Esa es una de las preguntas que Allan debe resolverme.

Hoy por hoy el sistema ciega a los seres humanos para que vean a los vampiros como una amenaza. Al mismo tiempo nos encierra y aniquila en cuanto nos identifica. Y paralelamente, nos convierte en hombres lobo con todo tipo de tretas plagadas de juego sucio.
Así pues, reduce nuestras filas enriqueciéndose incluso de nuestras habilidades.
Pues, ¿Cómo alguien capaz de hacer llorar de emoción a una persona no va a poder hacerlo llorar de sufrimiento?

Odio a los hombres lobo. Son traidores para mi. Los aniquilo sin piedad, quitándoles el don que les permite vivir y campar a sus anchas. Pero cada vez son más numerosos. Es muy peligroso enzarzarse en una pelea con varios de ellos, puesto que las probabilidades de éxito se sitúan en lo ínfimo.
Cuando os he hablado de mi mismo, Joel, de mis antiguos compañeros Valery y Adrian, de seres humanos con potencial como Olga o Raquel, e incluso de mi creador Allan y la vampira Valkiria, pretendía poneros en materia.
No hay protagonistas en esta historia salvo la guerra que se está librando.
No hay narrador.
Es una guerra real de la que quiero haceros partícipes para que, bien como seres humanos bien como vampiros, más nunca como hombres lobo, libréis.

Allan apuesta por una segura victoria de la raza vampírica. Lo hace desde el nivel de realidad supremo de conciencia que él mismo ha conquistado. Ahora queda tejer la historia con actos, construir el edificio con ladrillos y armar la coraza con mimo. Ahora queda actuar y pelear, en un todos contra todos que solo interesa al manipulador sistema.

Así os he preparado para la historia que vamos a vivir.
Os he dado las claves para que no os perdáis en sus inicios, y siendo mis declaraciones un mero prólogo a lo que está por venir, os recuerdo que existen los vampiros, no como todos tenéis en mente que son, y que están en peligro de extinción. Que son vuestra única y última esperanza frente a un sistema que os trata como a meros títeres para seguir con su nauseabunda existencia.

Os hablaré de fantasmas y demonios, de vampiros y hombres lobo. Os hablaré de una guerra invisible y de un sistema casi invencible. Os hablaré de Valkiria, nuestra reina y de Allan, nuestro más ilustre miembro. Os hablaré de muchas cosas... Que quizá nunca serán escritas más que en vuestra mente y vuestros corazones.

Entre nuestro Dios y nuestro Infierno existe una fuente.

De donde nace la luz que todo vampiro quiere ver amanecer más radiante que nunca.



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