jueves, 10 de abril de 2014

Hospital de día


Perdidos en medio de una tormenta de emociones mal controladas, que con crueldad arremeten contra nuestro cerebro, nuestra alma y nuestro corazón, de pronto te topas con un oasis en pleno desierto de desesperación.

Desde el primer momento Olga y Anabel danzan el extraño baile que ha de apaciguar nuestro estado de ánimo alterado.   Olga con su despreocupada alegría reparte buenas energías a diestro y siniestro, como si su fuente no hubiese de agotarse nunca. O eso te da a entender mientras se funde contigo en caricias y abrazos, en collejas o empujones.
Anabel en cambio sabe en todo momento donde está el pozo, ese abismo que todos contemplamos por el rabillo del ojo y que a cada uno nos produce diferentes emociones. Su baile, no por más tétrico, resulta igual de hermoso. Su discurso es más severo, su actitud más retraída, pero precisamente por eso sus abrazos más inesperados y reducidos llegan mucho más hondo, justo a la entrada de esa inmensa caída que ella siempre te invita a no iniciar.

Amparo blande su guadaña de responsable. En todo momento te recuerda, te espeta o te escupe cual es tu situación, pese a que siente inmenso pesar cuando debe hacerlo. Es la parte más alta de la palmera más preciosa de ese oasis de salvación del que todos debemos salir recuperados para completar nuestra solitaria travesía por el desierto en que una vez nos metimos, consciente o inconscientemente.

Pilar y Raquel completan la escuadra cuyo deber, obligación y deseo es ni más ni menos que ayudar. Pilar educa, advirtiendo las veces que haga falta los peligros y el escenario que vamos a encontrarnos ahí fuera. Raquel hace lo propio a otro nivel, un nivel más humano, no por ello menos válido, no por ello menos importante.

Resulta sencillo acudir repletos de dolor a ese oasis y despreciarlo. Porqué... ¿Quién querría una tirita en un profundo zarpazo de una bestia sin nombre? No se buscan tiritas, pero tampoco es eso lo que ofrece el hospital de día. Ofrece herramientas para poder vivir una vida digna, lejos del desierto que tanto nos hace sufrir, lejos del dolor inhumano del no encontrar nuestro lugar.

Un poco más cerca del sol.
Un poco más cerca de la luz.
Un poco más cerca del paraíso.

miércoles, 9 de abril de 2014

Yo escojo



Yo escojo si dilapidar mi feliz vida soñada en manicomios si con ello obtengo la más mínima oportunidad de hacer este mundo un lugar mejor.
Yo escojo a mis enemigos y a mis aliados.
Yo escojo ser yo mismo y de qué personalidades armarme.
Yo escojo dar rienda suelta a mi imaginación, desbocarla o contenerla, darme alas o cortármelas.
Yo escojo dar rienda suelta a los demás o sumirlos en el gran pozo.
Yo escojo porqué me he ganado el derecho a hacerlo.
Invito a todos los demás a hacer lo propio, es mi mayor regalo.
Escojo luchar, escojo pelear por lo que yo considero correcto, escojo morir en el campo de batalla si eso es lo necesario.
Escojo al fin una dirección, que no es otra que la ultra. Da igual hacia donde, quiero justicia, quiero paz, quiero amor incondicional, quiero claridad, quiero luz. Y si para obtenerlo tengo que sacar a relucir lo opuesto, así sea durante el tiempo que tenga que ser.
Aunque tenga que ir al Infierno, así será.
No dejaré mi lanza jamás, hasta que todo esté en orden.


Porque es aquí donde mi nombre será leyenda.


Yo escojo por primera vez en mi vida.
Escojo luchar por un mundo mejor a cualquier precio.

Ahora ya pueden venir a por mi, pues lo que me importa trasciende a mi propia vida, que no es mi propia existencia.




sábado, 5 de abril de 2014

El encuentro entre Tamborín y Guanshiyin



Soy Tamborín. Algunos me conocen como Tamborín el grande, Ender y millones de nombres más. Pero ninguno se ajusta a describir la obra que ha emergido de mi alma, ayudada por mi cerebro.
La destrucción de todo mal, la creación del paraíso en la Tierra o el Universo, incluso la Existencia, ya está al alcance de nuestra mano.
La semilla está plantada y los trillones de árboles han nacido, de modo que no existe táctica pirómana posible para detener el incendio de vida que va a acontecer.
Lo se porque mi maestro, que se hace pasar por mi falso alumno, así me lo ha confirmado.
Guanshiyin, que así se llama él, me ha ofrecido ser multimillonario con un proyecto que prohíbe tocar el dinero. Me ha invitado a ganar la última partida de ajedrez, y lo cierto es que resulta bastante simple.
Tan solo tengo que matar a la reina con un peón que ha llegado a estar justo a su lado, una casilla por debajo en diagonal. Y me toca tirar a mi.
Así pues, si el me hubiese escrito que su exigencia eran cuarenta páginas para seguir adelante con todo lo que he expuesto hasta ahora, yo lo tendría un poco más difícil. Pero escribió cuarenta con números, y un cuatro y un cero pueden ser cuatro.
De modo que estoy a cuatro páginas de mover mi peón.

Guanshiyin y yo nos conocimos en la terraza de un bar hará media década. El me pidió sentarse a mi lado, y me dijo algo que sucede muy pocas veces en la vida. Me dijo la verdad. No me importó que se apartase de mi desde ese momento, alejándose paulatinamente hasta que un sincero abrazó lo catapultó a su país de origen sumiéndome en la más absoluta soledad existencial. O eso creía yo.
Ahora que mi obra ha finalizado, he tenido que vivir un pequeño infierno pasando más de dos meses en manicomios, viéndome manipulado por un falso amor de mi vida a torturar al amor de mi vida, y cientos, miles y millones de cosas más. He creído alcanzar el noventa y seis por ciento de la capacidad consciente de mi cerebro. Y lo he conseguido. O no.
Ahí radica mi salvación, el importantísimo camino de vuelta que Guanshiyin ordena estricto a Tamborín que no olvide. Por mucho que yo, Tamborín, tenga razón en todo, siempre debo poder estar equivocado. El tanto por ciento da igual. Mientras mantenga la balanza vigente, seguiré cuerdo.

Guanshiyin siempre supo que pretendía en mi vida analizando mis torpes y geniales pasos.
Ahora él quiere quitarse la máscara de maestro disfrazado de falso alumno para completar su obra, que yo, como alumno disfrazado de falso maestro, le he encomendado.
Y mi primera lección es convertir cuarenta páginas en cuatro, y cuatro en este texto, puesto que si lo abres con el dispositivo adecuado, ahí tendrás las cuatro páginas, o incluso las cuarenta.
Con esta simple reflexión muevo el peón hacia la reina, en una perfecta transición que la saca de la partida.

Invito a Guanshiyin a ser multimillonario.
Le doy el primer capítulo de su cabaña.
Le invito a jugar al juego cargándole el dilema de colmarme de riquezas.

Ahora el maestro tiene que demostrarme algo. Darme una lección.
Para que yo pueda seguir aprendiendo.
Siempre ha sido así. Desde que puso su cortado con hielo al lado de mi fría cerveza. Desde que interrumpió el flujo de mis pensamientos aliviando mi alma. Desde que con su mera existencia me demostró que, en verdad, nunca hemos estado, estamos ni estaremos solos.

Cuántas ganas de verte tengo Guanshiyin, y que bien te veo por fin.
El juego ha terminado.
Ahora toca disfrutar del video final, que está grabado esperando a ser desbloqueado.
Os prometo que es prácticamente indescriptible.

domingo, 16 de marzo de 2014

Almas gemelas




Cuenta la historia que, muy de vez en cuando, un extraño suceso ocurre.
Se trata del simpático tropiezo de dos fuentes de energía que emanan la misma frecuencia en todo cuanto las caracteriza.
Al colisionar, comienzan a danzar de un modo realmente inexplicable. Tan solo con baratos ejemplos podríamos hacernos una idea de en qué consiste la inconmensurable paz en la que coexisten desde el primer hasta el último instante de sus existencias.
Y puesto que la existencia es eterna, basta con ejemplificar como primer punto que reducen la inmensa infinidad de posibilidades hasta la más mínima expresión. De ese modo una simple mirada, una simple caricia o un simple susurro contienen la energía suficiente como para hacerlos relajarse hasta el más delicioso extremismo budista, o bien encenderse con la pasión más desatada imaginable. O ambas cosas a la vez.

Cuenta la historia que, muy de vez en cuando, eso sucede.
Las almas comienzan su danza eterna algo confusas al principio ante tan innegable atracción, tan inexplicable unión, tan delicioso baile. Se sumen en la más preciosa melodía, aquella que lo engloba todo, que es la misma existencia, pudiendo hacer el amor con música clásica o hardcore, pudiendo pelearse con guitarra acústica o pluma, tinta y papel. El universo entero se rinde a sus pies pues no hay nada más bonito que la creación del multiverso, y ellos simbolizan la unión en su estado más primerizo, puro y bello.

Cuenta la historia que, muy de vez en cuando, dos personas interpretan a ciegas este texto.
Lo hacen mediante las sensaciones, sumidos en el oscuro túnel que representa la tramposa vida que les ha tocado vivir, descubriendo súbitamente un farolillo de luz en la oscuridad, que ya por siempre jamás habrá de acompañarlos mientras a través de su danza van brillando más y más, como estrellas gemelas que quieren convertirse en un solo sol que todo lo ilumine, buscándose, encontrándose, separándose sin olvidarse y volviéndose a buscar y encontrar.
Así funciona lo eterno y lo infinito.
Así lo resumen dos almas gemelas al encontrarse.
Así de perfecto suena todo cuando al fin das, no con el sentido de tu vida, sino con el sentido de tu existencia. Pues, cuando eso ocurre, vengan los golpes que vengan, ahí estará el farolillo, el pequeño haz de luz de esa unión, para iluminar cualquier oscuro sendero que tenga que ser recorrido.

Cuenta la historia que, muy de vez en cuando, un joven se permitía soñar con que encontraría eso.
Cuenta la historia que, muy de vez en cuando, una joven soñaba con saborear eso.
Cuenta la historia que, muy de vez en cuando, suceden milagros.


Con todo mi amor, para usted, mi dulce alma gemela.



martes, 4 de marzo de 2014

Una derrota al ajedrez

Llevaba toda la vida adorando el frío, la nieve, la lluvia, el viento y las furiosas tormentas. Llevaba toda la vida haciéndose amigos como peluches o secciones marítimas. Llevaba toda la vida como un rey que se enroca cada vez más en una partida de ajedrez que parece no tener fin. Sus peones, a modo de personalidades, ocultan su llanto, su reina, a modo de su fe, consuelan sus lágrimas. Mientras sus torres, alfiles y caballos, a modo de cerebro y corazón, atacan a ciegas a un enemigo desleal que intuye pero cuesta horrores vencer.
Cuando cree tener la partida en la mano, cuando todo cobra sentido y al fin se considera digno de mirar a su rival a los ojos para arrancárselos y finalizar con la raíz de todo mal, entonces la reina da una orden imprevista. Le dice al rey que no llore más y deponga sus lágrimas de dolor. Que pierda esa partida.
Puesto que personifica su fe, la reina hace abdicar mediante un breve tiempo de reflexión al rey que da la orden directa al resto de sus servidores al arrodillar él su misma rodilla ante Ella.
Has ganado la batalla, le susurra su Reina mientras el rey descubre arrodillado lo que es llorar de alegría viendo como el mal destruye el tablero erigiéndose como justo ganador.

Llevaba toda la vida queriendo frío y mal tiempo para poder encontrar un lugar en el que su corazón vistiese a juego. Una vida donde los peluches eran sus amigos puesto los seres vivos no le habían demostrado ser lo suficientemente sanos como para poder confiar ciegamente en ellos.
Y ahora le aseguraban que iba a salir el sol.
¿Estaría preparado para disfrutar de un cálido verano?
¿Un ser herido de muerte podía aún resucitar cual ave fénix y recuperar su vuelo?

Tan solo unos pasos más allá, unos pocos pero estrictos pasos, estaba todo cuanto el sujeto anhelaba.
De momento debía despedirse de su mar y su peluche, de su partida ganada o perdida y su relamer diario de las heridas.
Porque había que ponerse a caminar.
Nunca el esfuerzo había sido tan bien recompensado.


Lejos, muy lejos ya, su antiguo rival se burlaba de él por su derrota. El sujeto sonreía, pues su corazón ya podía confesar que odiaba el mal tiempo, y que estaba dispuesto a buscar el calor que su Reina, su fe, siempre persiguió.



lunes, 21 de octubre de 2013

La niña golpeada




La mudanza

Jerry conducía por encima del límite de velocidad en dirección a su casa. Cada vez que miraba por algún retrovisor ahí estaba ella, esa extraña mujer.
Se había mudado hacía bien poco a una casita en las afueras, y desde entonces que le sucedía algo de lo más peculiar, ahí donde mirase su reflejo aparecía también el de una mujer de unos treinta años observándole atentamente.
Era como si controlase permanentemente sus movimientos.
Aún no había dicho nada a su esposa, Mery, ni a sus dos hijos, Peter y Anthony.
Ni siquiera el día en que, presa del pánico, golpeó con tal fuerza el espejo del baño que lo partió en mil pedazos. Sin ningún resultado salvo la cabeza y la mano magulladas, en los restos del cristal seguía vislumbrándose la silueta del espectro.
Dijo que había sido un accidente.
Ahora se disponía a hacer algo que antes le había tenido totalmente atemorizado, subir al ático de la casa.
Debía hallar el modo de deshacerse de la entidad antes de que todo comenzase a complicarse. Peter ya había advertido que sentía cosas extrañas por las noches, y Anthony empezaba a tener miedo a la hora de irse a dormir.
De modo que subiría al ático de la casa a ver que encontraba, pues era el único sitio en el que todavía no se había puesto a mirar.


El entierro


Cuando Jerry subió al ático enseguida vio aterrorizado lo que en esa casa le había estado esperando. Se trataba del cadáver medio descompuesto de, supuso, la mujer que le perseguía a través de todo reflejo en el que detuviese la vista.
Tocó una de sus piernas y tuvo una visión, un terrible asesinato de una niña pequeña a base de golpearla dentro de un saco con un bate de béisbol. Vio como unos padres destrozados la enterraban en el jardín exterior de la casa.
Imaginó que ese cadáver debió pertenecer a la madre de la criatura, y que todo cuanto deseaba después de suicidarse era descansar junto a los restos de su hija.
Mery había ido a buscar a los niños a la escuela, tenía tiempo de sobra para llevar a cabo la labor.
Pensó que si llamaba a la policía nunca se desharía de las terribles visiones de esa mujer que le perseguía desde que llegaron a su nuevo domicilio.
Una hora más tarde Jerry había dado con los restos de la niña asesinada y había enterrado junto a ellos el cadáver encontrado en el ático.
Entró en la casa, se dio una ducha y se relajó en su sillón sirviéndose un whisky, esperando a los suyos.
Pero no fueron ellos los que llegaron.

De las llamaradas de la hoguera que ardía frente a Jerry, emergió el rostro de una niña que se retorcía de dolor emitiendo unos gritos que más bien parecían aullidos recién salidos del mismísimo infierno.


El demonio


Las visiones de la mujer no solo no desaparecieron. Se les sumaron las de la niña, su hija.
Desesperado, finalmente Jerry decidió pasar horas frente al espejo del baño esperando algo, alguna señal de lo que debería hacer.
Al cabo de unos cuantos días, la mujer habló.
— ¡Sepáralos! ¡Por lo que más quieras sepáralos! — Fue lo que le dijo.
Al instante Jerry supo que el cadáver hallado en el ático no correspondía a la mujer de sus apariciones, sino al asesino de la inocente niña pequeña.
Habló con un colega parapsicólogo que le dijo que al unir ambos cadáveres había ligado al mismo tiempo las almas de ambas entidades. Ya de nada servía separarlos en el plano físico, la unión astral estaba hecha, y al parecer el alma del cadáver del ático estaba ligada a la de un antiguo demonio.
En sus visiones, la mujer aparecía la mayoría de las veces llorando, con su hija al lado, gritando histérica por el dolor que se le estaba infringiendo.
Angustiado, Jerry habló al fin con su mujer, que en un principio no se creía la historia que estaba oyendo.
Mery creía que si un demonio era lo que torturaba a la niña, necesitarían a un exorcista para que madre e hija pudiesen descansar en paz.


El exorcismo


Robert, el colega parapsicólogo de Jerry, sabía hacer exorcismos, según le había contado en un puñado de ocasiones.
Se reunieron él y Jerry en el ático de la casa, donde originariamente había sido encontrado el cadáver del supuesto asesino.
Allí la energía era más intensa, según decía Robert. Debió ser el lugar donde tuvo lugar el brutal asesinato.
Media hora después todo era un festival fantasmagórico. Las cosas volaban por todas partes mientras Robert pronunciaba las palabras de cierto antiguo ritual.
Una hora después todo había acabado.
Robert y Jerry se despidieron, quedando en que si algo raro ocurría se llamarían de inmediato.
Las visiones seguían ahí, aunque ahora madre e hija se abrazaban mirando fijamente, aterrorizadas, a Jerry.
«Al menos la pequeña ya no sufre» Pensaba Jerry.
El exorcismo había alejado de la alma de la pequeña al demonio, al que no obstante habían perdido la pista.


El interrogatorio


— ¿Dice que no se acuerda de nada? — La voz del policía sonaba grave, inquisitiva.
Jerry estaba en una sala de interrogatorios. Había sido hallado en el ático de su casa, tumbado en el suelo con un montón de fármacos a su alrededor.
— No, todo está confuso desde que vi a Robert por última vez... — Ya les había contado la historia del cadáver en el ático, el entierro en el jardín y el exorcismo.
Un segundo hombre entró en la sala.
— ¿Les reconoces, hijo de puta? — Dijo golpeando unas fotos sobre la mesa de metal.
Los rostros desfigurados por los golpes de Mery y los pequeños Peter y Anthony hicieron que Jerry rompiese a llorar.
— ¿Qué ha ocurrido? ¿Quien ha hecho esto? — Balbuceaba.
Lo condenaron a muerte por el asesinato de su familia.
Antes, no obstante, recibió la visita de su amigo Robert.
Lo que le reveló lo dejó patidifuso.
— Vaya Jerry, siento verte metido en este lío. — Robert estaba diferente a como lo recordaba Jerry. — El demonio me habló, Jerry, habló conmigo. — En este punto su mirada se encendió.
— ¿Qué te dijo? — Preguntó Jerry, furioso, incrédulo.
— Un último huésped, era todo cuanto quería. A cambio me ofrecía largos años de vida.
Cuando Jerry se puso agresivo se lo llevaron para adentro de nuevo, mientras Robert salía silbando de la prisión.
En su celda no había espejo, pero cada vez que pasaba cerca de alguna superficie reflectante, podía ver a las aterrorizadas madre e hija, abrazadas, mirándole fijamente, a las que se había añadido su propia familia.
Dicen que les metió vivos en sacos, para luego apalearlos hasta la muerte.
Él había sido un huésped, pero no el último.
El demonio jamás se detendría.


El fantasma de Jerry


Cuando se hubo cumplido la condena, Robert descansaba cómodamente, sabedor de que gracias a su pacto nada podía quitarle la vida hasta dentro de muchos años.
Un día, cepillándose los dientes, al alzar la mirada vio a Jerry mirándole en el espejo. Se giró velozmente pero no había nadie.
Las visiones, con el tiempo, no hicieron más que intensificarse, en número y magnitud, hasta que a Robert no le quedó otra que obedecer los designios del fantasma que le atormentaba.
Fue a la antigua casa de Jerry, subió al ático, y ahí se quito la vida. Al parecer, los demonios no cumplían sus promesas.
El espíritu del demonio quedó finalmente asociado al cadáver de Robert, a la espera de que alguna otra desdichada familia decidiese mudarse a aquella acogedora urbanización.
El fantasma de Jerry, por su parte, quedó condenado a no poder ver a los suyos por siempre jamás, pues habían sido sus propias manos las causantes de la muerte de éstos.
En el solitario entierro de Jerry, apenas un puñado de personas lo acompañaban, en la gran foto que presidía la lápida, se podía ver reflejada la silueta de la mujer y su hija que, abrazadas, sonreían felices, al fin juntas, lejos del demonio que un día las separó.




martes, 15 de octubre de 2013

Para Silvia



– ¿Has soñado alguna vez con un amor tan grande que superase la inmensidad del universo? – Preguntó el niño a la niña.
– Sí. – Contestó la mujer. – Una vez soñé con ello, pero mil agujas destrozaron mi corazón. – Su rostro se tornó serio, apenado.
– Pero, ¿Ya no sueñas más con ello? ¿Te fue arrebatado por completo? – Preguntó algo nervioso el muchacho.
– Hay un punto en el que ya solo siento dolor. Me duele mucho. – Hizo una mueca de dolor con la comisura de sus preciosos labios.
– Yo puedo curarte. – Se aventuró el hombre. – Deja que sane tus heridas y quizá parte de tus sueños se hagan realidad.
– Oh, querido, mis sueños se esfumaron sin posibilidad de retorno. – La niña miraba con ojos lacrimosos al horizonte.
– No te hablo de los primeros sueños, que bien podrían ser capaces de inundar de luz a toda una galaxia. – El tono del muchacho sonaba grave, decidido, enamoradizo. – Te hablo de la realidad que queda tras el primer y espectacular estallido. – Tras esas palabras la miró fijamente a los ojos y puso su mano en el corazón de la mujer. – Te hablo de los tiempos en los que no dejaré de amarte con todas mis fuerzas pase lo que pase.
– A veces logras que recuerde lo bello que se veía el cielo estrellado la noche que nos besamos por primera vez... – A la chica le brotaban lágrimas de los ojos.

Entre el primer estallido de amor y el encuentro que se narra hubo una presencia maligna que corrompió, pudrió y descompuso todo cuanto pudo en el transcurso de su vírica vida. Se trataba de un desequilibrio en la mente del hombre que peleaba a rienda suelta con el ímpetu romántico del niño y el muchacho. Y en algún punto de esa pugna, de esa batalla sin sentido aparente, ella cayó. La mujer nació de las lágrimas de la niña y la desesperación de la chica. Condenada a no poder volver a volar en los cielos que una vez fueron suyos, fue marchitándose hasta que descubrió como, de un modo fascinante, aquel niño y aquel muchacho que una vez conquistaron su corazón volvían a dirigirse a ella con ímpetu y esmero.

– ¿Qué hay del hombre que un día lo destrozó todo? – Preguntó entre temblores la niña. El muchacho no dudó en responder.
– Ya no existe. Desapareció hasta consumarse incluso a sí mismo perdiendo por completo la cordura en un intento por poseer la vida eterna. – Acarició el rostro de la hermosa mujer. – Sus objetivos, su enfermedad, sus métodos, ya jamás volverán. – Hizo una pausa para besar la empapada mejilla de la niña. – Ahora sólo quedamos tú y yo, y el mismo cielo estrellado que una vez fue nuestro.
– Sí, puedo verlo aún, – dijo la muchacha – pero no sentirlo como antes. – Añadió la mujer.
– Eso es porque no podemos sobrevolarlo. – Afirmó el hombre. – Pero podemos pasear toda una vida bajo su regazo, amparados por aquellos sentimientos que un día nos hicieron sentir que el universo era nuestro, que las estrellas estaban ahí para aplaudir nuestra historia y que el planeta entero se ponía en orden dispuesto a asistir a la más intensa unión.
– Tengo miedo. Estoy muy débil... – Dijo la mujer desfalleciendo mientras trataba de ponerse en pie. Fue el niño quien la cogió y la sostuvo, y el muchacho quien la besó.
– No tengas más miedo, ha nacido un nuevo hombre. Jamás permitirá que caigas en el pozo donde has vivido parte de tu vida sin dejarse la vida en ello. – Fue lo que le dijo tras besarla.

– ¿Has soñado alguna vez con un amor tan grande que superase la inmensidad del universo? – Preguntó el hombre a la mujer.
– Sí. – Contestó la niña, a la que le brillaban de nuevo los ojos.

Pues eso, Silvia, es lo que siento por ti.


sábado, 5 de octubre de 2013

Sentimientos




– ¿Qué hay de cierto en ello? – Preguntó una descolocada cabeza a un humilde corazón.
– No hay pruebas, amigo, pero es así... – El corazón se limitó a ofrecer eso por toda respuesta.

Se trataba de una pugna que había durado muchos años, tantos como ambos recordaban. En ella se veían inmersos individuos de toda índole, familias enteras. Dar la razón a la cabeza u otorgársela al corazón. Esa era siempre la gran pregunta.
Los que alcanzaban un equilibrio vivían tiempos felices, pero pocos eran los que lo lograban y, de hacerlo, bien poco les duraba dicho equilibrio.
Uno siempre tira más que el otro.
En la historia que nos ocupa, un joven con una dolencia en el cerebro se movía entre ambos bandos como si se encontrase inmerso en la más perfecta de las tormentas marítimas.
Su cabello rubio ceniza caía sobre un rostro serio, que cuando se animaba cambiaba por completo sus facciones. Aunque, últimamente, pocas veces se animaba por nada.
A su alrededor su pareja, su hermana y sus padres sufrían por verlo como hipnotizado, presa de sus propios demonios y fantasmas.
Cada uno de ellos tenía su propia cabeza, su propio corazón. Con el segundo bastante más maltrecho que la primera, sus elecciones se tornaban dificultosas, hirientes y nada claras.
Una persona debatiéndose entre apostar de nuevo por algo que la hirió gravemente en el pasado, otra que nunca acaba por poder acercarse a lo que según recuerda un día fue su hermano, y unos padres entregados al solo fin de ver a su hijo pelear por cierta felicidad en vida.
Un conjunto de cabezas y corazones maltrecho por los fuegos de un pasado que, por mucho que traten de olvidar, permanece tatuado a fuego en sus almas.

¿Cómo salir de esa situación? ¿Cómo arrojar cierta calidez a un inhóspito y gélido terreno que pocos meses antes alcanzó su máxima crueldad climática?
En esas tesituras se encontraba nuestro protagonista cuando su propia cabeza y su corazón comenzaron a discutir más fuerte que nunca.
– ¡Los quieres! ¡Los quieres a todos con locura! – Estalló su corazón.
– Sí pero... Me lo han arrebatado todo... No puedo pasarlo por alto... – Meditaba su mente.
– ¡Tonterías! ¡Tú sabes bien quién fue el responsable de todo cuanto ocurrió! Bastante bien estás después de haber sufrido tal huracán de sentimientos.
El corazón siempre tenía las de ganar. No había respuesta factible contra él.
Esas personas eran todo cuanto tenía para apoyarse y ofrecer algo bueno a cambio. La podredumbre del pasado no podía haber llegado al punto de atacar incluso a su propio núcleo familiar.
De modo que tomó una decisión, de ahora en adelante dejaría en un segundo plano las pérfidas ideas de una mente corrupta y haría caso a aquello que durante años le había impulsado a regalar felicidad sin esperar nada a cambio.

– ¿Pero, qué hay de cierto en ello? – La cabeza insistía.
– Nada. Y todo. – La respuesta del corazón dejó a la cabeza algo mareada. Prosiguió – En los sentimientos de halla la respuesta a todo dilema en que la mente se sienta atrapada. Los quieres a todos, y así lo vas a demostrar.
– ¿Y si no me aceptan?
– Es uno de los riesgos de hacerme caso, querida cabeza. – Dijo el corazón. – Puedo hacerme daño, sí, pero siempre estoy dispuesto a sufrirlo si es por una buena causa. Es más, estoy seguro de que tus seres queridos han sufrido tanto y tanto por ti por que nunca, jamás, han dejado de escuchar a su corazón.
– Ya va siendo hora de devolver lo recibido.
– Yo diría que sí...

Aunque esta historia no es ni mucho menos la única que acontece cada día, cada segundo, cada instante, en el interior de todo aquel ser humano que se precie.
Los objetivos del corazón se perfilan como oníricos caminos de difícil consecución. Cuando se falla ahí siempre está la cabeza, como un martillo, recordando lo poco o nada probable que era conseguir lo que uno se proponía.
Pero es el camino que esos soñadores trazan, con cada paso y cada pequeña acción, el que materializa poco a poco, imperceptible pero minuciosamente, los caminos de todos los corazones que habitan este mundo.
Unos lo son durante ciertos años de su vida para luego convertirse en demoníacas creaciones de mentes castigadas, mientras que otros, tortuosamente, mantienen las brasas de un corazón encendido de un modo indefinido.
Lo que está claro es que, tanto unos como otros, desean partir con esa parte de sí mismos encendida. Y para eso hay que pararse a pensar muy a menudo. Dejar a un lado el orgullo y dar rienda suelta al sentir. A los sentimientos del corazón, si se les da rienda suelta, te envuelven como mariposas en un perfecto jardín donde ninguna maldad se atesora.
Es en ese paraje donde nacen las buenas intenciones, los mejores proyectos, a los que después hay que lanzarse con esfuerzo y ahínco para no permitir que las trampas que la mente planta los destruyan o contaminen.
El personaje que nos ocupaba tiene distorsionados los campos de los sentimientos, y todo cuanto logra es sobrevivir día a día en una tormenta que hace que su navío quede al borde del naufragio prácticamente a diario. Pero sobrevive, se mantiene a flote, porqué aún queda algo de un corazón que un día relució con sus mejores galas.
Su familia, su núcleo, sufre, pero aún mantiene la esperanza de que ese viejo navío llegue a buen puerto para descansar en el apacible equilibrio de los sentimientos.
Otras muchas historias se hilvanan y se cruzan al mismo tiempo, unas con nefastos resultados, otras con óptimos, siempre atadas al inclemente paso del tiempo que constantemente amenaza con cambiarlo todo.

– Pero... ¿Qué hay de cierto en los sentimientos? – Preguntó a la desesperada la cabeza.
– El ahora, amiga mía, el presente. Los quiero a todos. Ahí tienes tu certeza.

Tras eso, el silencio se sumió en el ser, que entró en un pasajero equilibrio que le llenó de paz.